La noche más larga

Viajar a Japón desde Argentina está considerado “ir al otro lado del mundo”, y puedo confirmarlo. Salir un domingo por la noche de tu casa y arribar a destino un miércoles por la mañana es algo extenuante y sorprendente a la vez… es volver al futuro.
De Buenos Aires a México DF ya hay 10 horas de vuelo, y desde allí hasta Tokio, la capital japonesa, 15 horas más, haciendo una pequeña escala en Monterrey.
Ubicados en el cono sur de América, uno está acostumbrado a viajar siguiendo el sentido del tiempo, de los husos horarios, o sea, hacia la derecha del mapamundi. Por eso, viajar a contramano -de este a oeste-, resulta increíble, desconcertante. Es como atravesar las barreras del tiempo para ir al futuro, pese a tener la sensación de estar yendo hacia atrás. Es como llegar a la meta por el lado inverso.
Cruzar el Océano Pacífico bordeando América del Norte y Alaska para luego estar ya prácticamente en territorio ruso, es fascinante, se aprecia la inmensidad de esta mancha de agua azul oscura, que está relegada a ser un mero decorado de los bordes del mapa mundial.

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Parte del trayecto de los casi 15 mil kilómetros, pasando sobre Alaska

Lo más impresionante de todo es que las 15 horas de viaje desde México a Tokio fueron de noche, una noche totalmente oscura. A medida que la tierra giraba, y el cono de sombra iba “avanzando” hacia el oeste, nosotros lo íbamos siguiendo, y permanecimos dentro de la oscuridad de la Tierra (el sector al que no abarca el sol con sus rayos), todo el trayecto, hasta llegar al mañana, justamente para avanzar en el tiempo, para estar 15 horas adelantados con respecto al lugar desde donde partimos. La humanidad, entre tantos desastres que ha generado, es capaz de estas cosas extraordinarias.

Nuestro avión siguiendo la noche

Nuestro avión siguiendo la noche

En el largo viaje, por la cabeza y por la panza pasaron las sensaciones de siempre, pero algunas nuevas. Ir a Oriente, al continente asiático (por primera vez en mi vida), me generó expectativas y sensaciones encontradas. Ese ir “a otro mundo”, del que llegan referencias aisladas (y de algunos colegas viajeros), despertó muchas incertidumbres, sobre todo por la barrera idiomática.
Para los que viajamos para entender y no sólo para ver, esa es sin dudas una traba importante, por lo que aparecieron los temores, esos que engendra la vida sedentaria, a los que empuja la rutina diaria, esa que da comodidad y te impide conocerte en profundidad para saber cómo vas a actuar en situaciones de zozobra, en las que las cosas aparecen desordenadas, y vos sos quien debe ponerlas en algún lugar, como cuando vas armando un rompecabezas.
Pero ni bien pisé tierra firme tras tantas horas de vuelo, y pasé la zona de aeropuertos, esos no-lugares tan espantosos, con sonrisas extrañas y prefabricadas de empleados, caras de cansados de pasajeros, y festivales consumistas “sin impuestos”, me di cuenta para qué había venido (además de para ver al campeón de América en el Mundial de Clubes), justamente para romper con esa inercia que me llevó a los temores iniciales, para sacudir una vez más la estantería de los conocimientos e incorporar nuevas experiencias; darle un corte saludable a la rutina de lo idéntico (desde lo que uno come, hasta las caras que ve), interrumpir la quietud narcotizante de las repeticiones, y volar, volar para seguir buscando algunas explicaciones para intentar interpretar por qué estamos como estamos, y hacia dónde estamos yendo.

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