A dedo por Mongolia – (Parte 6: La difícil ruta del norte)

Parte 5: La travesía de 2000 kilómetros con Vladimir

Tramo Ulgii-Ulaangom: más de 300 (imposible de precisar)
Ulgii-Tsagaanuur: 81 km
Tsaganuur-Bukhmurun: 63 aproximadamente
Bukhmurun-Ulaangom: 183 aproximadamente (pero más con el desvío en busca de marmotas).

Todo el recorrido entre Ulgii y Ulán Bator

Desde Bayan Ulgii, donde pasé casi 10 días y disfruté del festival “Águila dorada”, volver a Ulán Bator no era sencillo si pretendía evitar el bus que demora dos días y atraviesa la “ruta sur” (que ya había atravesado para llegar hasta allí) para llegar a la capital mongola.

Quería volver por otro lado, conocer otros sitios, por lo que no tenía alternativa más que ir hacia el norte, ruta que ningún local recomendaba porque no es muy transitada y no hay conexiones en transporte público.

El primer -y más complejo- paso era llegar a Ulaangom, una ciudad importante en términos comerciales por estar cerca de Rusia, y a unos 20 kilómetros del lago “Uvs”. Desde Ulgii hay una ruta de tierra que atraviesa cerca de 300 kilómetros y va directo a la mencionada urbe. “Maps.me” me recomendaba esa opción, “Google maps” me llevaba por el norte, pasando por el pueblo “Tsagaanuur”, el último poblado antes de llegar a suelo ruso por el paso “Ulaan Baishint”.

Esperé cerca de dos horas en la ruta de tierra pero nadie iba hacia el norte, por lo que volví al asfalto para buscar transporte hasta el poblado cerca de Rusia, y ver si desde allí era posible encontrar a alguien que vaya a Ulaangom.

Tras cerca de una hora de espera, me levantó el director de un grupo empresario local llamado “New progress group”, dedicado a la minería, al negocio del petroleo y a la construcción de rutas. Precisamente, dicho grupo había elaborado 10 años atrás la ruta por la que estábamos transitando (60 kilómetros de asfalto entre Ulgii y Tsagaanuur). Me dijo que no lograron la concesión entre Ulgii y Khovd (hacia el sur), ya que los chinos parece que pagan buenas coimas a los gobiernos locales para hacerse con la obra pública.

Cuando llegamos al pueblo le preguntaron a una oficial del ejército si había transporte a Ulaangom y les dijo que tal vez al día siguiente vendría una combi desde Rusia. En el pueblo no se veía a nadie. Apenas unos charcos congelados, una base militar que parecía abandonada, y dos almacenes que estaban cerrados. No había hoteles y el frío era polar. Decidí ir a la “ruta norte”, totalmente de tierra. Un campesino me vio y me invitó a tomar té a su casa rústica cerca del camino, pero rechacé el convite para esperar el milagro de que alguien pase por allí. Apenas pasó una moto con una pareja y sus dos niños pequeños hacia el otro lado. Me miraron con curiosidad y me saludaron.

Luego de una hora en la que ya perdía las esperanzas, vino un auto tipo rural con 4 hombres y me cargaron. No iban hacia Ulaangom, pero iban hasta el este, hacia un pueblo intermedio, desde donde al parecer sería más fácil conseguir transporte a la ciudad capital de la provincia de “Uvs”.

Tras dos horas en las que recorrimos poco más de 50 kilómetros por una ruta imposible, con huellas que se perdían, zonas inundadas y semi congeladas entre arbustos amarillentos y un cordón montañoso elevado de fondo, con los picos nevados, llegamos a “Bukhmurun”, el pueblo en cuestión.

Me dejaron en un mercado en el centro del poblado, donde están las calles asfaltadas, la escuela y la sede gubernamental (las instituciones que generan los únicos puestos de trabajo para los cerca de 2000 habitantes). Un señor en estado de ebriedad me indicó un almacén cuando le pregunté por transporte hacia Ulaangom.

La mujer del mercado hablaba algo de ruso y me mostró una especie de cartelera cerca de la entrada a la despensa, donde había cartelitos escritos a mano, y uno de ellos decía que salía transporte hacia Ulaangom al día siguiente, a las 10 de la mañana, y dejaban un número de teléfono para comunicarse. Llamé y la señora habló con una joven, que a los 5 minutos me vino a buscar y me llevó hasta su hogar a unas 5 cuadras, donde estaba su pequeña hijita de dos años mirando dibujitos en una pantalla plana de grandes dimensiones, ubicada en el living de una casa precaria de tres ambientes sin baño ni agua corriente.

Me explicaron que saldríamos temprano al día siguiente y que podría dormir allí en el living. Cuando llegó el marido con el jeep todo terreno bastante golpeado por los años, me llevaron por el pueblo a conocer los lugares más atractivos, entre los que se destacaban unas formaciones rocosas muy extrañas, de color claro parecido a la arcilla, con siluetas llamativas, que se podían escalar con facilidad y desde donde se apreciaba la totalidad del pequeño caserío perdido en medio de la nada, entre ríos, estepas y cordilleras nevadas.

Cenamos “buzz” caseros rellenos con carne de cabra, y nos dormimos temprano. Íbamos a salir a las 5 de la mañana, pero la partida se atrasó porque se sumaron dos pasajeros más, los dueños de uno de los almacenes del poblado, que necesitaban proveerse de mercadería en la ciudad.

El viaje de 180 kilómetros duró casi 5 horas, incluyó un desvío hacia bien al norte, casi llegando a Rusia, para intentar cazar “Tarvagas”, las marmotas mongolas, muy codiciadas en esta región, por sus pieles y por su carne, que gusta mucho entre los locales. Es una de los festines más disfrutados de la gastronomía, y una tradición casi “sagrada”. La escopeta añeja con mango de madera estaba preparada, pero las marmotas no aparecieron, ya que empezó la etapa de hibernación y se recluyen en sus hoyos en las montañas.

Cuando llegamos al lago “Uureg Nuur” levantamos a un campesino nómada con una cabra y una oveja vivas que llevaba a la ciudad para vender. Antes nos invitó té y unas masas tradicionales de Mongolia en su yurta, como suele hacerse como cortesía.

A 35 kilómetros de Ulaangom está el pueblo Turgen, allí empieza el asfalto y vuelve la señal a los celulares, por lo que automáticamente empiezan los llamados. Es impresionante como se usan los celulares viejos pequeños, con esos diminutos botones. Cuesta creer que los gruesos dedos de los campesinos puedan presionar esas teclas sin apretar más de una a la vez. Todo el tiempo hay alguien llamando o recibiendo un llamado, el chofer también, y casi nunca usan cinturón de seguridad, un cóctel de ilegalidades penado severamente en occidente, pero que en Mongolia es lo habitual.

En Ulaangom decidí quedarme una noche tras el movido y agotador viaje, con constantes subidas y bajadas, sacudidas y rebotes del jeep latoso. Los hoteles no bajan de 20,000 tugriks, unos 8 dólares.

La ciudad es de tamaño considerable para los estándares mongoles, con sus 30 mil habitantes, y sus edificios de hasta 8 pisos coloridos, sus fabricas humeantes, su mercado y sus temperaturas heladas en esta época del año.

Aún quedaba largo camino en mi vuelta a la capital…

 

Última parte: el regreso a la capital

 

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Una respuesta a “A dedo por Mongolia – (Parte 6: La difícil ruta del norte)

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