San Petesburgo… Petrogrado… Leningrado… (Fotos y videos)

Sobre San Petesburgo mucho no se puede agregar. Es una ciudad monumental. Un capricho del Zar Pedro “el Grande”, que mandó a erigir la que sería la nueva capital del imperio en un lugar imposible, inundable, con un clima hostil casi todo el año, gris húmedo y lluvioso. Pero estaba cerca de Europa y todo lo que el Zar quería se cumplía.

Y así fue que los arquitectos europeos convocados por la monarquía fueron recreando parte de sus ciudades natales en esta nueva metrópoli que se convertiría en el centro cultural de la nobleza de aquella época, allá por el 1703.

Por eso caminar por sus calles, cruzar sus puentes, recorrer sus palacios y catedrales, es una experiencia totalmente distinta a la Rusia del este, la Rusia asiática, la Rusia siberiana, esa que no se consideraba propiamente Rusia, sino como “colonias” aisladas que se pretendían “olvidar” y dejar de lado, para que el los monarcas sean reconocidos como parte del occidente “civilizado”, el occidente del progreso y las buenas costumbres.

En la San Petesburgo de aquella época se hablaba en francés, se leía a los literatos de la Europa rica y se consumía el arte de los pintores de ese occidente que se pretendía emular. Por eso hoy en el Museo Hermitage, gracias en gran parte a Catalina II que acopió una colección de obras de arte inmensa, la más grande el mundo quizá, se ven pinturas, esculturas y toda una serie de objetos de esos países admirados (y también de otros países con civilizaciones milenarias que fueron expoliados de manera obscena como Egipto y Grecia).

Pero San Petesburgo también cobijó a famosos “Eslavófilos” (aquellos que creían en la superioridad de la raza eslava y tenían su horizonte en el Oriente “puro” y representativo del “alma rusa”), como Fiodor Dostoievski, uno de los escritos más extraordinarios del mundo, que se “inspiró” en la gris metrópoli para sus más famosas novelas como Crimen y Castigo o los Hermanos Karamasov, ya en su etapa mística y cercana a la fe ortodoxa rusa, poco antes de su muerte.

Este dilema marcó y sigue marcando a la Rusia de hoy. ¿Ser europeos o sera asiáticos? ¿Qué es Rusia? ¿Dónde encuentra sus orígenes? ¿A dónde están sus tradiciones?

En San Petesburgo (que cambió su nombre a Petrogrado durante la primera guerra mundial porque su nombre original -tomado de un santo cristiano- “sonaba” alemán -el enemigo en la guerra-, y luego a Leningrado en la etapa soviética) chocan estos mundos opuestos, y ahora se suma la “modernidad” que viene de la mano del neoliberalismo.

Su centro monumental de estilo europeo que muestra la opulencia despampanante y desagradable del zarismo, sus barrios populares y fabriles que siguen operando desde la época soviética, sus distritos modernos y relucientes que surgieron tras la “apertura” al libre mercado a finales del siglo pasado… cada rincón es un pedazo de historia. Y además de todo esto, el Neva, con sus cambios de aspecto, por momentos amarronado, depresivo, y por momentos azul y glamoroso cuando el sol se digna a aparecer (algo muy inusual en otoño).

En esta ciudad tan emblemática estuve presente durante la fecha del centenario de la Revolución de Octubre -o Revolución Rusa-, cuando los Bolcheviques, con Lenin y Trotsky a la cabeza, tomaron el Palacio de Invierno (uno de los edificios del museo Hermitage y emblema del zarismo) y pusieron punto final a la opresiva monarquía zarista, que desde 1905, cuando se produce la primera Revolución que obligó a la dimisión de Nicolás II, ya andaba a los tumbos pero resistía en su lugar de privilegio.

Dicho momento fue uno de los más significativos de la historia de la humanidad, el que dio inicio al siglo XX, un trastocamiento total del orden social preexistente (en todas sus esferas, desde la vida familiar, a la social, laboral, artística y demás) y la instauración de un nuevo modelo social, democrático, comunitario, que pretendió eliminar la explotación del hombre por hombre, inspirando a obreros y campesinos oprimidos en todo el mundo a levantarse contra sus opresores (la “burocratización” y de la deformación que pocos años más tarde sufriría este proceso revolucionario con Stalin y su camarilla apoderándose de la dirección de la Unión Soviética, es otra discusión).

Los “festejos” fueron reducidos. El Gobierno actual pretende reescribir ese periodo histórico volviendo a las interpretaciones de la historiografía liberal, que hablan de un “golpe de Estado” de un reducido grupo -exógeno al movimiento obrero-, que pretendía instaurar una dictadura para el beneficio exclusivo de ese partido (los Bolcheviques).

Una lectura que se vio a las claras con los eventos posteriores que no fue así, pero de todos modos se intenta retomar esta línea discursiva, lavándole la cara al Zar, al que en museos y exhibiciones se lo presenta como un pobre hombre, con una notable estirpe patriótica que lo llevó a liderar las tropas rusas en la primera guerra mundial.

De este modo se ocultan todos los logros y medidas progresivas de la Revolución, como fueron la distribución de las tierras, la reducción de las jornadas laborales, los avances en materia de derechos para las mujeres, y sobre todo, el hecho de que a través de los nuevos órganos de poder que fueron los Soviets, los trabajadores eran los propios dueños de sus destinos, haciendo política, tomando decisiones.

De ninguna manera esto puede ser “celebrado” por el régimen actual, que no pretende una re-instauración monárquica, pero si retoma muchos de sus elementos reaccionarios como el patriotismo y la vocación imperial. Además, la camarilla gubernamental -como siempre- es la que más se beneficia del modelo neoliberal que ha desembarcado en Rusia con todas sus armas, abriendo una segunda etapa capitalista mucho más profunda y sofisticada que la pre-revolucionaria.

Por eso el centenario de la Revolución sólo fue recordado por algunos partidos de izquierda (muchos de los cuales aún reivindican la figura de Stalin), y muchos solitarios marxistas que dejaban una rosa frente a algún monumento de Lenin, o frente al crucero Aurora, desde donde se inició el ataque final al Palacio de Invierno.

Acá les dejo una selección de 100 fotos de los 10 días que pasé en esta ciudad maravillosa, llena de historia, cultura, inspiradora, que también puede ser deprimente y angustiante, una ciudad “poco rusa” y muy rusa a la vez.

 

 

Un poco de toda la música que hay en sus calles:

 

 

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