Fantasmas parisinos

Están por todas partes y a todo hora. Son cientos… miles. No sólo salen de noche. No se esfuerzan en ocultarse, pero nadie -o casi nadie- los ve. No generan temor, más bien apatía. Se los destrata. Y claro, ni no se los ve, no se los trata. Perdieron su humanidad.

Algunos sólo duermen tapados hasta la cabeza a pesar del agradable clima del verano francés. Otros permanecen sentados, con algún vaso de café de McDonald en la mano. Pero no tienen café, tienen alguna moneda que se cae de los bolsillos de la pequeña burguesía.

Están los que se muestran con alguna criatura, esperando piedad o invocando a la culpa, o los que se arrodillan ante la desgracia, ocultando sus rostros. No hablan. Apenas lanzan una suplica que parece otro idioma, el idioma de los fantasmas a los que se les evapora la vida.

Hay de todas las etnias. Ojos azules fogosos miran con locura en su interior. Velos islámicos esconden cabelleras del este. Bigotes hindúes desprolijos decoran rostros amarronados y cansados. Cabellos afro cargan años de mugre.

A veces arman refugios con cartón entre las rejas de algún local comercial sin uso. Otras veces sólo se dejan caer en la vereda, devastados. Algunos leen. Síntoma de que alguna vez fueron humanos. Otros muestran un cartón con alguna frase implorando ayuda. No tienen nada y a nadie.

El Estado benefactor que encegueció los ojos de la periferia mundial no da abasto. Tolera la ilegalidad de los miles de vendedores ambulantes de llaveros con la replica en miniatura de la Torre Eiffel, pero con los fantasmas ya nada puede hacer. Está explota en sus narices la contradicción del sistema que impuso y exportó a todo el mundo, y del que siempre sacó los mejores réditos. Esta reacción instintiva y desesperada de los desposeídos ya no puede contenerse. Están copando las aldeas globales, que ya muestran estos síntomas de saturación. Los “modelos” mundiales son incapaces -dentro de los márgenes del sistema- de resolver estas contradicciones y desigualdades que más bien parecen alentar y proteger.

¿Qué hacen las fuerzas represivas con los fantasmas? Nada. Son fantasmas. Allí están pero no están. De todas formas cumplen un rol. Un rol aleccionador que genera temor, la vedette de la modernidad o la posmodernidad, como quieran llamar a este período en el que el humano se ha abandonado y perdido en su individualidad y en sus metas vinculadas a la materialidad.

Mientras tanto, un anciano moreno se acomoda en el duro banco de madera del Bulevar Lenoir. Las campanadas de una Iglesia despampanante que se ve entre medio de las esquinas de una calle transversal anuncian el mediodía. Lejos está de levantarse, más bien parece acomodarse en una especie de bolsa de dormir como para seguir estirando el sueño lo más posible. Un jovencito pasa delante del fantasma con su smartphone, la nueva religión. Gira la cabeza un instante para ver ese bulto que ocupa toda la extensión del banco. Parece que va a dar vida al fantasma con alguna palabra, con alguna mirada, con algún gesto. Pero no, rápidamente vuelve con su mirada a la pantalla, a ese mundo donde todos somos fantasmas.

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