La barrera más inquebrantable

En una calle en bajada de un barrio tranquilo y silencioso de Qingdao, sobre la mano derecha, se agrupan varios restaurants rústicos, pequeños, de no más de cinco mesas.

Del lado de enfrente no había nada, sólo una reja de un complejo de departamentos tipo monoblocks. La calle está sucia y los autos estacionan en la verada y donde encuentran un lugar.

Los carteles con lucecitas de colores, que dibujan el contorno o se prenden y apagan con velocidad, indican que aún están abiertos estos comederos económicos, por donde desfilaron decenas de personas durante el día. Sólo hay unos pocos a las 10 de la noche. En uno los fumadores se habían apropiado de lugar, era imposible comer allí; en otro el encargado mostró una fuente con lo que quedaba, casi nada, hasta que por fin al final de la calle en un local aún se podía comer algo.

Pizarras con símbolos incomprensibles hacen las veces de menú. Se reconocen apenas algunos números, los precios, que rondan los 20 y 30 yuanes. Por suerte hay fotos con los platos recomendados, pero poco tienen que ver con lo que después tenés enfrente.

El lugar estaba vacío, sólo un hombre que parecía el dueño de este restaurant familiar y las mozas con sus delantales y atuendos amarillos se disponían a comer. Un platón de fideos, arroz, un menjunje de tomate con huevo revuelto, una fuente con una sopa oscura con trozos de algo difícil de descifrar que flotaba dentro… la mesa estaba servida.

Los dueños del restaurant se disponían a comer

Los dueños del restaurant se disponían a comer

Pero llegaron los visitantes para romper con la monocorde y silenciosa rutina. “Hello”. Alguna reverencia y alguna vociferación incomprensible del otro lado. “Food”, “Chiken”, “Beef”. Nada, no hay caso, miran con una leve sonrisa, retrucan algo en chino. El ruido de la conversación es total, no hay ningún tipo de vaso comunicante.

Empieza el lenguaje de las señas. Primero para indicar uno de los platos de las fotos de la pared. Luego para apuntar a uno de los platos de los comensales, que ya degustaban los fideos haciendo sonidos extravagantes y expulsando con sobriedad algún eructo. Dos niñitos, seguramente los hijos del dueño, aprendían a usar los palitos de madera con los que comen. Los fideos eran difíciles de maniobrar, pero se divertían, posaban para la cámara haciendo la seña de “paz” (o la “V” de la victoria), que en China simboliza otra cosa, pero también con connotaciones positivas. Los niños sirven de conexión al menos para despertar sonrisas de uno y otro lado.

Tras el fracaso de las señas para preguntar los componentes de los platos comenzaron los sonidos, primero emulando un pollo, y luego una vaca, lo que generó risas e imitaciones jocosas del otro lado. Ya el ambiente era un caos total, divertido, pero donde nada se comprendía, sólo que había intención de comer por parte de unos, que en definitiva eran igual de seres humanos que los otros.

La moza más despierta, con su smartphone, llamó a una colega que sabía inglés para solicitar la traducción del nombre y los componentes del plato que ofrecía el lugar, ya lo último que quedaba en la pequeña cocina ubicada en el frente del local, a la derecha de la puerta de entrada.

También usaba una aplicación con la que traducía al inglés lo que ella decía en voz alta frente al micrófono del celular inteligente. Algo sirvió pero no mucho. Hay que jugársela. Hay que comer lo que ellos comen.

Dos platos rebosantes de comida llegaron en un santiamén, ya estaban listos. Un salteado de carne extraña, huesuda (cuello de pato entre otras cosas), con cebollas y pimientos por un lado, y los tomates con huevo revuelto por otro, más un tazón de arroz blanco para contrarrestar los picante que estaban los platos principales. Una cerveza Tsingtao, la cerveza insignia de la ciudad, que se elabora allí y se exporta a todos los continentes, también sirvió para bajar el ardor en la garganta.

A la hora de la cuenta no hay tantos problemas. “Fiftytwo” dijo la moza haciendo el gesto del “5” con su mano abierta, y el “2”, con dos dedos (algo así como ocho dólares).

Saludos, cada uno en su idioma, y pequeñas reverencias y sonrisas nerviosas. Pese a todo, el objetivo estaba cumplido.

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