Barnaúl, una ciudad sin “nada para ver”

Las vicisitudes de los viajes a veces te llevan a lugares con los que uno nunca soñó ni fantaseó. Barnaúl ni quiera estaba de paso en la ruta transiberiana planificada, y no tenía ningún tipo de referencia sobre qué hacer allí. Pero el destino jugó sus cartas y allí estaba, en esa ciudad sobre la que muchas personas me dijeron que no había “nada para ver”.

No hay atractivos turísticos considerables ni riquezas naturales, es verdad. Barnaúl es como decimos en Argentina, “un pueblo grande”, que queda a mitad de camino entre Novosibirsk -la “capital” de Siberia (la tercera ciudad en cuanto a población de toda Rusia)-, y las montañas Altai, con toda su belleza y misticismo, con sus ríos de agua transparente y su abundante vegetación silvestre.

Pero allí estaba Barnaúl, sin nada que ofrecer. Pero cuando uno afina el ojo, escapa de los lugares comunes y se inmiscuye en los rincones de lo cotidiano, descubre mucho más sobre la realidad del país que cuando visita los destinos tradicionales.

En Barnaúl están presentes de manera muy visible las marcas de la historia de Rusia, desde el período zarista con las casas de madera, ya ladeadas por el paso del tiempo, que servían de vivienda a los pobladores que se acercaban a está región para emplearse en la importante industria minera; pasando por la etapa soviética, que dejó sus chimeneas grises y sus fábricas de maquinaria pesada, que otrora empujaron la economía de la ciudad, y hoy, tras el periodo de privatizaciones, en su mayoría son meros decorados lúgubres.

El río Obi le da algo de color a la escenografía abarrotada de monótonos monoblocks de la era de Nikita Kruschev -pos muerte de Stalin- cuando se lanzó un gigantesco plan de viviendas cuya arquitectura tenía un modelo único híper funcional y básico, y totalmente deslucido: edificios cuadrados de 5 pisos con espacios comunes con juegos para niños y bancos de madera para que los ancianos se sienten a ver pasar sus últimos días.

Como en todas las ciudades está la estatua de Lenin y los mausoleos de la “Gran guerra patria”, como se conoce a la segunda guerra mundial, cuando los rusos frenaron al nazismo alemán (en este lado del mundo la historia “oficial” habla del rol victorioso de la URSS para vencer a Hitler, y una participación secundaria de EE.UU. en la contienda bélica que se cobró la vida de millones de rusos).

Pero también está el presente en Barnaúl. El hipermercado Auchan, de la multinacional francesa, deslumbra en los suburbios de la apocada y lenta ciudad. Allí están las luces y los espejismos de la era moderna, pos soviética, la era del libre mercado, que muestra toda su opulencia ante ese pasado gris y deslucido. Un contraste tan grande como desconcertante.

La vigilancia allí es máxima. Los oficiales miran con gesto adusto a todos los que se acercan a adquirir una minúscula porción de la exorbitante oferta de productos. Las “fuerzas de seguridad” (o fuerzas represivas del Estado burgués si lo desean) que deberían estar protegiendo a los ciudadanos, están resguardando con recelo la propiedad y las mercancías de las multinacionales, y eso es algo “normal” en la Rusia de hoy, como en todo occidente y en gran parte del mundo.

La cantidad y diversidad de productos no caben en la imaginación, dan la sensación de libertad, esa ficticia libertad de acceder a todo aquello, que esconde los modos de producción de todas esas mercancías, y el perverso juego del dinero.

Pero todo aquello, muy visible para quien tenga los ojos bien abiertos, es apenas la cáscara de los que pasa en la ciudad. También están las personas. Cuando no hay “nada para ver”, hay mucho para conversar a pesar de los límites del idioma.

Conversando con Ana, la dueña de un hostal del centro, me explicó los posibles motivos de la problemática de las madres solteras en Rusia, algo cada vez más habitual; una moscovita me contó sobre los poderes esotéricos de las montañas Altai, territorio de chamanes con fuerzas supra-terrenales que ella vino a visitar; una estudiante de márketing me habló del destrato del Gobierno a esta zona del país, la Siberia empobrecida y con salarios tan bajos que imposibilitan la adquisición de una vivienda, un problema “nuevo” para los rusos, que durante la etapa soviética accedían fácilmente a un departamento y no conocían lo que era una hipoteca; un luchador de “Jiu jitsu”, que vestía la remera de River que le había obsequiado un amigo que estuvo por Argentina (la primera camiseta de un club argentina que me cruzo en 50 días en Rusia), me hizo escuchar una canción muy popular en Rusia que habla de la victoria de la selección frente a Jamaica en el mundial de 1998 -la abultada victoria por 5 a 0 inspiró esta canción irónica y humorística que se “lamenta” por el dolor de los jamaiquinos ante cada gol de Argentina.

En medio de una ciudad sin nada para ver, me llene de información para tratar de entender.

 

Acá les comparto la canción sobre Argentina-Jamaica del 98, de las pocas cosas que se les viene a la cabeza a muchos rusos cuando les digo de donde soy:

 

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