La entrada a Siberia

Ekaterimburgo se encuentra situada al este de los Urales, por lo tanto, ya se la considera parte de la Rusa asiática, o sea, lo que se conoce como “Siberia”, una enorme porción de territorio cuyo porcentaje mayoritario está despoblado. Pero cerca de los países vecinos (Kazajistán, Mongolia y China), hay varios conglomerados urbanos que se fundaron en épocas de la rusa zarista,  en el siglo XVIII y XIX mayoritariamente. Aunque antes incluso hubo incursiones del imperio a través de los guerreros cosacos –de los que ya les hablé en otro post– que se establecieron a partir del siglo XVI en Siberia para frenar los avances de las tribus nómadas siberianas, entre ellas, los mongoles.

En un primer momento estas ciudades no eran más que colonias penitenciarias. Es curioso que los mismos rusos hablaban de “colonias” en su propio país, ya que Siberia era algo tan alejado e inhóspito, que no se lo consideraba parte de Rusia. Lo que se hacía básicamente era enviar presos y obligarlos a radicarse en estos suelos siberianos de muy difícil acceso y con condiciones ambientales adversas, con temperaturas extremas en invierno que dificultaban cualquier tipo de actividad agrícola.

La primera ciudad que me topé en la parte “siberiana” de la ruta “transiberiana” fue Ekaterimburgo, que está cortada por el río Iset, y es relativamente famosa por ser el lugar donde el último zar de Rusia, Nicolás II, y toda su familia, fueron asesinados en 1918, unos meses después de la Revolución de Octubre. Hoy, una Iglesia ortodoxa imponente (denominada “Iglesia sobre la sangre”), con un museo en su interior, lo recuerda y lo “santifica”. La gente se acerca a rezar frente a los íconos que lo retratan a él y a sus hijos, asesinados por un comando de bolcheviques radicalizados. Es un lugar emblemático de la nueva era en la Rusia pos soviética. Donde antes se masacraba a la realeza, hoy se la beatifica. No hay grises. Extremos que grafican la ciclotimia de los rusos y de su clima.

La ciudad en sí no tiene mayores atractivos que recorrer su río y pasear por las calles céntricas, que como en toda ciudad, están decoradas con arreglos florales en verano y cuentan con prolijos parques.

Un escenario totalmente distinto al que se encuentra en los suburbios, con fábricas enormes y sus chimeneas que se elevan monstruosamente, escupiendo sus desechos al aire, llenando la atmósfera y el ambiente de algo horrible para todos los sentidos. Por allí nadie camina, todo es gris. Siempre hay basurales y desarmaderos cerca. Los edificios construidos en la etapa soviética son cuadrados, sin ningún decorado, y las ventanas rotas nunca se arreglarán. Nadie repara en la belleza, en ninguno de sus aspectos. Un escenario entre deprimente y terrorífico que muestra parte de la historia del país.

Tanto Ekaterimburgo como Omsk -la otra ciudad que cruce en mis primeros pasos por Siberia- se convirtieron en polos industriales a partir de la década del 20. Se radicaron allí las fábricas para que estén lejos del frente de batalla de las guerras mundiales. Industria pesada en su mayoría, y también militar, dos estandartes de la Unión Soviética y su carrera armamentística contra Estados Unidos, en esos años en los que el mundo alcanzó niveles de delirio inusitados.

En Omsk -que también cuenta con un polo petroquímico importante- no se encuentra mucho más que lo ya descripto. Me acerqué allí para rastrear el paso de uno de los escritores más extraordinarios de Rusia, Fiódor Dostoyevski, que estuvo preso en una cárcel de Omsk durante cuatro años, lo que dio origen a su libro “La Casa de los muertos”, unos relatos casi autobiográficos de sus días detrás de las rejas, contando detalles de los trabajos forzados destinados a sofocar la existencia de los presos y pintando la dinámica del presidio con todos sus personajes eclécticos, de psicologías trastornadas.

Dostoyevski fue acusado de conspirar contra el Zar Nicolás I en 1849 (sólo formaba parte de un grupo de intelectuales llamado “Círculo Petrashevski”, que pugnaba por mayores libertades individuales pero lejos estaba de ser un foco revolucionario). En un principio había sido condenado a muerte, pero minutos antes de que le dispararan su pena fue conmutada por cuatro años de cárcel y otros cinco de servicio militar. Hoy se recuerda su triste pero inspirador paso por Omsk con un museo donde funcionaba la comandancia de la cárcel. De la prisión -que era un barracón de madera con varios pabellones- sólo queda una porción diminuta de suelo de ladrillos donde se ha puesto una placa conmemorativa de esos años en los que Rusia creía que a los delincuentes había que enviarlos a estos lugares -otrora inhóspitos-, y hacerlos trabajar hasta el hartazgo, o hasta la muerte.

Más allá de este atractivo, Omsk no cuenta con mayores “luces”. Son de esas ciudad que sólo los viajeros podemos disfrutar. Turistas no encontraran nada para entretener sus ojos más que el río Irtish, pero son lugares que simbolizan muchas cosas y son sumamente representativos de la historia. Su gente es cálida y siempre da la bienvenida y te invita a comer un “shashlik”, los asados de los rusos, que disfrutan de su tiempo de ocio en torno a un fuego y a una botella de vodka en las riveras de los ríos que le dan aire a esos polos industriales deslucidos y fascinantes a la vez.

 

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