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Mujer totalmente cubierta con su burka hace la fila en un supermercado de Agadir. El relativismo cultural pesa. Cuesta llevarlo a la práctica en el interior y hacia el afuera. Según ellas es su elección. Se protegen de las miradas indiscretas, se cubren de la cosificación femenina, se reservan para sus maridos, hijos y familiares directos. Sólo ellos son los que tienen acceso a su belleza, al igual que el todopoderoso Alá y su mensajero, el profeta Muhammad (o Mahoma según la traducción). Quieren tener un lugar de privilegio en la otra vida, en esos jardines con ríos y frutas frescas, por eso cumplen con los mandamientos del libro sagrado. Llegan vírgenes al matrimonio y son propiedad de un solo hombre en su vida (a veces deben compartir el hombre con otras tres mujeres). En el más acá son las jefas del hogar, administran el dinero que obtiene el esposo y crían a sus hijos. Agradecen al Islam que les dio más derechos de los que tenían antes, aunque el Corán parece no hablarles a ellas. Para algunas, los que verdaderamente la pasan mal son sus maridos, que deben salir a trabajar a diario para garantizar el pan en la mesa familiar.

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