París, la ciudad de la luz… y las sombras (con fotos)

La ciudad del amor… La ciudad de la luz… y todos los eslóganes posibles pueden caberle a París, a esa París que se muestra al mundo, una París primorosa, majestuosa, un centro histórico y cultural del planeta, una referencia para el mundo entero. La cuna de “grandes” revoluciones y del pensamiento “ilustrado”, “iluminado”, que dio un horizonte a occidente y se esparció por todos los rincones del mapa.

A nivel simbólico, París es quizá una de las capitales más importantes del globo, y así como su historia la impone en un lugar destacado, su presente también muestra muchísimas cosas, de forma más sutil y sin tanta publicidad. La sombra que proyecta la ciudad de la luz es igual de significativa que esa misma luminosidad.

En París uno encuentra todo lo que quiere. De más está hacer referencia a sus puntos turísticos destacados y al centro histórico de la ciudad. Ya habrán visto y leído cientos de fotos y textos al respecto de este museo a cielo abierto.

Lo más interesante está en la diversidad étnico-cultural que alberga esta ciudad. Mujeres chinas bailando en una plaza como si estuvieran en Beijing, negros copando peluquerías del bulevar Strasburg como si fuera un suburbio de Brooklyn, árabes tomando té y fumando shisha como si estuvieran en Marruecos, mujeres con velo islámico, las “mama africa” vestidas con sus ropajes coloridos, hindúes, rumanos, representantes del sudeste asiático, etc, etc, etc.

Un paisaje multicolor que parece ser armónico, de sana convivencia, aunque obviamente la paranoia por posibles atentados siempre está presente tras las horrendas noticias de los últimos tiempos, y los medios alientan los discursos reaccionarios. Los policías vigilan. El ejercito está en la calle ostentado sus armas largas. Cámaras observan todos los movimientos. Siempre suenan sirenas en París.

A ese costado paranoico se le contrapone el intenso movimiento y disfrute del espacio público, sin dudas un espectáculo fascinante. Decenas de miles de personas salen de sus trabajos y comparten momentos de ocio con colegas alrededor de alguna bebida o comida en algún espacio verde, ya sea cerca del río, o en cualquier plaza de la ciudad. El invierno fue duro y ahora se disfruta el verano de manera maravillosa.

Pero a esa imagen colorida también se contrapone otra. Una más oscura, que muchos no ven o no quieren ver. Cientos de personas sin casa buscan algún refugio para pasar las ruidosas noches, cuando las ratas invaden París y toman el poder del territorio. Son de todos los rincones del planeta. Africanos, de Europa del este, de Asia, todos en busca de acercarse al flujo de dinero, para rasguñar algo y subsistir.

El Estado benefactor europeo no da abasto ante esta oleada masiva de personas. Con sólo salir del centro de la ciudad y acercarse a la autopista périphérique que contornea la metrópoli, uno ve otra realidad. Los suburbios dan cobijo en alguna de sus plazas o debajo de alguna autopista a los recién llegados. La policía los vigila, pero no hace nada. Allí está la otra cara de París, la más triste, la que opaca todo lo otro. La que muestra como estas aldeas globales están empezando a saturarse de gente, el modelo “eurocéntrico” está sufriendo un giro inesperado. Años de saqueos de la periferia le están explotando en las manos.

Allí también se ven otros paisajes a nivel urbanístico. Los edificios son modernos. Esa modernidad fea, despersonalizada, como la de toda ciudad, como la de cualquier ciudad. Allí vive esa clase media alta profesional que sí disfruta de todos los beneficios del Estado.

Allí antes estaban las industrias. Hoy, esos viejos molinos, puertos o frigoríficos, son reutilizados como centros comerciales, o directamente como espacios de arte y cultura. Otro fenómeno de la modernidad del que París es un claro ejemplo. La ciudad entera vive de los servicios. No hay fábricas importantes, no se ven chimeneas. La industria migró hacia el interior y hacia el país central de la Unión Europea: Alemania.

Podría hablar de cada esquina de París. En todas se muestra algo. Y algo se esconde. Todas las callecitas son un poema, una postal, con sus bellezas y sus oscuridades. Una metrópoli que conjuga historia y presente. Una ciudad de la que habrá que sacar muchas lecciones, por todos sus logros, y también por todos sus problemas.

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