A dedo por Mongolia (Parte 4 – Cruzando el Gobi en camión)

Ver “Parte 3 – Camino al desierto de Gobi

Tramo Bayandalai-Guravantes. Total 235 km.
-Bayandalai-Parador de camioneros (donde pasé la noche): 150 km
-Parador-Gurvantes: 85 kilómetros

Recorrido por Mongolia este-oeste:
Más de 3 mil kilómetros por menos de 12 dólares

A las 8.30 ya estaba listo con mis mochilas en la zona de las despensas, para cazar algún automovilista que vaya a alguno de los dos pueblos que no estaban muy lejos: a 126 kilómetros “Sevrei”, y a 132 “Noyón”, según el cartel de la ruta antes de entrar a “Bayandalai”.

Con mi papelito con los nombres de los 3 posibles lugares: “Sevrei”, “Noyon” y “Gurvantes”, el objetivo de máxima, a 230 kilómetros, me acerqué al primer auto que llegaba a las despensas que acaban de abrir.

Tuve la suerte de encontrar en mi primer intento a una de esas personas bondadosas que ayudan al visitante sin pedir nada a cambio, por pura hospitalidad y humanidad. El muchacho joven, que iba en su auto blanco con un señor un poco mayor (es difícil determinar la edad de las personas en Mongolia como en toda Asia), se encargó de preguntar por todo el pueblo si alguien iba en la dirección a la que me aventuraría.

Primero fue hacia la sala de emergencias, ya que una furgoneta suele ir hasta Gurvantes algunas veces a la semana; pero el chofer -pese a que el muchacho y un escultor, que también se sumó al equipo de salvataje del argentino en Bayandalai- se negó porque la próxima comitiva iría repleta.

La ilusión duró poco, pero el muchachos, junto al escultor, se subieron rápido al auto y me indicaron un punto lejano a las afueras del pueblo, como que iban hasta allí. Esperé unos minutos con el señor mayor, que me mostró unas fotos en su celular con él posando en monumentos de Dalanzadgad, y al rato volvieron los otros dos con las buenas nuevas: “Come on, Gurvantes!”, dijo el escultor y me hizo señas para que ponga las mochilas en el baúl.

Nos dirigimos hasta ese punto lejano ya sobre el desierto, donde 5 camiones ultimaban los detalles para partir. Dos de ellos iban a un lugar a unos 35 kilómetros de Gurvantes. El escultor se encargó de explicarme con un dibujo en un papel. Ya tenía mi tour por el desierto y sería gratis, ambos choferes se negaron cobrarme.

Tenía lugar para elegir, con Giné, de unos 30 años, con quien hice los primeras horas del viaje, y luego con “Itr” de 37, el más gordito y sociable, que me mostró fotos de sus tres “pipis” en su celular: dos niños de unos 7 y 5 años, y un bebé regordeto de meses.

Pasadas las 10 arrancamos el periplo de más de 150 kilómetros en pleno desierto, con caminos sin ningún tipo de señalización y huellas de camiones que se superponen en la inmensidad de un terreno totalmente despoblado y vacío.

Cerca del mediodía, a pocos kilómetros de partir -ya que en promedio se avanzaba por los sinuosos caminos a unos 20 kilómetros por hora-, llegó la hora del almuerzo en un comedor que apareció en medio de la nada bajo un sol fulgurante que hacía todo más seco y desolado.

Eran dos yurtas unidas por una pequeña puerta de madera donde otros dos camioneros ya habían degustado el menú único: nuddles fritos salteados con carne, que estaban buenísimos y fueron cortesía de los muchahos. “Itr” me hizo señas de que guardara el dinero cuando ofrecí pagar. Estamos tan cerca de China que ya se siente su influencia: muchos comen con los dos palitos.

En el comedor trabaja una joven con su lisiada pareja que andaba en muletas. Tenían una niña pequeña atada dentro de la yurta que jugaba sobre una esterilla con un tupper blanco y se mataba de risa de todo. Se la veía hiperactiva y el muchacho en ese estado, y la chica atendiendo el local, no podían hacer más que tenerla con un lazo sujetado sobre un hombro y por debajo de la axila del otro brazito. Luego del té seguimos la travesía.

