Misa católica en Vilna, el último bastión pagano de Europa

La Iglesia de Santa Teresa en Vilna, Lituania, estaba repleta. Hace años no veía una iglesia tan llena. Era la misa del domingo en la que se celebraba a esta santa, por eso se congregaron tantos fieles, aunque la masividad del evento fue sorprendente.

La Iglesia barroca desbordada de esculturas de mármol y pinturas oscuras, dramáticas, con sus columnas doradas y ángeles mirando al cielo, abrió sus puertas a las 18.30 y la misa empezó a las 19.

En uno de los pasillos laterales, antes de la ceremonia, algunos jóvenes aprovecharon para confesar sus pecados a un cura obeso de rostro rojizo y mirada demoníaca que se inclinaba hacia su izquierda, para escuchar los susurros de una joven arrodillada del otro lado de esta especie de pared de madera agujereada por donde se filtraban (¡y expiaban, claro!) sus malas obras ante los ojos del Señor (“Señor” con mayúscula, ya que no refiero a los ojos del señor que estaba del otro lado de este confesionario abierto que los fieles podían contemplar, ya que no veía a la pecadora, sólo la escuchaba). Ese hombre obeso de túnica blanca con detalles azules, como por arte de magia, haría desaparecer estas faltas, para la tranquilidad de la muchacha. A lo sumo algún “Padre Nuestro” y algún “Ave María” y listo, problema solucionado.

La misa fue la típica del catolicismo. Rezos, cantos comunitarios, ingreso triunfal del párroco principal y sus laderos más jóvenes por el pasillo central -como cuando las novias caminan en dirección a su prometido-, momentos de reflexiones internas donde los fieles se ponen de rodillas, momentos en los que hay que pararse porque se ve que el párroco esta diciendo algo importante, momentos en los que hay que responder las plegarias de los curas, etc., etc., etc. Un ritual que permanece inconmovible desde hace decenas de siglos, y ante el cual el hombre se sigue conmoviendo, como parte de un rebaño insignificante ante el poderoso ojo escrutador que se levanta sobre la tierra con esas columnas doradas inmensas.

En Lituania, de sus 3 millones de habitantes, el 80% se reconoce cristiano católico. Un poco menos del 10% de ellos es “practicante” de dicha fe, pero el número es sumamente elevado en comparación a los índices de sus vecinos del Báltico, que ostentan porcentajes de ateísmo muy alto, y aquellos pocos que creen en alguna religión, se vuelcan al protestantismo.

El caso de Lituania es muy particular también porque este país, que supo ser el Ducado más grande de Europa (por su extensión desde el mar Báltico al Mar Negro), fue el último reducto del paganismo.

Los seguidores del Gran Duque “Gediminas”, resistieron las cruzadas católicas y mantuvieron sus creencias nativas, vinculadas a dioses que simbolizaban los elementos más preciados de la naturaleza, como los bosques, el cielo, y hasta la cerveza.

Pero los católicos, en plena época de la Reforma Luterana, insistieron tanto a los duques a que se conviertan a la religión de Jesús de Nazaret, y terminaron por imponerse. Debían frenar el avance de los Protestantes que ya se habían arraigado en los países vecinos.

Pero hay versiones que indican que esta conversión, en un principio, fue una mera puesta en escena de los Duques, para detener los embates de tropas extranjeras. En pocas palabras, simularon adoptar la fe católica a cambio de que dejaran de molestarlos. Hay que ser justos y aclarar que muchos adoptaron la nueva fe realmente de corazón y convencidos de los relatos de los libros sagrados que venían de occidente.

De esta manera desde Roma literalmente “compraron” a los nuevos fieles, regalándoles objetos codiciados en la época y construyendo iglesias y universidades donde se enseñaba Filosofía y Teología.

Geminidas negoció con el Papa (corría el siglo XIV) y a su vez debía negociar con sus familiares paganos y sus vecinos ortodoxos. La historia de la conversión de Lituania al catolicismo es una de las más entreveradas del mundo, con idas y vueltas e intercambios “amigables”, sin necesidad de derramar tanta sangre. Lo curioso es que en algunas iglesias hay “marcas” de este paganismo ancestral, con imágenes de demonios en picaportes y otros detalles de la arquitectura, donde se aprecia que los lituanos adoptaron la fe cristiana pero sin olvidar sus creencias históricas.

Hoy en Vilna se aprecia mucha influencia de la arquitectura italiana renacentista en su casco histórico, muy distinta a la fachada que muestra Riga (Letonia) o Tallinn (Estonia), producto de este interés del Vaticano de tener un bastión católico en el este, donde los luteranos ganaban terreno.

Tan sólo en el centro hay unas 40 iglesias, en su mayoría católicas claro, pero también algunas ortodoxas, y antiguos templos paganos devenidos en catedrales.

Tras la cruenta etapa de la segunda guerra mundial y las décadas posteriores, con persecuciones de todas las religiones (sobre todo la gran comunidad judía, invitada por el Gran Duque Gediminas que quería promover el comercio de su ducado, y llegó a representar cerca del 30% de la población) por parte de nazis y soviéticos, el poder de la Iglesia vuelve a levantarse en Lituania con todo su esplendor… y oscurantismo.

 

Fotos de Vilna, Lituania:

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