La pequeña África parisina

La estación de Metro “Chateau rouge” funciona como una especie de centro social y comercial en el norte de París. Las calles están repletas, casi todo el tiempo y a toda hora.

Hay mercados callejeros como los que se ven en el África subsahariana. Puestos improvisados hechos con cartones sostienen mercaderías de todo tipo, desde bijouterie hasta algunos pares de zapatos que sobraban en algún armario.

Estos puestos de feria informal, y los hombres que posan frente a los locales más convencionales, ocupan por completo las estrechas calles que se tornan difíciles de transitar. El roce es permanente en el zigzagueo que hay que ensayar para caminar sorteando los obstáculos.

Hay un bullicio generalizado. Niños difíciles de controlar para sus madres reniegan por sus libertades limitadas ante la horda de gente. Las mujeres hablan por teléfono a los gritos.

Mercado callejero en Chateau rouge, París

En la calle se junta la basura. En las lavanderías autoservicio se arman reuniones improvisadas. Se ve a las mujeres sonrientes en sus charlas acaloradas, mostrando sus dentaduras blancas imponentes, esperando que su ropa esté lista.

“Libertad, igualdad y fraternidad”, se lee en el frente de una escuela cerrada.

El otro sitio de reunión son las peluquerías. También están repletas. Todo parece estar repleto. Las negras buscan una solución para sus cabelleras que tanto trabajo dan. Algunas explotan su imponente y atractivo afro, otras lo domestican con trenzas. Las pelucas son costosas pero muchas optan por esos cabellos lacios que van más con la moda occidental.

Peluquería en “Chateau Rouge”, París

En los coloridos puestos de frutas se ofrecen plátanos machos, muy codiciados. En las carnicerías, atendidas por africanos magrebíes, se ven los trozos de vacas colgando, y en los mostradores se apilan los hígados y el mondongo, el estómago de la vaca que entre los ricos es despreciado, pero que en este barrio parece tener mucha salida.

Los bares también están llenos. Los clientes entran y saludan a sus colegas. Se conocen. El barman sirve sin que le pidan, ya sabe los gustos de los presentes, en su gran mayoría negros, pero se mezcla algún blanco o mestizo. La cerveza tirada es la otra opción más popular aunque también hay vino y algún cóctel. Están los que piden café. Se habla de África claro. De las migraciones. De racismo. De fútbol. De Messi. De política nacional e internacional. Todo tiene que ver con todo y todos hablan en francés.

Por las calles menos transitadas se ven pequeños talleres donde trabajan hacinadas muchas personas. Hay telas colgando en todas las paredes y acumuladas en las mesas entre las máquinas de tejer antiguas. No hay lugar para nada más. Las madres tejen mientras sus hijos permanecen quietos a su lado en algún pequeño sitio que encuentran en esos cuartuchos saturados de color. Preparan esos trajes africanos que las mujeres se enroscan en sus cuerpos y sus cabezas, y embellecen la atmósfera de la París invernal, con su gris permanente en el cielo.

Hay almacenes diminutos con cuatro o cinco productos venidos del continente madre. La harina de maíz -para preparar el ugali o la nshima-, la leche en polvo, jengibre, los mencionados plátanos machos y algunas especias para sentirse más cerca de casa a través del paladar.

Los jóvenes visten a la moda europea, ajustados, con capuchas de plumas, y abrigos para combatir las temperaturas que a esta altura deben sufrir mucho. Van con sus auriculares puestos. Muchos están parados en las calles, haciendo más bulto y aportando más componentes a este escenario trasplantado donde se mixturan mundos reconciliados a la fuerza y de manera caótica.

Como siempre hay música, o de algún artista callejero, o música de los bares o de los autos. De algún lado siempre viene música, que se mezcla con el ruido del ambiente que está al borde de lo tolerable.

Música callejera a la salida del Metro

“Alimentación, productos africanos”; “Textiles africanos”; “Best Africa”; “Especialidad camerunesa”; “Productos del Congo”.

Rasgos parisinos apenas se observan en los carteles de acceso al Metro, y en los edificios, cuando se fija la vista por encima de esa primera capa de locales comerciales enteramente dedicados a satisfacer la demanda de este colectivo gigantesco de inmigrantes que transformaron todo el ecosistema con su llegada.

Es un fascinante encuentro de culturas en un sitio ajeno, que está redefiniendo todos sus rasgos y transformándose en algo nuevo. Los antiguos rasgos se aprecian un poco más allá, cuando se camina por “Montmartre”, entre la marea de turistas. Pero “Chateau Rouge” es mucho más representativo de la París actual y de su presente de fusión, de encuentro, de mixtura, de metrópoli multi-cultural con un futuro impredecible.

Un presente que sólo puede entenderse a través de la historia. Una historia ocultada y perversa, de saqueos e injusticias. Una historia escrita por quienes jamás se habrán imaginado este presente, con todos estos componentes de las tierras arrasadas corridos hacia el centro, relocalizados en el corazón de una metrópoli y de un sistema que tanto costó erigir. Costo que hoy siguen pagando estos miles… millones… de desahuciados, que tuvieron que marchar, a vivir una cultura diferente.

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