A dedo por Mongolia (Parte 2 – Rumbo sur)

Ver Parte 1 – Travesía con los nómades

Tramo Mandalgobi- “Eagle valley”. Total: 340 km.
-Mandalgobi-Dalanzadgad: 304 kilómetros
-Dalanzadgad-“Eagle valley” (Parque Nacional Gobi): 36 kilómetros.

 

En comparación con lo que había sido llegar hasta acá (y les conté en la primera parte), el camino ahora se hacía mucho más fácil porque una ruta de asfalto conecta la capital con Dalanzadgad, una ciudad bien al sur del país, en la región “Omnogobi”, o sea, ya en la puerta del famoso desierto que atrae miles de turistas a Mongolia.

Fuimos a la ruta sabiendo que en el peor de los casos, si no encontrábamos a nadie que nos llevara a los tres, podíamos intentar ir en los colectivos que salen a diario desde Ulán Bator hacia el sur, y pasan por Mandalgobi luego del mediodía. Pero no hizo falta, al menos para la primera parte del viaje.

Luego de menos de dos horas de espera -y negociar con algunos choferes que pretendían cobrarnos dinerales para ir hasta el sur-, una pareja con su pequeña hija se ofreció a llevarnos hasta un pueblo de menos de seis mil habitantes, llamado “Tsogt-Ovoo”, a mitad de camino. Y lo mejor de todo es que no nos pidieron nada a cambio. Fue el primer viaje a dedo “puro” en Mongolia. Los jóvenes contadores, que hablaban algunas palabras en inglés, decidieron radicarse en el mencionado pueblito para criar a su hija lejos de la contaminación creciente de la capital, totalmente colapsada. Esos sinsentidos de la modernidad -o posmodernidad- que se manifiestan de formas ridículas en la “periferia” mundial. En el país menos densamente poblado del mundo, su capital está totalmente saturada de gente, autos, industrias, centros comerciales, etc., etc., etc.

Nos dejaron sobre una restaurante en la ruta donde almorcé por 6000 tugriks (menos de 2 dólares y medio) un plato abundante de carne (que cortan en trozos pequeños, como cuando se “saltea” con verduras) con arroz.

Allí nos encontramos con una maestra de inglés estadounidense de unos 40 y tantos, que iba a quedarse un mes allí, sin wifi ni cajeros automáticos. Decidió tomarse un año para salir de su rutina californiana, y va haciendo estos trabajos pedagógicos enviada por una organización aparentemente no gubernamental. Fuimos una pequeña distracción para ella que no puede hablar con casi nadie (la maestra que enseña inglés en la escuela del pueblo apenas habla unas palabras) y se entretiene saliendo a correr por el diminuto caserío. El único peligro son los hambrientos perros callejeros, que en Mongolia no cumplen la función de mascota, sino que son los guardias de las casas, por eso es raro ver que se los acaricie. El trato para ellos es brutal, casi de desprecio, por eso aquí no son el mejor amigo del hombre.

Acorde a la información que la pareja de contadores nos dio, pasadas las 15, el micro que sale de Ulán Bator a Dalanzadgad pararía en la estación de buses del pueblo -una especie de casilla de cemento donde funciona una despensa a unos 500 metros de la ruta-, y así fue. Por suerte había lugares; sólo un niño no tuvo asiento y tuvo que ir un kilómetros sentado en un tacho de pintura en el pasillo hasta que una mujer se bajó en medio de la estepa que ya empieza a ser totalmente desértica por estas latitudes.

Pasadas las seis de la tarde llegamos a destino, mucho más fácil que el día anterior, pero ahora venía lo complejo, conocer el desierto, o al menos algunos de sus variados atractivos (no es un desierto convencional, con dunas y arena, sino que hay paisajes dispares, montañosos, rocosos, con algo de vegetación y colores), sin caer en los tours tradicionales.

Una mujer que tiene un “guest house” de yurtas amoldadas para el turismo, nos dejó acampar en su terreno. Negociamos un tour por el desierto por tres días y dos noches, conociendo los tres lugares emblemáticos: el “Valle de las águilas”, el “Acantilado de los flamengos” y la “Gran duna”, la joya del tour: una montaña de arena de 300 metros a más de 100 kilómetros de la ciudad. Pero no nos convenció. El precio ronda los 500 mil tugriks (200 dólares), por lo que siempre conviene hacerlo entre varios (hasta 5 personas).

Con las negociaciones logramos conseguir hasta por 350.000, pero así y todo nos negamos. No era por el dinero, sino porque el sistema de los tours está en las antípodas de lo que buscábamos. Los viajeros sentimos que perdemos nuestra libertad con este tipo de paseos. Es cierto que se llega a lugares que de otro modo es imposible acceder, y que muchas veces los guías aportan valiosa información, pero subirse a una camioneta para que te lleven como a una oveja por lugares preestablecidos, por donde todos los turistas pasan, sacan unas fotos y siguen su ruta, lejos de los locales, de sus lugares frecuentes, de sus olores, de sus incomodidades, de sus comidas, no tiene ningún tipo de atractivo. Eso hacen los turistas -y no está mal- pero nosotros no nos consideramos turistas, somos viajeros y buscamos otras cosas, a nuestro modo, accediendo a otros escenarios, más vinculados a lo cultural y lo cotidiano.

