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Uno de esos lugares solemnes. Un tramo de la frontera entre Zambia y Zimbabue lo delimitan las imponentes Cataratas Victoria. Todo es inmenso, abrumador. El poder de la naturaleza, su canto enfurecido. Ese que te hace sentir pequeño, insignificante. El fulgor de los rayos solares sobre la kilométrica cortina de agua conmueve. La potencia del acaudalado río Zambeze, que se precipita para golpear con fuerza 100 metros más abajo y subir hasta el cielo en forma de llovizna, impresiona. Parece el rugir de un monstruo, de un ser supremo. La energía del ambiente hipnotiza. Durante el atardecer los colores cambian, pero la fiereza se mantiene. Se cree que el “misionario” escocés David Livingstone fue el primer no africano en ver este lugar en 1855 y escribió al respecto: “El sitio más fascinante que haya visto en África. Nadie puede imaginar la belleza de este paisaje, no hay algo similar en Inglaterra. Nunca fueron vistas por ojos europeos, pero escenas tan encantadoras deben haber sido contempladas por los ángeles en sus vuelos”. Como tributo a su reina, nombró a este lugar fascinante con su nombre. Los pobladores locales ya conocían las cataratas pero creían que allí habitaba una serpiente gigante conocida como “Nyama Nyama” (este es un concepto difícil de definir de la filosofía bantú de los ancestros africanos, que refiere al poder de lo vital de cada ser) y no debían molestarla. Hoy es uno de los principales atractivos turísticos de la zona.

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