Conexión natural

Correteaba por el bosque con la sonrisa de un niño. Abrazaba los árboles. Recordaba sus días de soledad con la naturaleza donde le bastaba con una pequeña fogata para subsistir. “Mirá, hay comida por todos lados”, decía Andrew señalando los hongos que crecen en los troncos de los árboles que cayeron abatidos por los años.

Según este muchacho de unos 40 y tantos, esos hongos también curan todo tipo de enfermedades que los médicos no pueden curar. Para él todo está allí, en el bosque, su bosque “indígena”, donde la vegetación crece desordenada, por todos lados, y abruma con su altura.

“De acá venimos y acá vamos… a la tierra.” Andrew desparramaba hojas secas del suelo para llegar a tocar la tierra sagrada, la que brinda explicaciones de todo lo que ocurre.

Andrew conectado con la tierra

Andrew conectado con la tierra

En los momentos de charlas se desvivía por trasmitir sus conocimientos adquiridos en base a documentales audiovisuales, ya que tuvo problemas en su etapa formativa porque sufre de dislexia. Todo giraba en torno a temas energéticos, la tierra y sus bondades. Era tanta la fascinación que llegaba a la emoción con los relatos. Su sonrisa dejaba ver una dentadura gastada entre la barba desprolija y el pelo largo que sacudía ante cada momento de éxtasis.

La marihuana era parte de la rutina. Al levantarse, a la tarde, a la noche, siempre era un buen momento. Las propiedades curativas de esta planta también le producían un encanto embrujado. Siempre tenía ejemplos de “estudios científicos” realizados años atrás –imposibles de chequear o comprobar- que le daban sustento a sus fascinaciones, las avalaban, le daban fuerza para seguir auto convenciéndose de algo.

Sus caminatas solitarias entre las plantas y los animales le daban paz. Aún sufre sus años en el ejército (era obligatorio para los jóvenes cuando terminaban el secundario). “La guerra es la creación más monstruosa del ser humano”, dijo recordando un pasado que quiere olvidar sumergiéndose en la naturaleza.

Sus días transcurren sin un hogar fijo, con trabajos temporarios en la construcción que le dan algo de dinero con el que mantiene a sus cinco hijos, y con conexiones profundas con su entorno, ese sobre el que indaga y sobre el que quiere saber cada vez más. La huerta de la casa de la amiga -donde vive circunstancialmente- de donde obtiene sus alimentos, ocupa un espacio importante de su vida también.

Otro de los temas recurrentes eran los niños. Le brillaban los ojos al hablar de las ocurrencias y espontaneidades de sus hijos durante su etapa de aprendizaje. “’Yo no soy esto papá’, me dijo un día mi hija cuando tenía seis años mientras se señalaba su cuerpo”, contaba Andrew con una excitación difícil de describir y que lo desbordaba. Seguía impresionado en cómo esa niñita había racionalizado su existencia con tan corta edad, y lo profundo de su reflexión. Él sabe que el cuerpo  es sólo una circunstancia, que la tierra es el todo, y que todos somos parte de ese todo al que hay que proteger y al que hay que disfrutar.

Lo primero que se viene a la cabeza es, ‘que loco este tipo’. Pero, ¿quién está más loco, Andrew, o los que se pasan sus días encerrados en una vida artificial, reproduciendo un sistema que va a conducir a la exterminio de la raza?

 

JII. Plettenberg bay, Sudáfrica. Septiembre 2014

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