Impresiones preliminares sobre Mongolia (fotos de Ulán Bator)

Tras caminar más de una semana por los distintos barrios de la capital del país, ya se pueden ver algunas cicatrices de la historia, y sobre todo, lo complejo que se resulta el presente de Mongolia.

Ulán Bator es una ciudad deslucida, fea a la vista, esparcida entre montañas, a donde llegan miles de las familias que comienzan a aglutinarse en torno al principal centro urbano de este país escasamente poblado (Mongolia tiene la densidad de población más baja del planeta), con apenas 3 millones de habitantes. Por lo menos un tercio vive en la capital, que muestra rasgos irrefutables de colapso, con caos de tránsito a diario, medios de transporte públicos (no hay metro ni nada que se le asemeje) rebalsados, y la basura que empieza a ser un problema grave. La ciudad estaba planificada para medio millón de personas, y hoy viven por lo menos un millón.

En los suburbios las calles son de tierra. Los barrios más humildes van escalando las montañas, desde donde se ven los monumentales edificios del centro, de estilo moderno, opulentos, totalmente fuera del contexto de la mayoría, que vive en las tradicionales “yurtas” o “gers” que usaban las familias nómadas desde el establecimiento del primer imperio de Asia central, denominado “Xiangnu” (209 a.C.).

Esas humildes viviendas que eligen muchos mongoles, son carpas circulares, con leves inclinaciones onduladas en los techos. Están sostenidas con una estructura de palos de madera entrecruzados, y recubiertas con pieles de oveja y lomas impermeables a la lluvia. En el centro del techo, que se tapa y se destapa con otra loma, hay un orificio redondo que sirve de ventilación y es el lugar por donde sale la chimenea de los hornos a carbón y leña, que se ubican siempre en el centro del habitáculo. Dicho círculo -llamado “el pecho” de la yurta-, por donde respiran estas casas móviles, es sostenido por dos columnas y de allí parten las delgadas y livianas varillas de madera que ofician de “cielo raso”, que se despliegan hacia los extremos de la casa. El piso también es de madera por lo general, pero de otro tipo; son tablas más anchas y lisas que buscan equilibrar los desniveles del suelo rocoso.

Es un espacio de unos 5 o 6 metros de diámetro, donde viven familias enteras, que han incorporado tecnologías gracias a la llegada de la electricidad (heladeras, televisores, teléfono, etc.). En las ciudades han tendido eléctrico, pero en los zonas rurales se usan paneles solares que cargan baterías. Es la opción más económica para las familias. Los precios varían entre los 500 mil y el millón y medio de Tugriks (200 y 600 dólares), y la tierra -por ley-, es asignada a toda persona mayor de edad; sólo debe elegir un terreno vacío, y hacer la escritura de su porción de suelo.

En algunos distritos se prohibió la cría de animales, la profesión tradicional y más antigua de los mongoles, por lo que muchas familias tuvieron que modificar sus economías domésticas a cambio de vivir en la gran ciudad. Otros eligieron irse unos kilómetros más allá, donde la estepa mongola luce más natural y pura, sin la intoxicación -creciente- de los imperios de occidente, que ya desplegaron sus tentáculos de manera sorprendente (¡Sí! “Despacito” también se escucha por todos lados en la capital de Mongolia, y por supuesto se puede degustar el pollo frito de KFC).

Desde la caída del muro de Berlín, Mongolia es un país “democrático”. En gran parte del siglo XX fue una de las repúblicas dentro de la Unión Soviética, por lo que gozó de las bondades de la educación y la tierra para todos, y sufrió las atrocidades del estalinismo. Antes de la etapa soviética tuvo su etapa de monarquía, y también estuvo bajo el yugo del imperio de Manchú (Chino), tras la caída de los herederos de Gengis Kan. Durante los siglos XIII y XIV, el imperio mongol llegó a ser el más grande del mundo, dirigido por el legendario “Temuyín” (el mencionado Gengis Kan), el líder de este Estado guerrero y sanguinario, que abarcó a la mitad de la población mundial en su momento de máximo apogeo.

Una historia convulsionada que derivó -como en muchos países asiáticos-, en una economía de mercado que desembarcó de manera alocada, trastornando todos los aspectos de la vida cotidiana.

Pero el pueblo mongol es sumamente tradicionalista y aún no está totalmente desfigurado por el mercado. Apenas unos kilómetros a las afueras de la ciudad se pueden encontrar familias que viven su vida con la misma concepción del primer imperio mongol, en armonía con la naturaleza, viviendo por y para los animales, de los que obtienen todo lo necesario para vivir, y con todas sus creencias vinculadas al budismo y a la superstición.

Los caballos son el emblema de Mongolia, el símbolo del ejército conquistador de Gengis Kan, y de donde obtienen su comida. La carne y la leche de caballo son de los alimentos más tradicionales de este país, cuyos índices de ingesta de carne (de todo tipo) debe estar entre los primeros del mundo. Por los verdes campos también se ven vacas y ovejas, de las que se obtienen muchos recursos para la vida diaria, sobre todo el abrigo para los crudos inviernos, momentos en que los nómadas buscan refugio en la “taiga” (zonas boscosas) o en las montañas. Los calurosos veranos los llevan hacia los valles, cerca de los ríos.

La economía del país parece pujante, con la minería como principal industria, y también una de las principales razones por las cuales el nomadismo está decreciendo (las empresas mineras ocupan espacios donde los pastores ya no pueden ir). La otra razón de este decrecimiento es la obvia tentación de los jóvenes, que ven más atractiva la vida urbana.

Como suele ocurrir en los países periféricos, los millonarios ingresos obtenidos por las ricas materias primas, no se traducen en buenos salarios. El ingreso promedio no supera los 300 dólares, por lo que la mayoría tiene graves problemas para subsistir, aunque los precios de alimentos en general son bajos (no así las frutas). Un plato de comida en un restaurante popular no supera los 3 dólares y combinan sopas de verduras, arroz y algún tipo de carne.

Entender el mongol es más complejo que el ruso; a los oídos suena similar al chino pero usan el alfabeto cirílico desde la época soviética, aunque comparten muy pocas palabras con sus vecinos del norte. Hoy se está intentando recobrar el mongol antiguo, de escritura vertical.

La gente es hospitalaria, ofrecen leche de vaca fresca al visitante en el campo; en las ciudades el trato es distinto, pero este rasgo cultural-tradicional de cálida recepción al visitante se mantiene. La seguridad no parece ser un problema, más allá de algún arrebato en los colectivos, y los borrachos que pueden ponerse agresivos (el alcoholismo es un problema serio; la leche de yegua fermentada que es muy económica -un litro por mil tugriks, menos de medio dólar- y el vodka están haciendo estragos).

Otras dos particularidades con las que uno se encuentra en Mongolia es que no se usan monedas, sólo billetes, y todos los autos pueden convertirse en taxis ocasionales. La gente extiende el brazo en la calle y cualquier coche puede detenerse y arreglar un viaje con esa persona a cambio de una suma de dinero que también se negocia en el momento.

Esto es apenas un apresurado resumen de Ulán Bator, la capital de un país cada vez más turístico, donde no sólo llegan mochileros haciendo el tradicional viaje “transmongoliano” (el camino en tren que inicia su recorrido en Moscú, pasa por Mongolia y termina en Beijing, China), sino que cada vez se acercan más turistas con recursos como para conocer los atractivos naturales, entre los que se destaca el gigantesco desierto de Gobi, la zona sur del país, totalmente despoblada de humanos, con paisajes únicos en el mundo.

Acá les dejo fotos de Ulán Bator y alrededores:

 

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