Beijing, distinta a todas (con fotos)

La capital de China es una de esas ciudades que no resisten paralelismos con ningún otro lugar en los que haya estado. Además de gigantesca e inabarcable para recorrerla en apenas una semana, es uno de esos sitios que deja la sensación de que te quedaron infinidad de cosas por descubrir.

Instalada allí como “capital” desde que el imperio mongol anexó China a su reino, sus varios siglos de historia, con dinastías extranjeras y locales que se la apropiaron, hasta la revolución marxista de 1949, le aportan una unicidad que cuesta encontrar parámetros occidentales para definirla.

Su zona central, a diferencia de lo que puede ocurrir en Europa o América Latina, no está atestada de edificios modernos. Allí se encuentra la plaza principal, Tian’anmen, donde está el museo nacional y el mausoleo de Mao, el líder del movimiento popular que instauró a mediados del siglo XX un gobierno comunista en el gigante asiático tras decenas de siglos de reinos imperiales.

En los alrededores no hay rascacielos, sino que se mantienen como preservación histórica los “hutongs”, como se denomina a los barrios humildes construidos por los mongoles hace más de 400 años, donde viven muchos ancianos y familias con cientos de años de historia, que van heredando las casas de generación en generación.

Allí las calles son angostas, en muchas no pueden circular autos, y a las casas se accede por puertas que conducen a pasillos estrechos que van desembocando en otras puertas que sí son las efectivas entradas a las viviendas. La primera puerta es de acceso público, allí generalmente hay algún distintivo o logo que “habla” un poco de la familia que vive adentro, sobre su trabajo y su “prestigio”; luego para cruzar la segunda puerta ya hay que ser parte de la familia.

En la antigüedad, cuando los matrimonios se arreglaban, las hijas de los amos y señores del hogar no tenían permitido traspasar esa puerta, vivían recluidas hasta que sus padres las “acomodaban”. Lo más curioso eran los parámetros de la belleza en esos años añejos. Cómo los compradores no podían ver a sus futuras esposas, sólo pedían tener referencias del tamaño de sus pies y mientras más pequeños mejor, por lo que desde niñas, a las chinas les vendaban los pies a presión para que no les crezcan. Con pies pequeños no podían salir corriendo de sus esposos que podían tener varias mujeres.

Por esas calles laberínticas de cemento y adoquines andan las bicicletas y las motos eléctricas silenciosas que son las reinas del lugar, ya que no respetan ningún tipo de señal de tránsito y hay que estar muy atentos para no ser atropellados. Los cables de luz parecen telarañas amarradas a postes de madera y a los extremos de las casas precarias, muchas de las cuales están bien conservadas, pero muchas otras parecen desarmaderos de chatarras. Sin dudas que de no ser porque uno sabe que ese es el contexto de la vida cotidiana del pekinés, no entraría a esos barrios en penumbras que por las noches son muy silenciosos y hasta tenebrosos; apenas se escuchan los gargajos de los chinos (sin distinción de género) que están muy habituados a escupir en cualquier sitio.

Por lo general, en la antigüedad (y hasta hoy en día en muchos barrios), todas las casas del “hutong” compartían el baño público, por eso se ven decenas de ellos, cada dos o tres cuadras, algunos inaccesibles por el olor, otros con sus letrinas mejor mantenidas.

Pero claro, allí cerca de la Plaza y la antigua “ciudad prohibida” –un conjunto de palacios donde vivían los antiguos emperadores-, es apenas un rincón de Beijing. Los suburbios son muy distintos, con monoblocks elevados y de arquitecturas básicas, cuadradas y feas, donde vive la mayoría. Pero también están lo sectores modernos, el “centro empresarial” ubicado en las zonas de Sanlitun y Guomao, hacia el lado este de la enorme ciudad.

Allí están los malls donde se encuentran las grandes marcas mundiales y los rascacielos vidriados donde hace sus negocios la floreciente burguesía china, que se pasea por las anchas avenidas con sus Ferraris y sus camionetas Porsche y BMW, vaciando de sentido y contenido todo tipo de discurso que intente justificar o explicar este “socialismo al estilo chino”, y su apertura  y “modernización” de la economía.

El tema de la contaminación es un gran problema de la ciudad (y del país en general). Hay días en los que el índice que mide la cantidad de gases tóxicos que se inhalan es cinco veces superior al recomendado por la OMS. Esos días se siente el olor extraño cuando se respira, la niebla es más densa y el sol no calienta. Muchos andan con barbijos, que ya hay para todos los gustos: algunos con filtros de plástico pequeños en los costados, otros de colores, algunos que parecen de tela, y máscaras extrañas, algunas que se colocan sólo en la nariz. Estas escenas son las que hacen reflexionar hasta donde está llegando la humanidad con su sistema de producción y consumo.

En cuanto a la gente, cuesta encontrar alguno que hable un inglés aceptable. Por suerte el sistema de subtes es formidable (y bastante económico, menos de 50 céntimos de dólar el pasaje promedio), con indicaciones precisas en todas las estaciones, mapas traducidos, y una frecuencia fenomenal que impide que haya aglomeraciones en una megalópoli de esta envergadura (ya se habla de 30 millones de habitantes), donde siempre se encuentra gente, a donde quiera que vayas.

Hay que tener cuidado en las zonas turísticas con aquellos que se acercan a hablar amablemente (hombres o mujeres) y te llevan a tomar un té o café. Suelen ser estafadores que actúan en connivencia con dueños de algunos bares y restaurants (y la policía muchas veces), y te cobran fortunas por esto.

El sistema de vigilancia parece extremo, con cámaras de seguridad hasta en los lugares más recónditos. En los accesos al metro siempre hay que pasar la mochila por un scanner, y los accesos a las plaza Tian’anmen están prácticamente militarizados, con cacheos exhaustivos y presencia abrumadora de policías y militares de gesto adusto que imponen temor (otra de las extrañezas de este “comunismo a la china”).

Además de los lugares turísticos habituales, Beijing es una ciudad para caminar con tranquilidad, descubriendo cada pasillo, cada avenida, cada mercado de comida lleno de olores y colores, en donde se pueden encontrar brochetas de araña, pasando por escorpiones, hasta incluso caballitos de mar, aunque esto es más una atracción para el turista que una comida tradicional, como lo es el pato rostizado (imprescindible probarlo y ver cómo lo preparan y cortan para servirlo en pequeñas fetas). En cualquier restaurant se come sopa de fideos o salteados de cerdo, o algunos platos a base de arroz por 3 o 4 dólares. Hay que estar atentos con el picante. También se puede ir a McDonalds; sí, hay McDonalds en China y muchos.

Es una ciudad atrapante que a su vez te deja ese gusto ambiguo en la boca, con la sensación de que te perdiste un montón de cosas. Sin dudas que es distinta a todas, porque nunca fue conquistada por occidente, por su historia, por sus “hutongs”, y por sus enormes contrastes actuales, con el arribo del capitalismo más descarnado en las últimas décadas, que ya le está cambiando su fisionomía.

Anuncios

Una respuesta a “Beijing, distinta a todas (con fotos)

  1. Interesantisimo todo….muchas contradicciones…..muchos contrastes…..como creo esta pasando en todas partes del mundo….

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s