Las horas pasaban lentas, con un escenario impactante y alucinante. Por momentos la aridez era total, las dunas se superponían con las montañas rocosas y el suelo era ondulado, con pequeños montículos de arena. Luego venían tramos donde la tierra se oscurecía, aparecían unos arbustos pequeños que parecían virulanas que brotaban del suelo. De eso parecían alimentarse los grupos de camellos que se veían caminar a paso cansino por todo el interminable territorio cambiante, que dista mucho de un desierto tradicional, ya que tiene un ecosistema dispar, que por momentos parece tener vida, y por momentos parece ser un lugar totalmente hostil para cualquier ser viviente.

El calor y el sol eran intensos, pero en el camión, con el aire ingresando por las ventanas, se viajaba bien. Y así pasaron casi 10 horas -con pinchadura de goma incluida, que cambiaron con total tranquilidad y pericia los muchachos-; surcando uno de los desiertos más grandes del planeta de este a oeste por el sur, que no es la región más hostil, pero sí es un lugar donde aún no ha llegado el asfalto ni nadie se anima a penetrar más que los camioneros.

Exhaustos por el trajín, llegamos a otro parador, a unos 85 kilómetros de Gurvantes, donde “Itr” me recomendó pasar la noche, ya que desde allí sería más fácil encontrar transporte hacia la última ciudad al día siguiente. Me convidó un trago de vodka que sirvió en el pico de una botella de agua cortada y con la tapa puesta, y me dio un apretón de manos luego de anotarme su Facebook para seguir en contacto.

Y allí, en medio de esa zona desértica, ya más predregosa, con montañas alrededor y suelo bien árido, pasé la noche. Era un parador atendido por un señor mayor, que por su aspecto parecía ex camionero. Cuando llegamos, un grupo de cinco hombres, algunos con sus torsos desnudos, y tatuajes rústicos en sus brazos, jugaban al póker estilo texano. En la yurta de aire viciado por el cigarro, el anciano ofrece comida a los trabajadores de las rutas, y también es su vivienda solitaria. Está siempre a la espera del sonido del motor de un camión, que oye a varias leguas. Ese sonido es sinónimo de clientes y sobre todo, de compañía.

Me indicó que podía dormir en su camión o podía armar la carpa al lado de la yurta. Fui a dejar la mochila en el camión, y se acercó uno de los camioneros que parecía un poco entonado, y me mostró en su celular a sus cuatro hijos, orgulloso. Estos hombres fornidos, de manos anchas engrasadas, sinónimo de masculinidad, toscos y hasta obscenos y desagradables por momentos (tienen muy poca educación en cuanto al cuidado del medio ambiente, arrojan todo por la ventanilla, contaminando este lugar tan hermoso y puro), muestran toda su ternura en momentos de intimidad.

Ese mismo muchacho me llamó al rato para que me acerque a la yurta, desde la que emanaban gritos de euforia ante cada mano de póker, que rompían el silencio absoluto del desierto, en cuyo cielo empezaba a desplegarse un manto interminable de estrellas y nebulosas.

Me dieron un bowl con arroz y pequeños trozos de carne, acompañado con té. El encargado rehusó cobrarme por la comida y cuando finalicé me hizo un gesto como que podía ir a dormir pasadas las diez. Los camioneros le dieron el dinero al ganador, encendieron los motores de sus vehículos que retumbaron en la oscura noche, que llenaron de luces con sus acoplados iluminados con distintos colores, y se esfumaron en segundos.

A la mañana me levanté con el sol saliente entre las montañas del este y me acerqué a la yurta del encargado que ya había amanecido y organizaba algunos materiales desperdigados por el terreno polvoriento, donde un perro merodeaba tranquilo, adormecido por el contexto parsimonioso.

