A dedo por Mongolia (Parte 1 – Travesía con los nómades)

Tramo: Choyr-Mandalgobi (unos 200 kilómetros -imposibles de calcular con precisión-)

Recorrido por Mongolia este-oeste:
Más de 3 mil kilómetros por menos de 12 dólares.

 

Hacer dedo en Mongolia es distinto a otros lugares. Es más bien lo que se conoce como “carpooling” pero informal y 100% improvisado. Funciona dentro de las ciudades también. Uno extiende el brazo como para parar un taxi, y cualquier auto se detiene y negocia destino y precio con el futuro pasajero.

En la ruta es igual. Si uno hace el típico gesto de “hacer dedo”, levantando el pulgar, no te entienden. Hay que hacer un leve movimiento con la palma de la mano hacia abajo, abanicando el brazo lentamente. La mayoría de las veces los choferes piden algo de dinero a cambio del viaje, aunque siempre hay excepciones. Están los que quieren aprovecharse del foráneo, y los que piden como para cargar nafta, algo muy razonable.

La empresa a la que nos embarcábamos era compleja: había que trasladarse entre dos ciudades pequeñas de Mongolia, sin pasar por la capital, Ulán Bator (lo que hubiera implicado muchos más kilómetros por tener que ir al norte para luego volver a bajar hacia el sur).

En Mongolia las ciudades secundarias no están conectadas entre sí; sólo hay rutas de asfalto hacia la capital, que funciona como punto de fuga; todas las líneas del mapa conducen a la única metrópoli del escasamente poblado país. Por eso, cortar camino intentando conectar dos rutas de asfalto, viajando de este a oeste, implica atravesar una inmensa y vacía estepa por caminos de tierra con huellas de camiones y autos que se bifurcan y entrecruzan.

En los suburbios de la zona oeste de Choyr hay industrias vinculadas al petróleo y apenas una cafetería donde almuerzan los trabajadores. Obviamente se sorprendieron de ver allí este particular grupo de extranjeros (iba, como les conté en el post anterior, con mis compañeras de República Checa y Rusia).

Empezamos a pedir referencias sobre como llegar al destino final, una ciudad llamada Mandalgobi. Las posibilidades que indicaban “Google maps” y “Maps.me” (ambos funcionan realmente mal en Mongolia y no hay que fiarse de ellos), eran: o pasar por un pueblo un poco al norte llamado “Tsagaandelger”, o por uno más al sur: “Bayanjargalan”. Nos pusimos ese objetivo para el día, arribar a esos poblados que estaban a menos de 100 kilómetros.

Nos paramos en el medio de un campo entre dos industrias, sobre un camino de tierra desde el que se abrían las infinitas posibilidades hacia la despoblada, pedregosa y seca estepa. La mayoría de los que pasaban eran trabajadores de las fábricas y refinerías (y también ejecutivos con lujosas camionetas), que sólo ingresaban por otra puerta en la parte trasera, no se dirigían hacia ese horizonte desolado al que queríamos adentrarnos. Unos chinos que hablaban algo de inglés nos dijeron que había una especie de transporte público a las 3 de la tarde. Vale destacar que a las 10 ya estábamos en el camino, y una mujer que nos había dicho que podía llevarnos hacia el pueblito del norte. Tras esperarla dos horas, se desdijo porque no estaba segura que desde allí pudiéramos llegar a Mandalgobi.

Seguimos esperando, con el sol que secaba todo. Un señor en una camioneta, también que iba a la fábrica, nos dio unas botellas de agua. Todos nos indicaban el sentido de los destinos con sus manos, pero nadie iba hasta allí, y las informaciones se contradecían.

Luego del mediodía llegó una pareja de un japonés y una canadiense, mochileros ellos, que también buscaban llegar a Mandalgobi, para seguir rumbo oeste. Tenían un mapa antiquísimo en el que no aparecían ninguno de los pueblos que teníamos como destinos a corto plazo. Hacer dedo de a tres es sumamente complejo, por lo que de a cinco se hace casi imposible. Consciente de ello, se ubicaron a unos 200 metros atrás nuestros, respetando el orden de llegada. Códigos de viajeros.

Ya con las fuerzas abandonando los cuerpos luego de más de cinco horas a pleno sol, pensando en las alternativas de ir hasta la capital en tren y luego un bus a Mandalgobi, se hizo la luz.

Un campesino, que iba con dos de sus tres hijos, que no hablaba una palabra en inglés, iba directo a Mandalgobi con su camioneta “Opel” trajeteada por los años y los caminos sinuosos del interior de Mongolia. Le indicamos en un papel el nombre de la ciudad, y realizó un sonido como “¡Chá!”, entre grito y susurro, como para decir “si”. Lo intuimos por el movimiento de su cabeza.

Cargamos las mochilas y nos sentamos atrás, totalmente inconscientes de lo que estaba por venir. Eran apenas unos 200 kilómetros; lo que imaginamos que serían unas tres o cuatro horas, se convirtieron en una travesía de más de ocho horas con momentos épicos.

Vamos por partes. A los pocos kilómetros de donde nos levantó el buen hombre y aceptó llevarnos -a cambio de 4 dólares cada uno (10000 tugriks)-, se detuvo en unas yurtas en el medio de la estepa. Eran las viviendas de su familia, que cuenta con caballos, ovejas y cabras. Nos invitó a pasar a su “Ger” para invitados; una yurta que se veía nueva, con su lona exterior bien blanca, y su interior con alfombras limpias, sillones cómodos, armarios impecables, y un “set” de vasijas para servir el kumís (la leche de yegua fermentada con la que se da la bienvenida a todos los visitantes) que lucía majestuoso. Un interior que contrastaba con el exterior de tierra, polvo, mugre, y objetos de trabajo desparramados por las cercanías de las otras yurtas, donde dormían.

