A dedo por Mongolia (Parte 5 – La travesía de 2000 kilómetros con Vladimir)

Ver “Parte 4 – Cruzando el Gobi en camión“.

Tramo Gurvantes-Ulgii: 2.151 km total
Gurvantes-Bayanlig: 176
Bayanlig-Bayankhongor: 235
Bayankhongor-Kharkhorin: 344
Kharkhorin-Narinteel: 270
Narinteel-Altai: 459
Altai-(Ruta):55
(Ruta)-Khovd: 393
Khovd-Ulgii: 219

El recorrido con Vladimir, desde el desierto, a las montañas nevadas del noroeste

 

Cuando te pasa una cosa como esta, la primera reacción de tu mente es asociarlo a la suerte. Cuando hilas fino te das cuenta que es mucho más que sólo suerte. Llámese destino, conexión cósmica, alineación de planetas, energías cruzadas… es imposible denominar circunstancias y devenires tan encontrados, secuencias tan fortuitas, azarosas y a la vez tan coincidentes y precisas.

A Vladimir lo conocí trece días antes de que me levantará con su camioneta en un pueblo perdido por el desierto de Gobi, llamado Gurvantes, sin ninguna ruta de asfalto que llegue hasta allí. En realidad no lo conocí, apenas lo vi sentado contemplando una ceremonia budista en el templo Khamar, situado en “Shambala”, un lugar sagrado del budismo tibetano en el este de Mongolia.

Sólo lo vi y me llamó la atención su presencia porque era el único extranjero. Pero lo terminé por conocer casi dos semanas después, cuando aceptó sacarme de ese lugar en el que estaba casi varado, ya sin expectativas de poder seguir mi ruta planeada de manera casi fantasiosa. Me había planteado atravesar el desierto de este a oeste, y de sur a norte, sin transportes públicos ni rutas de asfalto, algo que puede salirte bien una vez de cien.

Esperé cinco horas en un camino de tierra que iba hacia el norte de Gurvantes, al pueblo “Bayanlig”, pero nadie pasó por allí. Apenas unos motoqueros que armaron una secuencia para llevarme hasta un lugar desde donde tal vez encontraría algún transporte, pero sólo querían sacarme dinero por lo que rechacé el convite. Una familia con un jeep iba a un pueblo que no figura en ningún mapa y también casi me cargan pero pensé que podría ser peor aún salir de allí. Había que cruzar el desierto de Gobi, otra vez, pero ahora de sur a norte, ruta que ni los camioneros parecen hacer.

Tras la secuencia con los motoqueros decidí que cambiaría mi ubicación ya que el movimiento era nulo allí en esa huella de ruedas sobre la tierra que serpenteaba y se perdía entre las montañas.

Me había resignado a volver hacia atrás, cruzar nuevamente el desierto -ahora hacia el este- con algún camión hasta Dalanzagdad y luego de allí un colectivo hasta Ulán Bator. Me fui hasta la estación de servicio más concurrida de ese poblado donde la electricidad escasea y no hay ningún turista.

Y fue allí que cinco minutos más tarde apareció Vladimir con su confortable camioneta 0km para cargar diesel. Le pregunté donde iba pensando que me diría Ulán Bator, pero no, me indicó en un mapa el pequeño pueblo de la fantasía mental: “Bayanlig”, mi destino original, el que había planeado para no tener que volver a la capital y seguir recorriendo el interior desolado de Mongolia, tan rico en naturaleza.

Vladimir es un ingeniero de 42 años que vive en Siberia, en Krasnoyarsk. Por su camioneta se vislumbra un buen pasar económico. Recorrió Mongolia por un mes. Es budista y estuvo cuatro días en Shambala meditando. Recorrió todo el sur del país, los destinos más populares del desierto de Gobi. Con su 4×4 se atreve a todo. Tenía un manual con todos los lugares naturales de interés, e iba siguiendo una ruta muy bien planificada, con puntos específicos donde poder contemplar algunas de las maravillas de este país lleno de destinos espectaculares: pasando por lugares arqueológicos, cuevas, desierto, lagos, montañas de distintos orígenes y colores, con árboles petrificados y zonas con algo de vegetación y miles animales libres.

Me ofreció ir hasta esa ciudad a unos 200 kilómetros, y cuando llegamos me preguntó cual era mi destino final. Cuando le dije que iba rumbo oeste me respondió que él también, por lo que el viaje compartido recién empezaba.

