A dedo por Mongolia (Parte 3 – Camino al desierto de Gobi)

Ver “Parte 2 – Rumbo sur

Tramo “Eagle valley”-Bayandalai. Total 50 km.

Recorrido por Mongolia este-oeste:
Más de 3 mil kilómetros por menos de 12 dólares.

No era el mejor contexto para salir a hacer dedo a un lugar desconocido, pero no quedaban alternativas. Ya eran más de las cuatro de la tarde, había caminado cerca de 20 kilómetros y no tenía agua ni comida, pero sabía que no eran más de 50 kilómetros por ruta de asfalto hasta el próximo destino, no muy conocido ni popular, pero ruta de asfalto en fin.

Esperé cerca de una hora en la que apenas pasó un auto que me hizo la seña de estar lleno. Empecé a pensar que quizá mejor sería volver a Dalanzadgad, para de allí buscar transporte a Bayandalai al día siguiente, pero apareció otro de esos camiones pequeños Hyundai con caja trasera descubierta que paró ante mi seña.

Eran dos trabajadores en busca de oro por la región sur del Gobi, tenían sus herramientas de trabajo atrás, a donde me ofrecí a viajar, pero me hicieron un lugar en la cabina, entre medio de ellos. No hablaban una palabra de inglés. Me hicieron el gesto de dinero, y les indiqué 5 dedos, como para decirles que les podría dar 5000 tugriks (dos dólares).

Con la tierra de la luneta me indicaron que ellos llegarían hasta 9 kilómetros antes del pueblo. El acompañante hizo un punto y dijo: “Bayandalai”; luego hizo otra marca a una corta distancia de la línea recta que dibujó al principio, se señaló el pecho y señaló al conductor e hizo un gesto con la palma de la mano hacia abajo, como el que se hace en Mongolia para que los autos se detengan (que en occidente usamos para indicar que vayan más despacio), como para indicar que se quedaban allí. No estaba mal, desde ese punto era bastante pero podía caminar.

Hicimos unos 20 kilómetros y nos detuvimos al costado de la ruta sobre la banquina la tierra. Un auto paró adelante nuestro un minuto más tarde. Era otro muchacho y dos mujeres regordetas. “Friends”, me dijo el hombre que bajó del auto, que estaba un poco entonado por el alcohol. Se lo notaba más efusivo y con ganas de comunicarse. Él me explicó lo del oro y lo de su trabajo informal. Se sentaron sobre la tierra y el muchacho sacó una botella de vodka y sirvió una medida en una taza para convidarme. Acepté como corresponde ante estos convites, y bebí de un sorbo la bebida popular de Mongolia, herencia del periodo soviético. Me salió un ruido desde lo profundo de las entrañas ante el calor de la garganta, y el muchacho me acercó una botella de sprite para que pase el sofocón. El muchacho que manejaba nuestro vehículo no bebió, sí lo hizo el acompañante. Me ofrecieron una segunda vuelta que hubiera sido letal para el estómago vacío, por lo que rechacé con ese pretexto y entendieron.

“Mongolian song”, dijo el muchacho del otro auto, y se largó dos eructos de unos 10 segundos ante las risas del resto.

Enseguida levantaron el parate de 5 minutos de vodka y cigarro, y seguimos.

Llegamos al lugar donde me dejaron poco tiempo después; parecía una industria muy precaria, con algunas yurtas alrededor y unas chimeneas. Les agradecí, rechazaron mis 5000 tugriks, y sin pausa empecé a caminar consciente de que podría hacerse de noche antes de que llegase al pueblo. Pero justo salía desde ese mismo lugar un pequeño camión conducido por una señora mayor que llevaba como acompañante a una mujer más joven de anchas caderas y piernas.

Pararon y me hicieron poner la mochila grande y la carpa atrás, en la caja cubierta, en el espacio que quedaba entre unos grandes tachos de metal, de esos que se usan para desechos tóxicos, que estaban vacíos.

Nos apretamos con la mujer en el asiento del acompañante y se mataba de risa ante cada palabra que decía. La que manejaba preguntó si Argentina estaba en Europa.

Para que la conductora pudiese pasar los cambios, la mujer con la que íbamos cuerpo a cuerpo debía levantar su voluminosa cola. Ni bien me subí me estiró unos pelos del muslo, sorprendida por tanto bello. Los mongoles son lampiños, apenas tienen unos pelos dispersos en la barba que parecen bellos adolescentes. Hicimos los casi 10 kilómetros a paso de hombre y me dejaron en el ingreso a Bayandalai, un pueblo sobre el que Wikipedia no dice más que la estimación de su población, de menos de 2500 habitantes.

Fui hasta el único hotel en funcionamiento, pero como costaba seis dólares sin ducha, decidí acampar. La madre de la dueña de ese hotel, que trabajaba en el pequeño restaurante de cuatro mesas ubicado en el ingreso del albergue, me ofreció armar la carpa en el terreno de su casa a unos 200 metros.

Allí pasé dos noches en los que descansé, consciente de lo que vendría sería duro, ya sin asfalto, en pleno desierto, si es que podía seguir rumbo oeste.

Bayandalai apenas tiene una escuela, que es más grande que el edificio de la municipalidad y la policía -algo no muy habitual-, una ambulancia chocada, una sala de emergencias, dos despensas, algunos locales cerrados, y una antena importante de telecomunicaciones cerca de las humildes sucursales de los bancos más importantes del país.

Hay una parte de las casas que se agrupan cerca de la ruta de asfalto, que termina cuando termina ese grupo de yurtas cercadas, y otra parte de las casas se agrupan detrás de las despensas enfrentadas -una de ellas está al lado del hotel que les mencioné- que son como el “centro” del pueblo, donde los automóviles se detienen. Entre el segundo grupo de casas y las despensas hay una especie de ancha avenida de tierra y un parque con juegos para niños con su correspondiente y habitual cancha de basket. Eso es todo, en apenas quince minutos se camina de punta a punta el caserío.

El día que estuve vagando por el pueblo -y todos me miraban con sorpresa claro está-, se detuvieron algunos turistas con sus guías para comprar víveres en las despensas, pero apenas seguían unos kilómetros más al oeste, sin llegar a los próximos pueblos: “Noyon” y “Sevrei”, cuyos accesos ya son por caminos sinuosos. Hasta allí era el siguiente objetivo, para luego terminar el recorrido hacia el oeste en “Gurvantes”, el último poblado ubicado dentro de lo que es la región del Parque Nacional “Gobi Gurvan Saikhan”. Las referencias de los locales eran poco alentadoras porque no hay ningún tipo de transporte público hasta allí, pero de todos modos lo iba a intentar… e iba a tener mi premio.

 

Ver “Parte 4 – Cruzando el Gobi en camión

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