Kharkhorin, la antigua capital del imperio mongol

Hoy es apenas un pueblo de menos de 9 mil habitantes que parece en vías de extinción, parsimonioso durante el día, terriblemente oscuro durante la noche. Subsiste por el turismo, atraído por el templo budista “Erdene Zuu”, y por el moderno museo construido en 2010 tras los increíbles hallazgos arqueológicos de los restos de la que fue la gran capital del imperio mongol. Hay algunos parques nacionales cercanos que también son un imán para los extranjeros en busca de escenarios naturales.

Una gran fábrica de harina que construyeron los checos durante la era soviética, hoy abandonada en medio del pueblo, marca un pasado más activo de la mano de la industrialización, y un presente más abocado a los servicios. Todo un símbolo del cambio de época en el país.

Kharkhorin (o Jarjorín), tuvo un pasado esplendoroso allá por 1251, durante el reinado de “Munkh Kan”, uno de los sucesores del legendario Gengis Kan, y antecesor de su nieto, Khubilai Kan. La ciudad fue construida por orden de Gengis, que decretó -en 1220- establecer en este lugar estratégico (el centro geográfico de la actual Mongolia) la capital de su gigantesco imperio, que pese a ser nómade y conquistador, necesitaba tener un lugar permanente de enlace comercial entre el este y el oeste.

Su tercer hijo, Ugudei, que fue “Kan” (ese era el “título” de los líderes absolutos del imperio) entre 1229 y 1241, tras la muerte de Gengis, fue quien construyó la ciudad, que se convirtió en una metrópoli de unos 15 mil habitantes que venían de diferentes sectores del planeta, y tenía en su interior amurallado varios templos budistas, una iglesia cristiana y una mezquita, lo que demuestra los diferentes credos al interior del vasto imperio que abarcó una extensión inconmensurable.

El territorio inabarcable del imperio fue manejado a través de distintos gobiernos (Gengis dividió el imperio en tres, y adjudicó a sus tres hijos el gobierno de cada región) que se comunicaban con un sistema de correo a caballo con postas y “embajadores”; un sistema inédito hasta el momento, que puede considerarse como antecedente de la actual diplomacia mundial.

El mencionado Munkh Kan -filósofo, matemático, astrónomo y conocedor de 5 idiomas- que gobernó entre 1251 y 1258, fue quien más esfuerzos puso para el crecimiento de Kharkhorin, que fue descripta por varios viajeros como la ciudad más lujosa de Asia en su época. En 1271 la capital se mudó a la actual Beijing (durante el kanato de Khubilai, nieto de Gengis) y empezó su decadencia, que culminó con la total destrucción de la urbe en 1380, cuando los soldados de la dinastía Min de China, destruyeron todo en su invasión y su conquista de Mongolia.

Los hallazgos arqueológicos son tan recientes (las expediciones fueron realizadas por equipos de científicos alemanes y mongoles a principios del siglo XXI), que aún hay miles de zonas por explorar para seguir conociendo cuan esplendoroso fue el pasado de estos suelos que hoy sólo muestran un pueblo cansino y desteñido.

Las montañas de mediana altitud (cerca de los 2 mil metros) circundan el caserío y el río Orjón permite la vida de los pastores que se diseminan por el inmensa estepa que parece no tener fin, con su verde suelo que desde lejos parece totalmente plano, pero a la hora de caminarlo es irregular y un tanto pedregoso.

Los que no viven del turismo en la actual Kharkhorin, viven del campo, de la leche de yegua, los productos lácteos obtenidos de la leche de vaca (hay infinidad de variantes de “arods”, una especie de ricota un tanto más sólida a la que le dan distintas formas y le agregan distintos ingredientes para darle sabores diferentes), y de la carne de oveja y cabra.

Pude compartir unas noches con una familia que vive unos 40 kilómetros al norte de la ciudad durante el verano, cerca del río Orjón, y en invierno se mudan con su “ger” (esas carpas tan particulares de las que le hablé en el post anterior) y sus animales hacia el sur de Kharkhorin, a las templadas zonas montañosas.

Viven rodeados de campo, sin ningún tipo de delimitación, aprovechando todos los recursos que provee la naturaleza, produciendo alimentos para la ciudad. Sus animales se mueven por el inmenso terreno -que no tiene dueños más que los animales- con soltura y total libertad. Los caballos, las vacas, las ovejas, las cabras, todos conviviendo de manera pacífica, cada grupo con sus rutinas de caminatas y recorridos por distintos sectores del despoblado e interminable territorio.

Los pastores sólo agrupan las vacas y los terneros por la mañana y al atardecer, los dos momentos de ordeñe, y a las yeguas y a los potrillos cerca del mediodía, ya que pasadas las 14 es el primer ordeñe y luego, cada dos horas aproximadamente, repiten el proceso (las ordeñan tres veces al día).

Los hornos a leña del interior de las yurtas están prendidos prácticamente todo el día hirviendo la leche de vaca (para venderla pura o para producir los alimentos), y la leche de yegua se deposita en unos bidones enormes que se revuelven para acelerar el proceso de fermentación. Esa bebida es la que ofrecen a cada visitante que llega a las casas de los nómadas; es una tradición que se mantiene intacta, un ritual para mostrar la hospitalidad y el respeto al visitante.

La vida allí está llena de rituales y supersticiones. El budismo se mezcla con las creencias chamánicas dando forma a una cosmovisión muy particular, donde se prohíben determinados movimientos y comportamientos por temor a la mala suerte.

Allí en el campo no hay baños, ni enchufes. La energía solar recarga baterías para hacer funcionar televisores que captan señales satelitales, y son el entretenimiento de cada noche. La vida social entre los nómadas que habitan circunstancialmente lugares cercanos es intensa, se reúnen con frecuencia para hacer más llevadera la monótona y trabajosa vida en el campo.

La armonía con la naturaleza parece más inconsciente que razonada. La basura se quema y nada se recicla. Sí se aprovechan todos los recursos y se utiliza todo lo que provee el ambiente, desde la mencionada leche, hasta la inflamable bosta de las vacas que sirve para encender los hornos.

La comida obviamente es a base de los lácteos, que se combinan con la carne y los vegetales traídos de las ciudades, ya que no se siembra los suelos en absoluto en estas zonas de cría de animales, donde los cientos de kilómetros de estepa, están repletos de excremento de las distintas especies.

Es una vida dura como toda la vida campesina, abocada al trabajo y guionada por los ritmos de los animales, que marcan cuando es la hora de levantarse, cuando es la hora de descanso y cuando es la hora de comer, según sus ritmos y necesidades, que los pastores deben respetar para mantenerse ellos mismos con vida.

Es una vida un tanto salvaje y primitiva (traten de no guiarse por las connotaciones negativas de estos términos que históricamente tenemos incorporadas desde pequeños en nuestras mentes). Es difícil determinar si aquellas personas eligen estar allí o tan sólo se someten a las tradiciones y al lugar en el que les tocó vivir. Lo único que puedo decirles por las impresiones y percepciones visuales (la comunicación es imposible, los adultos apenas hablan unas palabras en ruso además del mongol), es que se los veía felices, sonrientes, aunque por momentos los rostros se desfiguraban por el cansancio y el rutinario ritmo cotidiano.

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