Un viaje cualquiera

Ubungo, la terminal de buses de Dar es Salaam, es amplia y no se puede acceder si no tenes el pasaje que debés adquirir previamente en las oficinas desperdigadas por los alrededores de esta zona donde confluyen varias avenidas importantes que conectan los suburbios con el centro.

Asientos numerados, colectivo amplio, todo estaba ordenado, espacioso y aburrido. No parecía verdad. No parecía África. Pero ni bien el “Dala Dala” cruzó la reja y se adentró a la calle, la jungla de la supervivencia, el cambio fue brusco.

Apenas unos metros después de salir de la terminal –para lo cual el ayudante del chofer mostró unos papeles a los uniformados que abrían y cerraban las rejas de metal- subieron cuatro pasajeros más que se ubicaron como pudieron en el espacio entre la puerta, el primer asiento del lado izquierdo y el chofer, que está del lado derecho. Allí hay un espacio donde suelen viajar dos o tres personas. A mitad de camino hacia Morogoro había diez.

El ayudante se bajó a los pocos kilómetros dejando solo al chofer, que parecía tener todo bajo control. Iba subiendo gente a mitad de camino e iba cobrando precios arbitrarios. Los billetes de los pasajeros iban a parar al bolsillo delantero de su camisa azul.

El colectivo repleto con gente sentada donde puede

El colectivo repleto con gente sentada donde puede

Otra novedad de Tanzania es que los vehículos grandes deben pasar por balanzas ubicadas al costado de la ruta para poder seguir su camino. Si superan el límite de peso son multados. Con el colectivo repleto, el peso se había ido por las nubes, por lo que el colectivero hacia bajar a los que subían a mitad de camino y los volví a cargar unos pocos metros más allá, lejos –pero cerca- del control.

En cada parada subía algún vendedor de agua, gaseosas o algún comestible. El chofer parecía cobrarles una especie de peaje para poder acceder al interior de su imperio, donde las reglas del afuera quedaban afuera, y adentro, él imponía las condiciones que todos acataban sin chistar. Los que no pagaban el peaje se quedaban del otro lado de la frontera, golpeando las ventanillas para que los pasajeros las abran y así llegar más cerca de los ojos de los potenciales compradores con sus mercaderías.

La ruta estaba pareja pero por momentos las huellas en el asfalto obligaban al chofer a tomar el volante con las dos manos para que no se despiste el viejo y portentoso colectivo de origen chino. Pero en gran parte del camino le bastaba con una sola mano para controlar el bus. Con la otra iba haciendo señas a los que venían en dirección contraria, que respondían con luces y con otras señas.

Parecía un lenguaje gestual muy aceitado y comprendido dentro del gremio de choferes. Índice hacia abajo apuntando al suelo como queriendo aplastar algo; palma de la mano abierta haciendo un acompasado movimiento que parece barre el aire –típico gesto de ‘dale, seguí’-; puño cerrado y acto seguido el índice que apunta hacia alguno de los costados de la ruta… todas señas que simbolizaban algo y tenían una función clara, asesorar al colega sobre algo. Todos los gestos parecían estar asociados a evadir los controles policiales de la ruta.

Ya en Morogoro, las ofertas de bebidas y comidas se repitieron en la terminal. Se sumaron los taxistas que se disputan los bolsos de los pasajeros para meterlos rápido en el baúl de sus autos. Las oficinas dentro de la terminal donde se venden los tickets para los próximos destinos están repletas de carteles con nombres de pueblos que no figuran en el mapa y que no se conoce de su existencia hasta que no se llega allí, a las cercanías de los mismos.

La combi hacia Turiani parecía llena, pero no, aún había espacio, siempre lo hay. El vendedor y acomodador se las rebuscaba para que todo el equipaje ocupe el lugar que quedaba libre entre los pasajeros. Debajo de los asientos, en el pasillo, detrás del chofer, al lado de la puerta, siempre entran en algún recoveco.

