Kazán, la ciudad de los tártaros musulmanes (con fotos)

A menos de 900 kilómetros al este de Moscú, hay otra república dentro de la Federación Rusa. Tiene su propia historia, su propia bandera, su propia lengua, y su propia religión. Tiene poco que ver con Moscú, pero ambas ciudades son de las más pujantes del país hoy en día.

Siguiendo a la capital y a San Petersburgo, la tercera ciudad en importancia (económica) dentro de Rusia es Kazán, antigua capital de la República de Tartaristán. Hacia allí se están redirigiendo los flujos de capitales -financieros en su mayoría- que empezaron a llegar al país tras la caída del muro. Es una metrópoli ordenada, moderna, pujante, rica, ostentosa, todos esos rasgos de los nuevos centros financieros mundiales.

Cuesta encontrar rastros de aquella ciudad tártara surgida hace más de mil años, cuando grupos de búlgaros nómadas se asentaron en estos suelos a orillas del río Volga, el cuarto más largo de Rusia.

Los “Búlgaros del Volga”, como se llamó a aquellos primeros habitantes de estos suelos, tuvieron una trágica historia, y hasta se les negó su denominación originaria, cambiándola por la de “Tartaristán”, y su gentilicio: “tártaros”, una forma despectiva de llamar a los habitantes de estos suelos que impusieron los rusos en su conquista de 1552 a cargo del famoso Zar Iván “el Terrible”, que masacró millares de tártaros, y a los que quedaron con vida, se los excluyó de la ciudad.

Antes de la “conquista” rusa, los “Búlgaros del Volga” también sufrieron las incursiones de turcos y mongoles. La llegada de los turcos trajo consigo el Islám (aunque hay quienes creen que los primeros búlgaros ya trajeron consigo la palabra de profeta Mahoma), hoy religión mayoritaria de los tártaros, que conviven en total armonía con los cristianos ortodoxos que se asentaron en estas tierras con la llegada del imperio ruso.

El paso de los mongoles fue especialmente sanguinario. Gengis Kan arrasó con todos los mayores de edad allá por el año 1206. Cuenta la leyenda que sólo dejó vivir a los pequeños cuya estatura no superara el tamaño de una rueda. Esta mordacidad sanguinaria tenía orígenes en el asesinato del padre de Gengis Kan por parte de los tártaros, herida que cicatrizó con un genocidio.

Hoy la ciudad está dividida casi en un 50% de tártaros (muchos no se reconocen como rusos), y 50% de rusos. El idioma tártaro sólo se habla en las viejas ciudades aledañas. Los jóvenes lo hablan con sus abuelos, pero poco a poco se irá extinguiendo.

Esta mezcla histórica de imperios que se cruzaron y enfrentaron a orillas del Volga (el lugar era muy preciado en la ruta hacia Siberia y por su posición cerca del río), dejó su clara huella en los rostros de las personas. Hay más morochos, rasgos mongoles con ojos achinados, labios más carnosos, y los rubios de ojos claros de toda ciudad rusa. Hasta Kazán también llegaron varios negros, que parecen de origen africano, y también hay bastantes latinos, sobre todo venezolanos, que vienen a capacitarse como pilotos de avión y de helicóptero. Las fiestas latinas con bailes de salsa de por medio, suelen acontecer los fines de semana en “Cuba Libre”, un bar ubicado en la calle Bauman, una de las peatonales más lujosas y emblemáticas del centro de la ciudad junto a “Petersburskaya”, que fue construida emulando la calle principal de San Petersburgo, con su río Neva en forma de adoquines.

El Islám y el Cristianisno conviven hasta arquitectónicamente. El Kremlin de Kazán tiene la particularidad de tener en su interior una iglesia ortodoxa con todo su reluciente oro, y una moderna mezquita de torres elevadas y adornos azulados.

