Día de la (primera) independencia en Riga, Letonia

Por pura casualidad, el único día entero que pasé en la capital de Letonia, Riga, fue el 18 de noviembre, día en que se celebró el 99 aniversario de su (primera) independencia.

Al igual que Estonia, Letonia es un pequeño y sufrido país a orillas del Báltico que se unió en 2004 a la Unión Europea.

Su historia es tan triste y gris como su clima. Ocupaciones alemanas que traían la cruz católica, el imperio zarista con la cuz de la ortodoxia, los soviéticos con la hoz y el martillo, los nazis con su esvástica… todos trajeron muerte y sangre a estos antiguos poblados agrícolas que vivieron en paz durante más de 10 mil años en estos suelos.

Por todo ello, sobran los motivos para celebrar. Hubo decenas de proyecciones en los bellísimos edificios públicos con una arquitectura única, que mezcla el “Art Nouveau” con el “Neo romanticismo” local.

Riga supo ser una ciudad rica tras la Revolución industrial por la importancia de su puerto. Eso se tradujo en edificaciones muy costosas para la época, adornadas y coloridas. Los mercaderes locales competían por quién erigía el más precioso edificio e invertían dinerales en contratar arquitectos extranjeros como Mijail Eisenstein (padre del famoso director de cine soviético Serguei Eisenstein, enfrentado con su padre, que luchó para el Ejército Blanco contra los Bolcheviques revolucionarios a los que apoyaba su hijo).

En su centro histórico, repleto de gente por los festejos patrios, aún se conserva el estilo medieval en sus callecitas de adoquines, y sus iglesias luteranas de estilo gótico (también hay ortodoxas pero son más modernas, de inicios del siglo XX).

Los festejos por el día de la independencia (producida en 1918 ante la decandencia del imperio zarista que caía tras la Revolución de Octubre, y el retroceso de las tropas alemanas derrotadas en la IGM), fueron en su mayoría espectáculos al aire libre, en los parques cercanos a los canales que se desprenden del río Dangava, que divide el centro de la ciudad de los barrios más residenciales (y cada vez más cotizados porque están muy cerca del centro y son más tranquilos para vivir).

El evento principal de la jornada fue quizá la caravana con antorchas, que ya se está tornando una tradición en el país. Lo organiza el Partido Nacionalista, que por su simbología, y algo de lo que me pudieron traducir de sus consignas, es de corte ultra conservador, y está ganando popularidad con sus discursos xenófobos y retrógrados (una de las bandas de rock invitadas a cantar antes de la caravana, con sus letras, llaman a las mujeres a reprimirse sexualmente poniendo cinturones de castidad con el símbolo del Partido Nacionalista, para citar sólo un ejemplo).

El escenario estaba montado al lado de la estatua de Karlis Ulmanis, personaje al cual este partido reivindica, que levantaba el eslogan antisemita y xenófobo de: “Letonia para los letones”. El mencionado político gobernó durante cuatro períodos: 1918-1920; 1925-26; 1931-32 y 1936-40, años en los que Letonia fue “independiente”, y luego fue enviado a Siberia por el régimen soviético que se apoderó el país tras la segunda guerra mundial.

El tal Ulmanis era uno de esos líderes que aprovecharon la bonanza económica de la época -quizá la más importante del país en el siglo XX- para ganarse la simpatía del pueblo que aceptó su forma autoritaria de gobernar e imponer medidas sociales híper regresivas.

Los “Nacionalistas” celebraron la independencia al lado de este “prócer”, que en sus últimos cuatro años disolvió el Parlamento y prohibió todos los partidos políticos, instaurando una dictadura de tipo paternalista, donde todas las decisiones pasaban por él. Aunque hay que aclarar que estas consignas e ideologías no las llevó a cabo con violencia.

La caravana fue multitudinaria y muy conmovedora, con familias enteras marchando por las calles del centro de Riga, hasta el monumento que conmemora la independencia, con un mujer juntando en sus manos las tres estrellas que representan las tres regiones del país que fueron unidas por el grito independentista.

La jornada terminó con un show espectacular de fuegos artificiales sobre el río. Un festejo a todo trapo, que anticipá lo que será el próximo año, cuando se celebre el centenario.

En cuanto a la vida en Riga, según los pocos testimonios que pude escuchar, con la adopción del Euro en 2014, los precios se encarecieron y los sueldos (que promedian los 600 euros) no alcanzan; aunque los niveles de pobreza son muy bajos, la extendida clase media de este país de apenas dos millones de habitantes, siente esta retracción del poder de compra de sus salarios y genera malestar.

Pero claro, con la caída del muro y la adopción del libre mercado, llegó la nueva “vedette” de la economía, los “fast credits”, la forma de reactivar el consumo y el movimiento de capitales sometiendo a un constante endeudamiento a las personas a tasas totalmente arbitrarias que ni el propio gobierno puede controlar. Para acceder a estos créditos (que pueden ser de sumas insignificantes como 50 euros) sólo se necesita estar bancarizado y transferir un centavo al banco emisor y mágicamente en tu cuenta aparecerá el dinero, que luego deberás devolver multiplicado por dos, o tres, o cuatro, según tus retrasos y los caprichos de los banqueros. Las nuevas “libertades” del capitalismo que tanto añoraban, finalmente llegaron.

 

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