Encendió el motor de un viejo tractor, que está conectado con unas poleas a una batería, y eso provee de energía a las heladeras donde mantiene fresca la comida durante el día, sobre todo la carne congelada. Un sistema desarrollado para la subsistencia en este terreno hostil, con lo disponible, 100% mongol, una idea de exportación. Eso, más el panel solar, le proveen la electricidad para su TV -en la que pasaron el videoclip de “Despacito”-, y para la batería de su Nokia 1100, que está colgado de uno de los postes que sostienen la yurta, porque es el único lugar desde donde capta señal (que los smartphones modernos no reciben). Desde allí, en puntas de pie, habló con su hija en “América”. Por lo que entendí por sus señas, allí reside con su marido, y él, en pleno desierto, le habla a los gritos a través de un celular primitivo en medio del ruido de una comunicación defectuosa. Hablé unas palabras en inglés con el marido de la hija del señor, que me preguntó de donde era y cómo había llegado hasta allí, a lo que respondí que no tenía la menor idea, y se cortó.

Por el camino cercano al parador comenzaron a pasar autos y camiones cerca de las 9 de la mañana, pero todos iban hasta “Ovoot Tolgoi”, a uno 35 kilómetros de donde estábamos, donde en los mapas figura un aeropuerto, pero que parece que sólo se usa para la base militar que está enfrente y no está referenciada en ningún lado claro. Desde allí, (donde también funciona una minera de carbón, por eso tantos camiones) parte un camino hacia China, otro destino recurrente de los camiones con sus voluminosas cargas.

Como nadie iba a Gurvantes, tras tres horas de espera, me subí al camión de “Batar”, que iba hacia “Ovoot”, y allí me bajaría para ver si desde la ruta que iba hasta China, podía encontrar algún auto con destino a la ciudad.

A los pocos kilómetros de arrancar, nos detuvimos para socorrer a un colega que había pinchado una rueda, y “Batar” (con el que intercambié algunas palabras en ruso) me hizo señas para que me ponga a hacer dedo por si venía algún auto.

Y el auto vino. Más precisamente una camioneta en la que iban un grupo de ecologistas franceses y mongoles (la comitiva incluía otras dos camionetas intercomunicadas) financiados por una organización de los Emiratos Árabes, interesados en preservar una especie de aves en extinción llamada “Houbara Bustard”. Una especie de “pollos grandes”, me comentó la chica francesa que iba en el asiento de acompañante; yo me ubiqué atrás con dos de sus colegas mongoles que hablaban un buen inglés.

¿Para qué quieren preservar estas aves los emiratíes? Para reproducir y criar más de ellas en cautiverio y poder seguir con sus rondas de caza, algo muy tradicional a la hora de discutir cuestiones de Estado. Ecologistas trabajando al servicio de cazadores. Me dijeron que son los únicos que pueden llegar a financiar este tipo de investigaciones (ellos se abocan a visualizar las aves y marcan el lugar preciso donde las vieron y determinan su sexo y algunos detalles más), y ellos creen que de esta manera al menos protegen a las aves salvajes, ya que se crían más ejemplares en cautiverio -que son más fáciles de cazar y no pueden sobrevivir en la naturaleza-, y así no se toca a las “Houbara Bustard” que aún sobreviven en libertad.

Con la camioneta fue todo rápido. En menos de una hora y media surcamos los caminos de arena por un contexto también distinto, con más montañas rocosas de color claro, que se prestaban a la imaginación de formas.

Me dejaron en la estación de servicio en el ingreso sur de Gurvantes, y ya en las primeras horas de la tarde estaba en el punto que había marcado como objetivo final (que no lo fue).

Así, de manera impensada, siguiendo el devenir de los hechos y jugando con las incertidumbres, pude recorrer más de 250 kilómetros por el desierto, ver paisajes fascinantes y cambiantes, en nada similar a otros desiertos, y tener mi “tour” gratuito por el Gobi de dos días y una noche, que incluyó dos comidas. Sólo se puede agradecer a esas personas que lo hicieron posible, y al azaroso y contradictorio destino, a veces tan frustrante, y a veces tan -¡pero tan!- gratificante.

 

Ver “Parte 5 – La travesía de 2000 kilómetros con Vladimir

Anuncios

2 Respuestas a “A dedo por Mongolia (Parte 4 – Cruzando el Gobi en camión)

  1. Pingback: A dedo por Mongolia (Parte 3 – Camino al desierto de Gobi) | PRÓXIMA ROTONDA·

  2. Pingback: A dedo por Mongolia (Parte 5 – La travesía de 2000 kilómetros con Vladimir) | PRÓXIMA ROTONDA·

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s