De Tanzania a Zambia, con escalas

De Mbeya a Kasama, la primera ciudad de Zambia donde iba a parar, no hay más de 400 kilómetros. Lo que parecía un trámite de unas pocas horas se convirtió en un viaje de casi un día. Esto es África.

Para empezar, no hay buses directos entre las ciudades de los dos países, como sí sucede entre Kenia y Tanzania. A pesar de que Tanzania también forma parte de un organismo internacional con Zambia que aglutina a los países de la zona sur del continente, las relaciones no parecen tan estrechas como con el vecino del norte. Por ende hay que ir hasta la última ciudad del lado tanzano, cruzar a pie y subirse a otro bus del lado zambiano.

Desde el barrio Ilomba, a las afueras de Mbeya un “Dala Dala” (combi) me dejó en la estación central de micros. Allí fui víctima de una pequeña estafa. Ni bien bajas de la combi te abordan decenas de jóvenes ofreciéndote boletos para distintos lugares. Los “mzungus” (como llaman a los blancos) somos presas fáciles. Cuando les indicás hacia donde te dirigís te llevan hasta una de las oficinas de la terminal. Allí un muchachito de unos veintitantos me vendió el boleto hacia la ciudad fronteriza, Tunduma. Me dio un papel que parecía un boleto garabateado en Suajili, y me guió hasta un micro pequeño donde me hizo sentar detrás de todo y se esfumó. Me cobró casi cinco dólares por un viaje de 100 kilómetros. Ya algo olía mal.

A los pocos kilómetros el micro se rompió y debimos esperar otro. Cuando llegó el reemplazo, la gente se apretujó para subir y al rato de volver a arrancar, el ayudante del chofer pasó por los asientos cobrando el boleto. Nadie había sacado pasaje. “Te estafaron amigo”, me dijo un señor que hablaba algo de inglés. Algunos pasajeros parecían intentar convencer al boletero que no me cobre pero no hubo caso, tuve que pagar nuevamente los dos dólares y pico que costaba el pasaje hacia el límite fronterizo.  

Esos 100 kilómetros, ya con caseríos de ladrillos claros y techos de chapa, perdidos en montañas más áridas y con pendientes más moderadas, se recorren en dos horas y pico por las constantes paradas del bus, que va cargando y descargando paquetes y personas.

La ciudad de frontera es una típica ciudad de frontera. Hay que aferrarse a las mochilas y caminar con seguridad, sin mostrarse dubitativos. Hay decenas de personas a la caza de algunos dólares. Los que sólo se ofrecen como “guía”, los que cambian dinero, los revendedores de boletos de buses, todos pululan por esos metros que son territorio de nadie, y donde vale todo. “Amigo, necesitás Kwachas, tengo buen cambio.” (La moneda de Zambia son los Kwachas, algo así como 6 a 1 con respecto al dólar.) “Te puedo acompañar a las oficinas para que hagas el sellado del pasaporte.” “¿Dónde vas amigo? ¿Lusaka?” Cordialmente hay que saber decir no una y otra vez.

Se ven camiones cargados de mercaderías detenidos en la ruta, esperando que se abra la barrera para cruzar al otro lado, donde cambian las reglas de juego y las autoridades. Gente con carretas y carretillas trasladan bolsas enormes llenas de cosas. Hay casas de cambio con policías que dispersan a los vendedores callejeros que llegan hasta la puerta tratando de convencerte que ellos ofrecen mejores precios por tus billetes, ya sean dólares, euros, o chelines tanzanos.

En la oficina del lado de Tanzania el trámite fue rápido. Hay que llenar un formulario amarillo donde solicitan algunas informaciones sobre tu estadía en el país y te toman las huellas digitales y te sacan una foto con las modernas tecnologías que disponen los empleados, que contrastan con la precariedad del afuera.

Para llegar a las oficinas de Zambia hay que cruzar dos barreras ubicadas a una distancia de 100 metros una de otra, donde hay mucho movimiento de personas que van y vienen por esa tierra sin leyes. Las miradas parecen amenazantes, pero no pasan de eso.