Por eso decidimos simplemente seguir haciendo dedo hasta el siguiente pueblo: “Bayandalai”, más cerca aún del desierto, como para desde allí echar un vistazo al Gobi.

Después del mediodía caminamos hacia la ruta que sale rumbo oeste (todavía de asfalto), y esperamos algún camión o camioneta local, ya que no hay ningún colectivo que recorra esos 80 kilómetros.

Al rato se nos acercó un hombre que rondaba los 50, en estado de ebriedad desde el día anterior. Ya nos había cruzado en el centro de la ciudad y nos había dado una calurosa bienvenida a Mongolia, con intentos de abrazos y apretones de manos. Tenía una caja de cartón con algo misterioso adentro, y una botella de plástico de cerveza barata a la que le iba dando sorbos a medida que se iba calentando con el sol candente del mediodía.

Parece que el hombre iba hacia el mismo lugar que nosotros por lo que paraba a todos los autos y negociaba con los locales, con la insistencia y las formas de una borrachín, amigable pero cargoso. Hasta que llegó un colega en uno de esos camioncitos Hyundai que parecen de juguete, con una cabina donde pueden ir tres personas, y una caja descubierta atrás, donde entran varios bultos y ocasionalmente varios seres humanos.

Luego de tratativas, arreglamos que por 30 mil tigriks (unos 12 dólares, 4 cada uno) nos lleve hasta el pueblo a 80 kilómetros. El hombre parecía ebrio también. Tenía el rostro hecho un pergamino de arrugas, los ojos colorados y la piel de color oscura por los miles de soles sufridos.

Primero lo acompañé a cargar nafta; le pagué 10 mil con la promesa de darle el resto a la llegada, ya que no confiaba en su pequeño camión maltratado durante décadas. Le puso todo eso de nafta y luego se detuvo a comprar un polvo mágico para el radiador, que estaba a punto de explotar del calor. Cada vez que le cargaba agua había que bajarse para que levante el asiento de acompañante porque allí abajo estaba la tapa que echaba humo.

Recogimos a mis compañeras y al otro borrachín parlanchín (fue la única persona que me dijo “Buenos Aires”, cuando le mencioné que era de Argentina) y empezamos el viaje tras varias idas y vueltas más.

A los pocos kilómetros paramos a recoger un bidón de agua para el radiador que no iba a resistir los 80 kilómetros, y luego paramos en la yurta del conductor, que como buen borrachín sociable, quería invitarnos a tomar té mongol (leche con té negro, manteca y sal). Parecía que los 80 kilómetros iban a transformarse en otra travesía de largas horas, pero la esposa del hombre, al verlo entrar en ese estado y con su compañía circunstancial, lo echó a los gritos. Entonces sí comenzamos el recorrido.

El otro borrachín se bajó a los pocos kilómetros y se subió a otra camioneta, mientras nosotros nos deteníamos cada 5 kilómetros a ponerme agua al radiador.

En uno de los parates, vimos que a unos pocos kilómetros de la ruta estaba el parador turístico del primero de los lugares del tour que ofrecían las agencias: el “Eagle valley”. Analizando las circunstancias del momento, con nuestro precario transporte y demás (las chicas decidieron volver a Ulán Bator un día antes para hacer shopping porque estaban prontas a volver a sus países), nos detuvimos allí y acampamos cerca de las yurtas turísticas luego de pagar el ingreso al parque nacional “Gobi Region”, que cuesta 3000 tugriks (un dólar con 20 céntimos). Al chofer le dimos 10 mil más (el pretendía los 30, pero luego de varias negativas aceptó los 10 mil -que se sumaban a los 10 que ya le habíamos dado-) y se marchó.

Al día siguiente, con la poca agua que teníamos (todos los locales estaban cerrados, parecía que la temporada turística ya estaba terminada y se venían los largos meses de otoño), recorrimos a pie los 10 kilómetros para llegar al valle y nos adentramos un poco entre esta zona montañosa acantilada y hermosa, con verdes pastos donde se acercan las vacas, y una pequeña cascada que en invierno se convierte en un gran torrente de agua que se congela y sobre el cual se puede caminar. No vimos águilas ni leopardos, apenas unas ardillas que parecen ratoncitos que trepan las montañas a notable velocidad y descansan en agujeros que cavan en la tierra.

Los 10 kilómetros de vuelta por suerte los hicimos con unos franceses -padre e hija- diplomáticos (ella trabaja en la embajada de Mongolia y él trabajó en la embajada de Argentina; parece que esto de la diplomacia también es hereditario en Europa), que estaban viajando por el sur del país durante una semana.

Cuando volvimos a la zona del camping, el guardia del pobre museo de ciencias naturales que está cerca del ingreso, nos dio un termo lleno de té mongol, y el guardia que cobra la entrada nos prestó unas vasijas para beberlo, mientras comíamos lo poco que nos quedaba. Como estaba todo cerrado, decidimos volver a la ruta para seguir nuestros camino, las chicas de vuelta a Dalanzadgad, para subirse al micro que las llevaría a la capital, y yo rumbo oeste, para seguir adentrándome en el desierto, y conociendo los pequeños poblados que viven en sus cercanías, ya sin asfalto, rodeados de arena y montañas.

 

Ver la “Parte 3 – Camino al desierto“.

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