El océano de la informalidad

“Yo era marinerrrrrrro”, decía con un extraño español un señor de unos 40 años, que iba descalzo, con pantalones tipo pescadores agujereados, y barba desprolija con canas. También tenía una cicatriz importante cerca del ojo izquierdo a la altura de la sien.

Había aprendido algo de español durante los años que trabajó en un buque pesquero junto a varios españoles. “Grande barrrrco, grrrrande.” Así describía su ex lugar de trabajo.

Eran las 10 de la mañana en Tanga. En una playa de mar estático cercado por una gran bahía que contenía todo tipo de oleaje, habían arribado hace varias horas los primeros botes de pescadores que vendían sus productos.

Sobre la arena humeda, hacían montoncitos de camarones, cangrejos, cornalitos, peces medianos, algunos moluscos, y demás, para venderlos a los revendedores, que después duplican su precio en los mercados de la pequeña ciudad. Mujeres envueltas en telas de estridentes colores, cargaban grandes baldes azules sobre sus cabezas. Los hombres tenían canastos de mimbre enormes, que transportaban con sus bicicletas.

Los vendedores de pescado en Tanga

Los vendedores de pescado en Tanga

El hombre que hablaba un poco de español era uno de ellos, pero aquel día no compró nada. “No hay pescado, no hay bussines, no hay dinero”, se quejaba. Aunque reconoció que el día anterior el negocio había ido bien. Así funciona, un día sí, un día no. Cuando hay varios días seguidos de no negocio, empieza la práctica del arte de la subsistencia.

El marinero iba entre los puestos improvisados en mesas de madera y lonas que oficiaban de techo, hurgando la escueta mercadería, pero nada lo convencía. Iba a esperar el siguiente turno. Pasado el mediodía, arribaba el segundo grupo de botes.

Mientras tanto, durante la espera, era la hora del almuerzo. En chozas de madera y paja se prendían fogatas con troncos finos y secos. Allí, sobre piedras, en grandes ollas ennegrecidas y con capas de grasa que las tornaban rugosas, se hervía el aceite.

Gran parte de lo que salió del mar momentos atrás iba a parar allí. Todo en el mismo aceite. El cocinero, un muchachito joven que tenía el pie izquierdo a punto de estallar de lo hinchado que estaba, se quejaba del alto precio de los troncos y del aceite. Así justificaba el precio de su servicio. Por un dólar freía todo lo que querías, y también vendía por medio dólar puñados de camarones fritos que apelotonaba en una especie de sobres que confeccionaba con papel de diario.

El marinero iba pidiendo restos éntrelos comensales, que ofrecían partes de sus cangrejos o langostinos. Todo se come, hasta las pinzas del cangrejo y las cabezas de los camarones.

Los puestos donde cocinan todo lo que sale del mar

Los puestos donde cocinan todo lo que sale del mar

Otro muchacho iba con un balde a medio llenar con pececitos diminutos. Los cambiaba por algo de comer o por unas monedas. Una mujer, que amasaba “chapatis” en su humeante puesto de comidas donde ofrecía té que se calentaba en una olla enorme, aceptó los pececitos a cambio de lo que estaba preparando. Sentada sobre un tronco cortado, casi al ras del suelo, tenía todos los utensilios a su alcance, y golpeaba con un mortero la masa a la que le daba forma antes de ponerla sobre la sartén ubicada sobre un pequeño horno a carbón, donde cocinaba esta especie de panqueques africanos. Dos niñitas con sus cabezas rapadas y vestidos coloridos, de no más de 8 años, eran sus ayudantas. Atendían a los comensales que se ubicaban en los alargados bancos de madera debajo del techo de paja, y lavaban los platos y tazas ya utilizadas en las palanganas de colores chillones que estaban en un costado.

Algunos oficiales del ejército, de origen chino, que enseñan a pilotear aviones a los tanzanos, se acercaron a ver la oferta de pescados pero no los satisfizo y se marcharon en su camioneta por la ruta de asfalto que llega hasta muy cerca de este pequeño puerto informal.

Se ven muchas conversaciones que parecen transacciones de negocios entre la gente allí presente. La mayoría están echados en algún rincón, esperando algo, o esperando nada. Casi todos andan con ropajes gastados, descalzos, y portan algún cuchillo tipo faca para rebanar los pescados. Por lo general van lento, pausadamente, salvo cuando llegan los botes y se producen algunas corridas o movimientos más frenéticos.

En uno de los extremos de la bahía, casi como telón de fondo, se ven grandes máquinas y embarcaciones gigantescas del puerto oficial, por donde pasan los grandes negocios de la ciudad. Muy distinto a lo que pasa allí, entre los pescadores y revendedores que se mueven por las aguas de la ilegalidad.

Es un pequeño comercio ilegal pero tolerado. Una válvula de escape. Se tolera siempre y cuando no perjudique a los grandes movimientos de capital. Días atrás la policía embaucó varios botes y mercaderías. “No les gusta que saquen peces pequeños”, comentó un local. Cuando depredan demasiado y tiemblan lo negocios grandes, se pone un freno con las fuerzas de seguridad, que están al servicio de esos grandes negocios. Mientras tanto, se deja libertad a la clase que sobrevive, de lo contrario se la ahorcaría demasiado (con el riesgo de un estallido feroz de los oprimidos).

El marinero comió las patas de un cangrejo, se fumó un cigarrillo de marihuana, y se tiró debajo de un árbol, a esperar…

 

JII. Tanga, Tanzania. Julio 2014

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Una respuesta a “El océano de la informalidad

  1. muy buena descripcion de este lugar pintoresco q se repite en todo pueblo sobre el mar y q se asemejan en sus caracteristicas

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