De paso por Seúl, Corea del Sur (con fotos)

Esa idea falsa instalada en el imaginario colectivo occidental que ve a Oriente como “todo igual”, que “son todos iguales” (debe pasar algo similar desde el otro lado del mundo), rápidamente se derriba cuando se cruza alguna frontera.

Pasar de Japón a Corea del Sur, saltando el océano que los divide, implica un cambio abismal en la dinámica social, la forma de relacionarse de las personas, las historias de los países, y hasta en las fisionomías de las personas (sí, por más que todos tengan los ojos rasgados, son identificables las nacionalidades según los rostros).

En Seúl, la capital de la Corea capitalista, la vida ya no es tan ordenada y las calles ya no están tan limpias como en Japón (para los parámetros sudamericanos sigue siendo todo muy limpio de todos modos). Al llegar ya se aprecian conflictos con el tránsito, bocinazos, gente que no respeta tanto las señales ni leyes para circular, y más ruido, ya sea de personas hablando, o de celulares sonando.

El nivel de desarrollo infraestructural es similar o mayor a Japón. Los edificios del centro impactan, con sus estructuras de hierro y vidriadas, y sus formas vanguardistas. Pero eso contrasta mucho más con los barrios bajos, más precarios (no llegan a ser villas miseria, pero se nota la humildad). Hay mucha gente sin techo, y muchos puestos solidarios donde donar dinero. Es una preocupación creciente para los coreanos los índices de desigualdad. La actual presidenta, Park Geun-hye, -la primera mujer que gobierna en la historia de este país sumamente patriarcal y con menos de 60 años de historia “independiente”-, no simpatiza demasiado. “Los ricos son cada vez más ricos, y los pobres son cada vez más pobres”, fue una frase recurrente (una frase que suena muy familiar).

Su gestión no tiene la aprobación de la mayoría, y varias jóvenes se mostraron preocupadas por la intención de “reescribir” la historia de los manuales de los colegios, ya que su padre, Park Chun-hee, que fue un presidente dictatorial, sería beneficiado con esta “reinterpretación” de los acontecimientos.

Algo muy positivo sin embargo, es la casi nula inseguridad; se puede caminar a cualquier hora por cualquier sitio y nada va a pasar.

A pesar del descontento con los políticos, a los coreanos se los nota mucho más alegres, al menos mucho más expresivos. En las calles y demás espacios públicos se ven demostraciones de afecto y felicidad, cuestiones que en Japón cuesta encontrar, ya que esconden mucho sus sentimientos de cara a la sociedad.

Los precios ya no son tan altos como en Japón. Se consiguen platos de comida muy accesibles (¡y muy picantes!), por unos 4500 “Wons”, la moneda surcoreana (1100 equivalen a un dólar aprox.). En cuanto al transporte público, se ven más colectivos al estilo “Metrobus” por la ciudad, aunque siguen siendo los subtes y trenes lo más conveniente. Es un sistema muy moderno, y bien señalizado; en apenas unas horas ya te acostumbrás a los procedimientos de compra de boleto y demás, todo a través de máquinas, aunque si presionás un botón un asistente viene a socorrerte.

Otra curiosidad es la religión. Acá no hay mayoría budista ni sintoísta como en Japón, sino que se ven muchas más iglesias cristianas, aunque según algunos testimonios, la mayoría es atea.

Esta cristiandad corresponde a la influencia norteamericana en la historia reciente. Aún hoy hay en el país miles de militares de EE.UU., instalados desde la guerra de Corea (1950-53), cuando vinieron a detener el avance de la Corea comunista luego del final de la segunda guerra mundial.

Hasta ese entonces (y desde 1905), el sanguinario imperio japonés ocupaba la península coreana. Cuando pierde la guerra mundial (Japón era parte del “Eje”, junto al nazismo) y se retira de estos suelos, empieza la disputa por esta zona estratégica entre las potencias imperialistas de la Guerra Fría, la Unión Soviética por un lado, y EE.UU. por el otro. Así fue que surgieron en 1948, con apenas unos días de diferencia, la República de Corea (avalada por la Naciones Unidas y EE.UU.) y la República Democrática Popular de Corea (avalada por la Unión Soviética y China).

En 1950 estalló una guerra feroz entre ambos bandos (desde el Sur dicen que fue porque el Norte intentó avanzar sobre suelos surcoreanos) que duró 3 años y ocasionó millones de muertos (cifras extraoficiales hablan de 5 millones). Aún hoy las fronteras están cerradas. Alambrados dobles dividen las tierras en una zona montañosa “desmilitarizada” (más bien híper-militarizada). Apenas se puede ir hasta el límite fronterizo y observar los puestos de control norcoreanos. Ingresar al país vecino es imposible desde el sur y viceversa. Cada tanto se producen rencillas y vuelan misiles cruzados en esta zona caliente del mapa. Es la única frontera que aún permanece cerrada desde el final de la Guerra Fría con la caída de la Unión Soviética.

En las calles no se respira clima bélico, aunque se ven muchos militares. El servicio es obligatorio para los jóvenes durante dos años, por eso se ven muchos chiquilines cargando armas largas.

El sentimiento popular, de todos modos, es más anti-japonés que anti-norcoreano. Japón invadió varias veces estos suelos con la intención de barrer con la cultura y la historia coreana, incendiando palacios imperiales, templos y asesinando a mansalva.

Con estos antecedentes bañados en sangre, es impresionante ver como en apenas 5 ó 6 décadas, el país se desarrolló a una velocidad meteórica, y hoy sus marcas son un emblema a nivel mundial en el mundo de las tecnologías y la industria automotriz (LG, Samsung, Hyundai, Kia, para mencionar algunas).

Sin dudas que en esto influye la cultura del trabajo que reina en la Corea “occidentalizada”. La mayoría hacer horas extras sin que le paguen por ello, por una presión familiar y social de tener que ser parte de una gran corporación. Jornadas de 10, 12, 14 horas son algo habitual entre los coreanos.

El frío también es una marca registrada en estos suelos. Los inviernos son crudos y cuesta andar por las calles heladas.

Como datos de color, es interesante que en Corea se maneja del mismo lado que en Argentina y en la mayoría de occidente, y se habla y escribe con el alfabeto “Hangul”, que es mucho más simple que el chino. Tiene apenas 24 caracteres que se combinan, y fue creado por el máximo prócer coreano, Sejong el Grande, que fue uno de los 27 reyes de la dinastía “Joseon”, imperio que gobernó Corea entre 1391 y 1897. Creó este nuevo alfabeto -en 1443- porque el chino (la influencia china a través del confucianismo era muy grande en esa época) era muy complejo de aprender y entender para los coreanos. Con esto logró que ya no haya analfabetos en el país, herencia que hoy se mantiene, con una población que puede leer y escribir casi en su totalidad.

Un país que está entre medio de dos mundos antagónicos como el japonés y el chino, pero que sin dudas tiene mucho de historia por descubrir y es muy recomendable visitarlo.

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