Con toda su generosidad me adoptó como su acompañante. Las primeras noches el clima permitió que durmiese en carpa, y luego cuando empezamos a escalar rumbo noroeste, me hacia lugar en su amplia y totalmente equipada camioneta. En la parte trasera tenía dos cajones repletos de utensilios para cocinar y comida enlatada que traía de Rusia.

Entre sus meditaciones cada una hora (Vladimir profesa una religión llamada “Bon-Po”, mezcla de chamanismo y budismo), cuando reinaba el más absoluto silencio, la música rusa ecléctica que sonaba de fondo -desde raps a música chamánica-, e innumerables problemas de entendimiento por no hablar ningún idioma en común (lo que no hacía más que despertar risas), fuimos recorriendo, en una semana, lugares increíbles, imposibles de acceder por mi cuenta. Ni siquiera los tours van hasta allí, pero él iba, indagaba, forzaba a “Leshi” (como había apodado a su camioneta, “Les” es bosque en ruso) al máximo, metiéndose en caminos sinuosos del interior mongol, y siempre llegábamos a destino.

Siempre llegábamos porque cualquier sitio era buen destino. Almuerzos de alforfón ruso en medio del desierto, noches durmiendo a la vera del camino, rodeados de montañas y camellos, cuevas paleolíticas, las dunas del Gobi con montañas de mil colores de fondo… todo fue como un sueño.

Para superar aún más la situación, a los tres días del viaje, se nos acopló una pareja de madrileños, Sergio y Cristina, que a sus cuarentas se cansaron de su rutina, moldearon una “Patrol” de 1987 para que sea su hogar, y se lanzaron a un viaje de dos años por el mundo.

De este modo, “Leshi” y “La Patrol”, recorrieron cientos de kilómetros, compartiendo desayunos y almuerzos tardíos, que eran también meriendo y cena.

No importaba la diferencia de edad de los automóviles, Vladimir aceptó escoltar La Patrol por cualquier inconveniente, y se armó un equipo notable, cada uno a su estilo, con sus aportes, regalándome compañía entrañable durante este “tour” magnífico, por rutas paisajísticas que por momentos se ponían tediosas, con desniveles, pozos, rocas y polvo, siempre mucho polvo.

Apenas les hablé de los paisajes porque fueron un detalle con tan notable compañía. Sólo atino a comentar las fotos que verán más abajo: del desierto más árido y desolador, con sus dunas y montañas de arcilla en el horizonte lejano, pasamos a la estepa verdosa y montañosa llena de animales, para llegar a la cordillera Altai en el oeste, con la nieve ya invadiendo toda la inmensidad del paisaje que además regalala lagos de un azul tan profundo como el cielo.

Fueron siete días con Vladimir en los que recorrimos más de 2 mil kilómetros, y además de la naturaleza, lo que más se disfrutó fue el movimiento con seres en una misma sintonía, con buena predisposición permanente, con risas, con los jocosos intentos de hablar algo de inglés y español de Vladimir, que mezclaba con palabras sueltas que se le aparecían en la mente de haber escuchado en alguna canción o película. Por ejemplo, cuando le decía que yo podía limpiar los platos con la palabra “clean”, el respondía “Clint Eastwood”, y así, entre risas, se formó un código común, cada vez que había que limpiar algo citábamos al actor estadounidense.

Pese a todo este “ruido” en las charlas, algo pudimos intercambiar. A veces es una pena no poder indagar de manera más profunda ya que Vladimir tenía mucho que contar, pero ni los traductores ayudaban. Poco importó esta falta de comunicación verbal para que naciera una amistad.

Incluso, al despedirse con un abrazo a lo ruso (algo que también comunica, claro está), apretando con fuerza, me obsequió una campera de plumas de ganso, que son las únicas que sirven para afrontar los inviernos en Siberia (gestos que también comunican). Le comenté que volvería a Rusia y cuando miró mis abrigos disponibles, no dudo en regalarme el suyo. “Juan caput”, decía cruzando los antebrazos simbolizando una cruz, como dando a entender que no toleraría el frío desgarrador en su país.

Sergio y Cristina también sumaron lo suyo, con charlas profundas, esas que quizá con amigos de toda la vida no se tienen, y allí, apenas a días de conocernos, fluían con naturalidad. Esa es la magia del camino, que regala momentos como estos, y te permiten conocer a estos hermosos dementes del mundo, con los que hay tanto en común que cuesta creerlo. Lo que no tengo dudas, es que estas conexiones lejos están de ser azarosas.

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2 Respuestas a “A dedo por Mongolia (Parte 5 – La travesía de 2000 kilómetros con Vladimir)

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