A dedo por Mongolia – (Última parte: el regreso a la capital)

Parte 6: La difícil ruta del norte

Tramo Ulaangom-Ulán Bator: poco más de 1300 kilómetros total

Ulaangom – Parador cerca de Tosotsengel 510 km
Parador – Tosotsengel 32 km
Tosotsengel – Tsetsergel 357
km
Tsetsergel – Ulan Bator: 476 Km

Todo el recorrido entre Ulgii y Ulán Bator

A las 10 de la mañana ya estaba en la ruta esperando algún camión que me llevara al próximo pueblo hacia el este, “Baruunturuun”, con el objetivo de máxima de recorrer los más de 600 kilómetros hasta Murun, cerca del lago “Khovsgol”, siguiendo la que en los mapas figura como “ruta norte”.

A los 5 minutos de esperar paró un auto y un señor que hablaba algo de ruso me dijo que no era recomendable esa ruta, y pasar por todos esos pueblos, sería casi imposible. Me recomendó subirme a los colectivos que van directo a la capital por una ruta que va por el medio de la ruta norte y la sur, que en los mapas figura como un camino menor, pero es más transitado por camiones, y gran parte del trayecto está asfaltado hasta Ulán Bator.

Cargaron mis cosas en el auto y me llevaron hasta el mercado, desde donde a las 15 horas, salen los dos colectivos diarios que conectan Ulaangom con la capital mongola. Caminé un poco más por el pueblo hasta la hora indicada.

Me ubiqué en los asientos de atrás y pagué los 40.000 Tugriks para recorrer los más de 500 kilómetros hasta un cruce en medio de la ruta, desde donde al parecer, conseguiría muy fácil transporte hasta Murun.

El viaje fue una pesadilla de 12 horas. A mi malestar estomacal agudo se sumó un contexto de caos agotador. El colectivo estaba totalmente repleto, los cinco asientos de atrás se dejan libres para llenarlos de bultos de todo tipo, paquetes, bolsos y demás. En los colectivos mongoles siempre hay bebés, muchos bebés. Y los bebés lloran. Durante los primeros 180 kilómetros, que fueron por asfalto, un pequeño fue todo el trayecto pegando alaridos de sufrimiento al lado mío. Nada pudo hacer la madre para callarlo.

A los 250 kilómetros el asfalto se terminó. A mi izquierda, del otro lado del pasillo, había un señor bebiendo cerveza y licor y se armó una cama para descansar tras la ingesta etílica. El padre de la familia que iba adelante, que iban apretados madre beba e hijo de unos 7 u 8 años en dos asientos, se pasó al lado mío. También estaba muy ebrio y se alió con su colega para seguir bebiendo pese a las advertencias de los choferes. Tenían el licor camuflado en botellas de jugó. En un comienzo estaba en la etapa amistosa y generosa de todo borrachín. Ofrecía bebida y comida. Luego empezó la etapa cargosa. No se podía mantener sentado y con movimientos toscos pretendía llamar mi atención y decirme algo.

Tras la cena en un comedor rutero el segundo de los borrachines, el más cargoso, se durmió tras caerse al piso y estirar las piernas hasta por el pasillo. La madre se pasó a mi lado con la beba que comenzó a llorar cuando se apagaron las luces, y la madre me arrinconaba contra la ventana con su espalda haciendo movimientos para que la pequeña cesara sus plegarias.

A las dos de la mañana el ayudante del chofer me indicó que debía bajarme allí. Era otro de esos paradores en medio de la soledad fría de la noche. Todo estaba apagado, pero la puerta de uno de los dos comedores estaba abierta. Entré y encontré una especie de tarima de un metro de altura con alfombras y unos almohadones. Son paradores donde los camioneros pueden descansar de manera gratuita durante unas horas cuando el sueño gana la partida.

A la mañana siguiente la familia de ese parador se iba a la ciudad por lo que me pasé al otro, a esperar el milagro de encontrar alguien que vaya rumbo norte, a Murun, a unos 250 kilómetros de allí. Pero el milagro no sucedió. Estuve más de 8 horas esperando mientras jugaba con el nieto de la pareja de ancianos campesinos que administraban el comedor y parador.