En las oficinas zambianas, una recepcionista apunta tus datos y chequea tu certificado de vacunación contra la fiebre amarilla. Luego una uniformada te saca una foto, te toma las huellas digitales nuevamente, y te sella en el pasaporte sin preguntar demasiadas cosas más que dónde pensás ir y cuántos días te vas a quedar en el país. La visa ya la había obtenido en la embajada de Zambia de Dar es Salaam, Tanzania; cuesta 50 dólares y te la dan en el día.

La recepcionista me pidió si por favor podía comunicarme con un grupo de cuatro búlgaros que no hablaban una palabra de inglés y que aguardaban en la oficina lindera a que llegue alguien que los entienda para poder completar los trámites de ingreso al país.

Del lado de Zambia (donde cambia el huso horario, por lo que hay una hora menos que en Tanzania -5 horas más con respecto a Argentina-) las ofertas de micros en su mayoría son hacia Lusaka, la capital. Desde Nakonde, la deslucida ciudad fronteriza, son más de 900 kilómetros, por lo que decidí primero pasar unos días en Kasama, una ciudad al norte del país, a unos 300 kilómetros del ficticio borde que figura en los mapas.

Lo que imaginaba un viaje de apenas unas horas se convirtió en una odisea de ocho horas. La combi explotaba de gente y paquetes como de costumbre. No cabía un alfiler. Todo el espacio se abarrotó de bolsos y cajas. A los pocos kilómetros el primer control policial demoró unos cuantos minutos. El uniformado no chequeó el colectivo (nadie revisó mí mochila al ingresar al país), sólo los papeles del conductor y su ayudante, que parece que no estaban en regla. Mágicamente seguimos viaje, pero a los pocos kilómetros hubo que parar en el medio de la ruta porque la combi se quedó sin diésel.

Al llegar a Isoka, el primer pueblo importante, hubo que parar otra vez durante un buen rato porque recalentó el motor. Allí empezaron las ofertas de comidas y bebidas. Maníes pelados o maníes con cascara, mandarinas de cáscara dura y verde, naranjas, agua, gaseosas, y hasta pollo asado que mujeres cargaban en cacerolas sobre sus cabezas. A esa altura ya no tenía plata ni comida. Había gastado el efectivo que me quedaba en el boleto, esperando llegar a destino rápidamente. Un error de novato. En África este tipo de especulaciones cuestan caras. Pasé casi 12 horas sin beber ni comer desde el desayuno tempranero en Mbeya hasta que llegamos a Kasama.

En Isoka el micro dejó la ruta principal y los casi 100 kilómetros hasta Mungwi son por un camino angosto de tierra arenosa, llena de pozos y piedras de gran tamaño que obligan a circular a paso de hombre. Cada vez que cruzábamos un auto, camión o micro, una nube de polvo invadía el bus.

En Mungwi, otro pueblo perdido en esta zona reseca, mucho más árida que Tanzania, hay que bajarse del micro para cruzar un río estático en una especie de puente a motor que te deposita del otro lado, unos pocos metros más allá.

El puente a motor

El puente a motor

Llegamos al atardecer. Allí, las mujeres de la zona ofrecen pescaditos fritos -que parecen más bien quemados- en unas pequeñas palanganas.  Con el sol poniéndose frente nuestro, detrás de los pastizales amarillentos, subimos a esa estructura de metal con dos motores fuera de borda –uno delante del lado derecho y otro detrás del lado izquierdo- que no depositó en la otra orilla en apenas unos minutos.

A partir de allí volvió el asfalto, por lo que los restantes ciento y pico de kilómetros hasta Kasama, ya entrada la oscura noche, se recorren en hora y media. Tras más de 12 horas de viaje, llegué al primer destino en Zambia para empezar a escribir el capítulo 7 del viaje…

 

JII. Tanzania/Zambia. Julio 2014.

Anuncios

Una respuesta a “De Tanzania a Zambia, con escalas

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s