Trabajo de campo

La Revolución campesina de 1917 ya quedó atrás. Cien años atrás. Sólo queda el trabajo. El duro trabajo. Ese trabajo del que escapan los jóvenes. Migran en masa a las ciudades. El capitalismo generó un abismo entre el campo y la ciudad, que atrae con sus luces y sus falsas ilusiones.

Ese abismo entre generaciones está llevando a la desaparición a pueblos como Ruzhnoye. Sólo quedan 180 habitantes. Iván y Galina no piensan en ir a Moscú como sus hijos, que hace años ya dejaron su nido. Él es agrónomo y se ocupa de sus tierras y sus chanchos. Ella maestra de alemán.

En el pueblo hay un almacén y apenas dos calles de asfalto que ya muestra claros signos de agotamiento. La escuela queda a 3 kilómetros, ya que junta a los pequeños de tres pueblos que en total suman 50 alumnos. Las épocas doradas de Ruzhnoye, en los que la escuela tenía 300 alumnos, sólo quedan en el recuerdo de sus maestras.

Las casas son de madera, al estilo tradicional ruso. Hay muchas abandonadas. Los dueños se van muriendo y ya nadie se ocupa de ellas porque no valen nada.

La vida transcurre en total armonía, sin policías. El Estado no está presente en ninguna de sus rapaces formas. Apenas hay luz y agua. La TV y el internet llegan por satélite, como la telefonía móvil. Hay que ir hasta Karachev -la ciudad más cercana- para hacer trámites. Para el Estado ese pueblo tampoco vale nada. Sus habitantes viven con lo que les da el suelo y con ayudas que llegan de las urbes. Sin policía ni Estado, suena a paraíso.

Pero el suelo exige mucho. Y más todavía en invierno, con temperaturas que pueden llegar a los 40 bajo cero. En el verano los campos multicolores dibujan un lugar de ensueño en la tierra. El contrastre con los grises establos y el barroso chiquero de los chanchos muestra las dos caras de la ciclotímica existencia. Por momentos las aves y los verdes campos regalan un show natural en medio de un silencio de paz. Pero las exigencias dejan poco lugar al disfrute.

Cortar el pasto, labrar la tierra, regar, alimentar a los animales día y noche, arreglar los refugios, mantener la casa, recolectar los frutos de la tierra, etc., etc., etc. De sol a sol, y eso en verano implica casi 20 horas, ya que amanece a las 3.30 y oscurece a las 22.

Es entendible la migración masiva. Los rostros de los ancianos son pergaminos. Las arrugas cruzan todo el rostro, desde los ojos a las mandíbulas, como caminos que habrán surcado esas vidas y hoy están allí plasmados. La monotonía agobia. La precariedad desgasta. La impasibilidad impera. Todo se reduce al trabajo para comer. La falta de algo más -cualquier cosa, algo, un estímulo, una motivación, algo…- apoca.

Pero Iván y Galina parecen felices, siempre con buen ánimo, derrochando hospitalidad y generosidad. Son de allí y allí morirán. Trabajan en la reparación de la casa de los padres de Iván, la número “1” del pueblo, la primera que se ve luego del cartel que indica que allí hay un pueblo. Y también mantienen su granja, que da vida y les da vida. Algunos chanchos los venden, pero la gran parte de todo lo que producen (vegetales de todo tipo, huevos, pollos, chanchos y miel) es para consumo personal o para compartir con familiares y amigos. También es importante acopiar para pasar el invierno, cuando la nieve lo cubre todo.

¿Qué se les puede hablar a ellos de la Revolución? Sus ancestros trabajaban como trabajan ahora. Nada cambio. Creen que fue algo que ocurrió en otra escala, donde se dirimieron fuerzas e intereses que a ellos ni los rozaban. Aunque si fueron rozados. La gente del campo tiene estudios superiores, y los pueblos tenían vida durante la URSS. Pero los jóvenes se quedaban a la fuerza, sus libertades estaban restringidas. Con la Perestroika todo cambió; pero nuevamente, nada cambió. ¿Ahora todo está mejor con el ingreso de Rusia al mercado mundial? Ellos tienen las respuesta. En las casas abandonadas está la respuesta. En los rostros fatigados también está la respuesta.

Ruzhnoye, Rusia. Julio 2017.

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