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Si algo tiene de extraordinario Nairobi es su sistema de transportes. Para ir al centro de la ciudad desde los suburbios la forma más económica es subirse a un “Matatu”. Son colectivos informales, sin recorridos certeros ni paradas determinadas. Por fuera y por dentro están totalmente decorados con distintos motivos, pero abundan los grafitis de tipo callejero, con frases contestatarias, rudas y hasta filosóficas. Tienen nombres extravagantes y también están repletos de imágenes, ya sea de grandes artistas -en su mayoría de raza negra-, o mujeres voluptuosas. Los colores llamativos y los garabatos abstractos también son parte del collage de formas. La música en el interior está a todo volumen. Por lo general la cabina del conductor está separada de la de los pasajeros, hacia donde apuntan los buffers que marcan el ritmo del recorrido alocado. Son como discotecas móviles, donde no faltan carteristas, roces indeseados y apretujones. Los jóvenes parecen disfrutar el trayecto, los más grandes lo padecen. Los ayudantes del chofer, que cobran el boleto que no vale más de unos centavos de dólar (20 chelines), muestran una increíble habilidad para manejarse en la oscuridad, el ruido y el angosto pasillo de estos “bondis” keniatas, una singularidad de este país del este africano.

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