Nos sirvió el kumís y fue a preparar los objetos que llevaría a la ciudad. Ordeñaron a las yeguas para completar los bidones enormes que cargaron en la caja cubierta de la camioneta (nuestras mochilas fueron a parar al techo, cubiertas por unas frazadas), y llenaron unas bolsas de nylon con “arod”, una especie de trozos de leche desecada, que son duros y secos, de gusto ácido, y son la “golosina” tradicional de los campesinos nómadas.

Parecía que estaba todo listo y nos subimos a la camioneta. Pero faltaba el plato fuerte. El conductor, un campechano portentoso, de espalda ancha, cara redonda y una buena barriga, seguía a uno de sus hijos que iba en moto junto a otro presunto familiar que trabaja allí con ellos. Llevaban un palo largo con el que sujetan a los animales por el cuello. Subimos a una de las pequeñas colinas del terreno y el hombre miró por el larga-vistas hacía las colinas del oeste. No había caso, no encontraba lo que estaba buscando. Hasta que llegaron las noticias buenas con los chicos de la moto. El rebaño de ovejas y cabras estaba a unos cientos de metros de allí, a donde nos dirigimos sin pausa.

Los animales de las familias nómadas andan sueltos por la estepa, es la forma en que los crían, en total libertad. En estos lugares tan despoblados con tantos kilómetros de terrenos vacíos, a veces les lleva horas encontrarlos, aunque ya los conocen y saben por donde se mueven.

Llegamos hasta al lado del rebaño, y el padre de familia tomó el palo. Mientras el joven en la moto hacía que las ovejas corran de un lado al otro en torno al hombre, éste elegía su presa. Se decidió por una cabra marrón de buen peso, y en el segundo intento la logró capturar con su dispositivo rudimentario pero efectivo.

En un abrir y cerrar de ojos, el joven la cargó sobre sus hombros y la llevó al lado de la camioneta, donde el campesino ya se preparaba para la matanza. Afiló su cuchillo, y mientras el muchacho que vestía una túnica azul larga y botas de cuero altas, ponía al animal panza arriba y le sujetaba y extendía las piernas traseras, el hombre hizo un tajo vertical en el estómago, de donde salió una especie de burbuja color entre rosado y crema, metió la mano entre las tripas, y en un segundo cortó la vena que se conecta al corazón. La cabrita quedó con los ojos abiertos, casi no se quejó en ningún momento. Fue todo rápido, preciso, natural, cotidiano, rutinario.

El hombre se puso a limpiar su cuchillo ensangrentado mientras su mujer, que nos acompañaba en la camioneta junto al menor de los hijos, se puso a limpiar todos los órganos del animal, que colocaban dentro del estómago, que dieron vuelta y usaron de bolsa. Por lo que vimos después, todo esto fue comida para el perro, menos los largos intestinos, que se separaron y se ataron para que queden hechos un boyo compacto. El hombre colocó una botella de plástico como para abrir el agujero en la panza de la cabra y se ventile mientras los demás trabajaban con los órganos y separaban los desechos.

Cuando estuvo todo listo, la cabrita muerta fue el acompañante que faltaba en la caja de la camioneta, junto a los bidones de kumis. Ahora si estábamos listos para partir, casi dos horas después de que nos levantara.

La “ruta” eras apenas huellas de ruedas en la tierra pedregosa, que se bifurcaban y se cruzaban con otras huellas, imposible transitarlas y no perderse; sólo los locales andan por allí. Por momentos el camino se hacía más ancho y claro, y se veían algunos camiones y yurtas solitarias en medio de la estepa amarillenta, árida, con montañas rocosas de fondo.

El conductor manejaba de forma bestial, sacudiendo la camioneta de un lado a otro, agarrando subidas y bajadas a gran velocidad (alta velocidad para esa ruta, aunque no creo que hayamos superado los 80 k/h). Como era de esperarse, pinchamos una rueda. Una parada más en la travesía que además incluyó recurrentes detenciones para liberar el gas de los bidones de kumis, que se iba mezclando automáticamente con las sacudidas de la camioneta (el más pequeño -por suerte-, explotó en el interior, salpicándonos con esa leche ácida que mancha y deja su rastro indeleble).

El atardecer regaló los colores habituales, con tonos adormecedores, aunque era imposible intentar conciliar el sueño. Los anfitriones nos ofrecieron más “arod” y trozos de carne de cabra asada y fría que llevaban en una bolsa y que deglutimos en segundos, pelando los huesos.

Cuando se hizo de noche, paramos junto a un grupo de camioneros y se armó un picnic entre todos. Compartieron sus alimentos mientras por el este aparecía una luna enorme y anaranjada, que fue subiendo y aclarándose.

Cerca de las 11 de la noche, finalmente llegamos a la casa de la madre del chofer en los suburbios de Mandalgobi. Eran 3 yurtas dentro de un terreno delimitado con un cerco de madera, con una letrina compartida, y con un perro rabioso atado cerca de ella.

Nos dejaron acampar allí y jugamos con los muchos niños de esas yurtas y las vecinas, ante la mirada de cuatro generaciones de una familia mongola.

Fueron doscientos kilómetros de realidad pura, vivencias impagables, acercamiento a lo profundo y a la vez mundano. Quizá hubiésemos tardado menos si íbamos a Ulán Bator y de allí nos subíamos a un micro, pero no hubiésemos visto todo lo que vimos, la Mongolia de la mayoría, la Mongolia del interior, la Mongolia que se conserva, imperturbable y encantadora.

 

Ver la “Parte 2- Rumbo sur”.

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Una respuesta a “A dedo por Mongolia (Parte 1 – Travesía con los nómades)

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