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No se conocían, pero parecían amigos de toda la vida. El niño moreno correteaba al perro de pelaje blanco y jugaban con su toalla. Cuando se cansaban reposaban y se acariciaban. El delgado muchachito realizaba fintas cerradas y su amigo lo perseguía, haciéndole marca personal. Se refrescaban en el océano y volvían al ruedo. ¡Qué bien que se llevan! Los unió lo instintivo. Se los veía felices. Parecía una metáfora de algo que debería ocurrir a otra escala, un mensaje claro, pero inentendible a la vez. Casi absurdo. ¿Por qué pensar está unión espontánea, animalesca? Mejor dejarla ser así como es… natural.

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