La ciudad ha experimentado un notable crecimiento en los últimos 20 años. Barrios de edificios de viviendas modernos (con los típicos rasgos de las urbes del siglo XXI), anchas avenidas que evitan las aglomeraciones de tránsito, la primera línea de Metro (construida el 2005 al cumplirse los mil años de la ciudad), centros comerciales gigantescos con edificaciones posmodernas… todo reluce y brilla en el centro de Kazán.

La vida es mucho más tranquila que en Moscú, como así también son más bajos los precios y los salarios.

Al caminar por la ciudad cuesta encontrar rasgos del pasado lejano, pero si se aprecia el paso de la Unión Soviética, que enmarcó los suburbios de la ciudad con esos edificios de viviendas cuadrados y grises, que hoy son quizá lo peor conservado de Kazán, con esos patios comunales dejados y desprolijos, donde juegan los niños, donde los ancianos se reúnen para jugar a las cartas o al dominó, y donde las ancianas gastan sus lenguas hablando de sus vidas.

Caminar en las calurosas tardes de verano por la rivera del río Kazanka que se extiende frente al Kremlin, o por las cercanías del inmenso Volga, con su anchura inconmensurable, son brisas de aire fresco muy placenteras. Hay extensas playas para reposar y costaneras muy coquetas y floreadas (el gusto por las flores en Rusia es notable, tras el duro invierno, en el verano se ven coloridos arreglos florales por doquier).

A simple vista todo se ve funcionando a la perfección y la vida transcurre en total armonía. Pero como en toda ciudad “pujante”, el grueso de la población económicamente activa, la enorme masa de clase media, debe someterse a jornadas laborales agobiantes que dejan escaso margen al disfrute. De disfrute si podrán hablar los nuevos ricos rusos, los que se enriquecieron escandalosamente las últimas dos décadas, esos de los que hay muchos en Kazán.

Puertas adentro, en las charlas con los locales, se trasluce un descontento con la atmósfera social de fuerte raigambre patriarcal. El quedirán agobia a madres solteras y a jóvenes que aún no están casadas. El “retorno” a la religión tras la prohibición durante la URSS, trae aparejado el reverdecer del tradicionalismo más retrógrado que constriñe las existencias.

Siempre en toda ciudad, lejos de las luces del centro, se encuentra lo cotidiano y el día a día de la mayoría. Basta con caminar por las zonas aledañas del mercado central para ver el devenir de una parte de la ciudad que parece extrapolada del mundo árabe, con sus mezquitas, sus mujeres cubiertas por velos, los comercios callejeros, y el atisbo de desorden característico de los musulmanes.

Si bien como toda ciudad tiene sus distintas caras, Kazán casi nunca pierde su halo de opulencia y modernismo. Los múltiples eventos deportivos y congresos que alberga (Kazán será una de las sedes del Mundial 2018) obligan a las autoridades a poner grandes sumas en la fachada de los edificios y en todo lo relativo al aspecto exterior. Lamentablemente, para acercarse a la cultura tártara, a sus viviendas y a su cotidianeidad, hay que irse fuera de la ciudad, ya que en el centro sólo hay una “ciudad antigua” artificial construida como atractivo turístico.

Es muy fácil manejarse en colectivo ya que se indica cada parada en inglés. El precio del boleto es de 25 rublos, menos de medio dólar. Para comer siempre es mejor cocinar en tu casa, pero hay varias opciones en el centro que te permiten alimentarte muy bien por menos de 3 dólares. En especial un comedor autoservicio que ofrece ensaladas, platos calientes, las clásicas empanadas tártaras, bebidas y dulces de postre. Hay que hacer cola para pasar delante de los mostradores con las bandejas de comida y luego dejar tu bandeja en una ventanilla que da a un lavadero donde 3 mujeres limpian platos y cubiertos.

Sin dudas una parada más que justificada en la ruta a Vladivostock, la ciudad más musulmana de Rusia, la ciudad de los tártaros.

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