Como ni un solo camión iba hacia Murun, decidí cambiar mi plan y dirigirme a Tosontsengel, a 32 kilómetros de allí. Me lavantó “George”, un ingeniero mongol que hablaba algo de inglés. Me dejó en otro parador de camioneros donde pasé otra noche sin pagar hospedaje.

A partir de allí la ruta hacia la capital ya se clarificó totalmente. El único problema fue la intensa nevada que anegó la ruta.

Al primer intento de “autostop” se detuvo una camioneta Toyota (las más populares en Mongolia por lejos) y ofrecieron llevarme hasta “Tsetserleg”, a unos 350 kilómetros. El único inconveniente fue que estuvimos más de dos horas varados en “Ikh Uul”, un pequeño caserío de madera, porque la ruta estaba intransitable por la nevada. Cuando reabrieron el camino todo fue muy fácil y confortable en la camioneta y la ruta ya totalmente asfaltada (no se crean que el asfalto es moderno e impecable, pero en comparación a las rutas de ripio es como andar por las nubes pese a los pozos y la falta de banquinas).

Entre los parates y el almuerzo, llegamos casi de noche a “Tsetserleg”, donde seguía nevando de manera intensa. Pasé la noche en el motel más económico, que apenas tenía cuatro habitaciones, y la más barata costaba 20.000 por una noche (en estos lugares conviene siempre ser dos personas, ya que se consiguen hoteles por 30 mil para dos, menos de 6 dólares cada uno). Tuve la bendición de una ducha de agua caliente en el baño compartido del motel. Después de casi 4 días sin bañarme, recorrer más de 1000 kilómetros, y soportar temperaturas que rondaron los 10 bajo cero, fue una de las duchas más disfrutadas en todo mi viaje por Mongolia.

De Tsetserleg a Ulán Bator quedaban poco más de 400 kilómetros y también fue sumamente sencillo. Otra Toyota me levantó antes siquiera de llegar al lugar de la ruta que pensé sería el indicado. Pero a diferencia del día anterior, que no me cobraron nada y hasta me invitaron el almuerzo, estos dos mongoles enormes, con panzas desbordantes que viajan con una muchacha delgada y sonriente, me pidieron 30.000 por el trayecto de más de seis horas hasta la principal urbe del país. El tema es que no aclararon esto de entrada, por lo que me opuse a pagar esa suma y les di 10.000 tugriks, unos 4 dólares.

En resumen, esta ruta que atraviesa las estepas del centro del país, es prácticamente toda de asfalto desde Tosotsengel hasta Ulán Bator, y es una ruta muy utilizada por los camioneros, por lo que es muy facíl hacer dedo allí, una opción muy buena para viajeros que quieran explorar el noroeste de Monoglia. A partir de Tosotsengel hacia el oeste se pone difícil llegar a Ulaangom, pero hay micros y también camiones.

Al parecer la famosa “ruta norte” es la más compleja para viajar ya que es poco transitada, por lo que no queda más opción que ir en bus hasta Murun si se quiere acceder a esa región (hay dos servicios diarios que recorren esos casi 700 kilómetros desde Ulán Bator).

En total, desde Bayan-Ulggi, fueron cinco noches y seis días para recorrer los más de 1600 kilómetros hasta la capital, con un gasto de 70.000 túgriks, unos 28 dólares. Casi lo mismo que el colectivo, que cuesta unos 80 mil, pero no hubiera atravesado todos esos lugares increíbles con postales coloridas, desde la estepa nevada, hasta las montañas con pinos, pasando por los lagos espejados; ni hubiera conocido a la familia de Bukhmurun ni a la pareja de ancianos del parador de camioneros con su pequeño nieto “Irjimbahir”.

Luego de 35 días, terminé el recorrido en el lugar de inicio: la deprimente, gris, hiperactiva y desconcertante capital de Mongolia. Fueron 5417 kilómetros con un gasto total en transporte de 43 dólares. Por lo que ven, hacer dedo en Mongolia es difícil pero no imposible, es cuestión de atreverse a descubrir lo más fascinante de este país, su interior despoblado con paisajes únicos y cambiantes, y la hospitalidad más pura de su gente de campo.

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Una respuesta a “A dedo por Mongolia – (Última parte: el regreso a la capital)

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