Los vendedores desfilan por la combi mientras está detenida. A los vendedores de comidas se suman los de tecnología barata. Cargadores de celulares, auriculares, chucherías de todo tipo. Un moreno de esos bien oscuros, con gorro de lana, metió el brazo por la ventanilla y puso delante de la cara de un pasajero una cadenita de plata. Permaneció así unos segundos y ante la negativa sacó el brazo y siguió su camino.

El pie del acomodador se apoyó en el marco de esa misma ventanilla para impulsarse hacia el techo del vehículo donde ató los bultos más grandes con una débil soga deshilachada. La gente viaja con montones de cosas, cargan paquetes enormes, trasladan mercaderías para sus comercios, materiales para la construcción, colchones, ruedas de bicicletas o motos, frazadas empaquetadas. Todos están sobrecargados. Y si no lo están, en el camino terminan de llenarse de cosas, con bolsas con decenas de naranjas o mandarinas, o paquetes de pan lactal que en algunos casos está cortado en rebanadas y en otros casos sólo se ve el bloque rectangular dentro de la bolsa transparente. Cada vendedor tiene su cantito particular en suajili. No se entienden pero parecen repetir el nombre del producto y los precios en pegajosas rimas.

La combi entre vendedores y pasajeros que se acomodan en donde pueden

La combi entre vendedores y pasajeros que se acomodan en donde pueden

Siempre hay algún nene pequeño o bebé en los colectivos y combis. En algún momento lloran, no soportan las largas demoras que hay hasta que los choferes deciden partir.

Siempre hay olor a comida. O de las “chips” que sirven en prolijas bandejas de papel metalizado que las mantiene calientes, o de pollo frito, o choclo asado que los vendedores sostienen desde sus extremos formando una especie de racimos del cual los compradores escogen a gusto. Todo eso se mezcla con los fuertes olores a traspiración o con perfumes florales intensos.

El caótico y tumultuoso escenario del interior de la combi, saturado de gente apretujada con bolsos y paquetes, olores intensos y ruidos humanos y de cosas golpeándose o chocándose, contrasta con los puestos estáticos de la terminal, donde los trabajadores buscan la manera más cómoda de reposar mientras esperan los clientes.

La salida de la estación demoró más de la cuenta. Los papeles en los que debe estar constatado que esa combi desvencijada puede circular libremente parecían no convencer a los oficiales-porteros de la terminal.

De golpe todo quedó solucionado y otra vez al ruedo, a adentrarse al reino de la supervivencia. A mitad de camino cargaron más gente en el pasillo. Los que están sentados del lado del corredor central deben apretujar contra la ventanilla a los compañeros de asiento porque los cuerpos de las personas que van paradas, o sus bolsos o carteras, invaden el terreno de las butacas, obligando a viajar en permanente contacto con el de al lado. Húmedo y caluroso contacto. El calor a esa altura ya se torna molesto. Es inevitable la traspiración, que también se comparte.

En cada parada, los vendedores se escabullen dentro de ese mundo de piernas, brazos, glúteos prominentes de las morenas mayores y paquetes de todo tipo y colores. Es imposible pasar por allí para un ser normal, pero ellos pueden. Siempre van a llevar su oferta frente a las narices de los compradores, es su estrategia de marketing.

La ruta ya es de tierra hace rato. La música local, llamada “bolingo” –una especie de música ranchera, con mucha guitarra y piano- satura los parlantes del micro. Afuera, las casas son cada vez más distantes y parecen más dispersas. Los pasajeros van bajando a duras penas y a puro empujón frente a los ranchos de madera, barro y paja. La gente que está allí, frente a los hogares o en el frente de algún comercio, sin actividad aparente, los mira bajar. Miradas fijas, sin gestos, impávidas, que se pierden en la polvareda que levanta la combi al acelerar hacia el próximo destino.

JII. Dar es Salaam/Turiania, Tanzania. Julio 2014

Anuncios

Una respuesta a “Un viaje cualquiera

  1. Q buena descripción…parecía q yo estaba viajando con vos….apretujada…..con mucho calor….ruido…..colores….olores….todo mezclado….gracias por esta experiencia

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s