El “Lejano este” de Rusia, el final

Después de Siberia hay un “más allá”, y sigue siendo Rusia, el interminable país-continente que aunque no parezca, tiene un “final”. Es el “Lejano este” ruso, una región también conocida como “Asia-Pacífico”.

Desde Chitá llegué a Birobidzhán, una pequeña ciudad con una historia fascinante. Es la capital del “Oblast autónomo judío” (Oblast es una de las tantas divisiones políticas en Rusia, algo así como “provincia”), un lugar que pretendió ser la “Tierra santa” de la comunidad judía, pero que apenas fue un sueño de unos pocos años de los seguidores de Abraham.

La política soviética de crear “Israel” en suelo ruso (antes de la formación del actual Estado de Israel) respondía a la política diseñada por Lenin de darle una porción de territorio a todas las etnias de la naciente URSS. Pero a la hora de la implementación, con Lenin ya muerto y Stalin en el poder, esto fue una fachada para sacarse el “problema” judío de encima, y enviarlos bien lejos, a estos suelos inhóspitos.

Fue así que en 1928 se formaron las primeras comunidades en la región. Miles de judíos de todo el mundo (sobre todo desde Ucrania pero incluso también desde Argentina) desembarcaron en esta parte del planeta en la que antes sólo había presidios y nieve. Pero el Estado obrero deformado estalinista, y sus delirios persecutorios y represiones, empezaron a sospechar de los recién llegados. Creían que eran sionistas espías que pretendían desestabilizar a la floreciente Unión Soviética. Y empezaron las persecuciones y las muertes. Así como llegaron, los judíos volvieron a migrar. Una vez más.

Hoy en la ciudad se conserva la tercera sinagoga fundada en la ciudad hace 70 años que sobrevivió a las llamas estalinistas, y hoy es sede de la pequeña comunidad “Beit Tshuva” que aún resiste en la “Jerusalén de Stalin”. No saben cuántos judíos aún viven en la región, pero estiman que menos del 2% del total de cerca de 80 mil personas.

Pero en Birobidzhán aún hay muchos rastros de este pasado, en la simbología de la ciudad, y hasta en algunas carteles escritos en “Idish”, idioma que aún se enseña en la universidad local. En los últimos años también desembarcaron los capitales de la poderosa organización “Habad Lubavitch”, que intenta “recuperar” estas antiguas comunidades judaicas perdidas por el mundo.

Llegar a Khabarovsk implicó un gran cambio. En dicha ciudad, antes netamente industrial, y hoy centro comercial internacional (está muy cerca de la frontera china y a pocas horas de vuelo de Corea del Sur y Japón), ya se ven los ingresos de capitales en la Rusia pos perestroika.

El centro, moderno, con su costanera esplendorosa sobre el río Amur, sus infraestructura nueva y sus múltiples proyectos edilicios, son la cara del “progreso” de este “Lejano este”. Sin embargo aún está presente la etapa soviética, con sus complejos habitacionales enormes, sus patios compartidos, los tranvías que recorren la ciudad, las cañerías que van por el superficie, y algunas chimeneas que siguen humeando (la industria de barcos y procesamiento de pescado son las que resisten a la globalización).

Y si en Khabarovsk ya impresiona la “modernidad” (que contrasta con la región siberiana), Vladivostok parece ser parte de otro país, o de la Rusia europea (“Los extremos se juntan”, dice el refrán).

Esta ciudad, de origen militar (como Khabarovsk, fueron bases que protegían las fronteras del imperio zarista), fundada en 1860 tras la convención de Pekín, está situada en la península Muravyov-Amursky, y es la principal urbe del este de Rusia con sus 600 mil habitantes.

La mayor actividad económica siempre fue y seguirá siendo su puerto y la industria pesquera. Este enclave comercial sobre el mar del Japón ha experimentado un notable crecimiento en infraestructura en los últimos años. Se puede ver en sus puentes que conectan distintas partes del irregular territorio, y la isla “Russki”, donde funciona una cede imponente de la “Universidad Federal del Lejano Este”, con un campus moderno y reluciente, cerca del espectacular “Oceanario Vladivostok”, el más grande del país, fundado en 1990.

La ciudad es un laberinto de callejuelas con subidas y bajadas que la tornan muy difícil de caminar. El transito es caótico, por lo que movilizarse por los diversos sitios de la península no es sencillo y demanda tiempo. Es impresionante como se montó semejante urbe en un territorio tan poco amigable, con las irregularidades propias de la costa, y también del suelo, con sus colinas de distintas alturas.

La población como en Siberia, es de origen migrante, empezando por los cosacos, esos guerreros que protegían las fronteras zaristas, que fueron los primeros en llegar (antes había diversos grupos etnicos como los “Nanai” o los “Orochi”, especialistas en la pesca). Luego hubo muchas migraciones internas desde Siberia, ya que los suelos de Vladivostok, y su clima más ameno, posibilitaban la agricultura. Esto atrajo también a ucranianos y bielorrusos, que llegaban tentados por las políticas gubernamentales de regalar tierras a quienes se instalasen allí, a más de 9 mil kilómetros de Moscú.

La llegada del Transiberiano, a principios del Siglo XX, fue lo que terminó de dar impulso a este conglomerado urbano donde convergen influencias de todos los países vecinos, sobre todo de Japón y China, siempre muy interesados en este enclave comercial y estratégico.

Caminar por el centro, por la calle Svetlanskaya -donde hoy lucen los locales de las principales marcas- es una experiencia muy distinta a la del resto del recorrido Transiberiano. Allí se aprecia la combinación arquitectónica de las culturas que confluyeron en este puerto. Aunque más hacia el continente (hacia el norte de la ciudad), aún están intactos los barrios soviéticos, con sus “monoblocks” grises, sus patios comunitarios, y las zonas portuarios más deslucidas, con esos lugares lúgubres que parecen depósitos de chatarras.

Los paseos peatonales frente a la bahía “cuerno de oro”, donde se ubica el principal puerto de la ciudad y en torno a la cual se despliega el centro de la urbe, ofrecen vistas panorámicas y postales donde se mezclan los mástiles de los barcos, las chimeneas de las viejas industrias, los edificios modernos, y el mar, que siempre es lindo volver a ver.

Acá les dejo las fotos del final del recorrido “Transiberiano”, que demandó cerca de 2 meses y medio, y tuvo este cierre digno de una travesía memorable:

Birodibzhán:

 

Khabarovsk (o Javarovsk):

 

Vladivostok:

 

 

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