El apartheid viaja en tren

En la estación “Pierneesfsrus” del Metrorail no hay ningún tipo de cartel o indicación para saber de qué lado esperar el tren para ir hasta la estación “Pretoria”, en el centro de dicha ciudad.

Tampoco hay oficinas ni máquinas para sacar boleto. En la puerta de acceso, debajo del lúgubre puente peatonal que cruza del otro lado de la vía, una mujer que vende frutas en su improvisado puesto elaborado con cajones de madera, oficia de guía. No tiene muy claro el recorrido de todos modos.

A los pocos minutos aparece la primera formación y se detiene en la despoblada y estática estación. Hay que abrir las puertas manualmente cuando se destraban; luego se deslizan automática y bruscamente para cerrarse cuando el tren se pone nuevamente en marcha.

El interior está semivacío, en silencio. Los duros asientos bordean las paredes del viejo vagón que tiene la pintura desgastada y algunas ventanas rotas. Vendedores de golosinas y otros comestibles van circulando por los amplios pasillos centrales que no están tan limpios como el resto de la ciudad.

El "Metrorail" de Pretoria

El “Metrorail” de Pretoria

Las estaciones están cerca unas de otras. Cada vez que arranca, el tren se sacude cuando el motorman suelta los frenos. El ruido del andar es el mismo al de todos los trenes del mundo; encantador, hipnotizante.

No hay ni una sola persona de raza blanca. Negros vestidos con mamelucos azules de obreros tienen cara de cansados y algunas negras vestidas de “oficinistas” revisan sus celulares con cautela.

Para ir a Pretoria hay que cambiar de tren en una de las estaciones neurálgicas donde se cruzan varios ramales. Allí sí hay ventanillas de venta de boletos. Cuestan unos 6,5 rands, lo que equivale a unos 60 centavos de dólar (depende la distancia que se recorra). Sólo hay números en las plataformas. Ningún tipo de señalización ni cartel indicador. Algunos corren para subirse al otro tren y ganar un lugar para viajar sentados. En la hora pico los trenes van un poco más cargados pero están lejos de llenarse.

El tren pasa por detrás de la ciudad, a sus espaldas. La bordea pero no la toca. Hasta que no llega a la estación central, los parajes donde se detiene, en los suburbios de la capital administrativa del país, son deslucidos. Los llaman “townships”, allí fueron recluidos los negros durante los dramáticos años del apartheid. Están cerca del centro y de sus puestos de trabajo -los blancos los necesitaban para hacer funcionar las industrias por lo que no podían excluirlos del todo-, pero de todos modos están afuera, aislados. Aún siguen allí. Chimeneas industriales, grandes fábricas grises, máquinas gigantescas. El paisaje no es el que se ve en las guías turísticas.

“Vas a tener que bajar por la otra puerta, esta no abre bien.” El amable pasajero, sin pensarlo, inconscientemente, parecía describir una perfecta metáfora de lo que ocurría en otro nivel. Las puertas de accesos no funcionan correctamente. Los negros no pueden salir con facilidad de su lugar, y más difícil aún resulta entrar.

En la estación Pretoria hay algunos indicios de modernidad en los molinetes de entrada y salida, pero no funcionan. Un empleado de “Metrorail” recoge a mano los tickets.

Allí, muy cerca -pero lejos-, está la estación del “Gautrain”, construido hace poco tiempo. Parece haber sido inaugurado ayer. Todo reluce, está impecable.

Máquinas recargan las tarjetas de los pasajeros. Hay una sola ventanilla donde un humano hace dicho trabajo. La mera tarjeta cuesta 10 rands, casi un dólar. El boleto mínimo 25 rands. La segregación ahora no es por la vía política, sino por la económica. El ordenamiento capitalista y su “mano invisible” hacen el trabajo sucio que antes había que regular a través de las leyes del estado burgués.

Los lujosos y modernos "Gautrains" en Sudáfrica

Los lujosos y modernos “Gautrains” en Sudáfrica

Los ambientes de acceso son amplios, pero también grises. El gris de la modernidad, metalizado, reflectante. Las espaciosas plataformas iluminadas con postes de formas rectilíneas y asientos cuadrados. Carteles luminosos que indican el destino del próximo tren que arribará a recoger al nutrido grupo de pasajeros que aguarda de pie –las demoras son mínimas- detrás de la línea que recorre el suelo a pocos centímetros del andén. Allí la mayoría es blanca, los “Afrikáans”, los descendientes de los colonos alemanes, británicos, holandeses y franceses que fueron llegando a estos suelos desde hace 500 años, y se mezclaron poco y nada con los pobladores locales. Hay algunos negros, los que pudieron entrar al juego, respetando sus reglas. Están vestidos como de gala, con los trajes que parecen ser los uniformes de ese juego.

Los trenes tienen olor a nuevo, alfombrados pasillos y tapizados asientos angostos pero altos. Los vagones están refrigerados. Una voz anuncia la próxima estación. Más carteles luminosos hacen lo propio en distintos idiomas. Es imposible perderse. Una vez adentro, todo está ofrecido en bandeja, todo es comodidad.

El recorrido es casi paisajístico. El “Gautrain” corta el centro de la ciudad, se luce entre los rascacielos modernos y las prolijas plazas públicas, arboladas y florales. El glamour se codea con el glamour. Es casi un subte que va por la superficie. En pocos minutos termina su recorrido y los pasajeros se suben a los colectivos de la misma compañía que los deposita en los coquetos barrios exclusivos de los suburbios de Pretoria. Son otros suburbios, con avenidas anchas y mucho verde que matiza los espantosos enrejados eléctricos de los caserones con prolijos jardines.

Sólo al comienzo los rieles del “Metrorail” y el “Gautrain” van cerca, pero sin reconocerse ni rozarse. Luego se dividen, se distancian; el “Gautrain”, en otra perfecta metáfora, se eleva, mira al “Metrorail” desde arriba y se aleja, inalcanzable.

JII. Pretoria, Sudáfrica. Agosto 2014

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Una respuesta a “El apartheid viaja en tren

  1. desigualdad…..desigualdad…..hace estragos en la raza humana…y nosotros miramos sin hacer nada…..como acostumbrados a q eso es la normalidad……Triste realidad….A DONDE NOS LLEVA?

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