Almuerzo con las jefas de hogar

Alicia se ubicó en unos de los rincones del patio ni bien se levantó. No eran ni las ocho de la mañana y ya estaba cocinando.

El patio es también la cocina, y lo comparten todos los vecinos que viven en estas casas chorizos que arriendan por cuarto. En cada habitación hay un hogar distinto. En algunos casos, hasta cuatro personas viven en esos mono ambientes, donde apenas entran las camas, algún sillón, la TV y los utensilios de cocina y de aseo.

Este lugar común está al fondo del pasillo que conecta las puertas de todos los dormitorios de la vecindad. Allí, en el rincón opuesto a donde se ubicó Alicia, también están las letrinas compartidas por todos los vecinos, donde hacen sus necesidades, y donde se lavan sus cuerpos con agua que obtienen que enormes bidones amarillos que compran por 200 chelines, que equivalen a unos céntimos de dólar.

Las mujeres de los hogares son amas y señoras del lugar sin dudas. Pasan allí gran parte del día. Sentadas con poses poco femeninas casi en el suelo, sobre pequeños troncos y banquitos de madera diminutos, manipulan los hornos a carbón desde muy temprano, para calentar el agua para el té. También es el lugar para lavar la ropa y colgarla para que el intenso sol la seque en cuestión de horas.

El piso es de tierra, pero es tan dura que parece de cemento. Las paredes están resquebrajadas, carcomidas por la humedad. Para caminar por allí hay que ir esquivando ollas, palanganas de colores, sartenes, baldes, pequeñas jarritas de plástico… todos elementos que cumplen determinada función.

Las mujeres en el patio, la postal cotidiana en Dar es Salaam

Las mujeres en el patio, la postal cotidiana en Dar es Salaam

En las palanganas se pone la ropa en remojo. En los baldes se carga agua que se usa con distintos fines y se traspasa de un lado a otro con las jarritas, y con los utensilios de cocina preparan las comidas que van disfrutando y compartiendo durante todo el día.

Alicia tenía todo al alcance. En sus dos hornos a carbón encendidos a la vez (son pequeños artefactos negros de forma redonda arriba donde se depositan las brasas, y el tamaño vendría a ser un poco más grande al de una hornalla de una cocina tradicional) calentaba agua por un lado, y hervía arroz por otro. Luego puso a cocinar unos porotos en el lugar donde estaba la gran pava, con la que llenó un importante termo que tenía una especie de tapón en la parte superior.

Una vecina ubicada un poco más allá del pasillo por donde desfilaban los habitantes de la vecindad, que da al medio del patio, fregaba compulsivamente unas telas coloridas. Esas telas finas son la ropa predilecta de las mujeres. Son frescas y cómodas. Se enroscan el torso y se hacen un nudo a la altura del pecho, cubriendo casi todo su cuerpo. La cabeza también se la envuelven con estas telas de colores estridentes. Amarillos chillones, fucsias, rojos, violetas. De golpe, el patio gris y deslucido se convierte en un festival colorido entre los atuendos de las morenas de caderas anchas y de narices chatas y las palanganas y baldes que también son de llamativos tonos. El humo de las brasas también aportaba lo suyo, y aromatiza ambiente, donde empezó a saborearse la comida a través de las fosas nasales.

Otras dos vecinas charlaban en tono elevado mientras miraban cocinar a Alicia, que aportaba algún comentario aislado. Sofia, la vecina de más edad, una regordeta muy graciosa y sociable, les contaba a los presentes sobre el origen de sus padres y abuelos. Así se trasmite la historia en África, oralmente. Hablaba en Suajili, yo no podía entender, sólo algún detalle que me traducía Justín, un joven de 22 años, hijo de Alicia. Transferí esa pequeña situación a lo macro, llenándome de interrogantes. ¿Será por esto que no podemos entender la historia de este continente? Ellos no escribieron la historia, y menos la impusieron como la universal. Pero está allí presente, en esa charla de vecinas, que tenía que contentarme con seguir a través de los gestos.

Cuando estuvieron listos los porotos, Alicia los tapó con otra olla. El arroz lo dejó pasarse un poco para que quede como una masa más fácil de manipular con los dedos, ya que no se usan cubiertos. Le puso una tapa abollada a la olla donde se calentaba, y luego colocó algunas brasas arriba, como para darle un calor envolvente.

Luego preparó el tradicional Ugali (el pan de los africanos de esta región, de color blanco, es una gran masa de consistencia sólida y pegajosa), y desafió: “Hoy vas a comer al estilo africano, en el suelo y con las manos”. Parecía conocer mis deseos. Para eso estaba allí.

Desplegó una especie de lona de mimbre en un costado del patio, y en un plato sirvió el Ugali que cortó en rebanadas, y en platitos de cerámica sirvió los porotos con salsa. Se lavaron las manos con agua de una jarrita sobre una palangana pequeña (hay de todos los tamaños) y se persignaron antes de comer. Las mujeres de los musulmanes no comieron ya que estábamos en medio de Ramadán, el mes en que los seguidores de Alá y Mohama ayunan durante el día y sólo beben e ingieren alimentos por las noches.

Sólo comimos Alicia, su pequeño sobrino de nombre Johana, Justin y yo. Sofía reía al verme sentado con ellas y comiendo con las manos. No imaginaba posible que un blanco haga eso.

El pequeñito de no más de 7 años hundía la mano en el plato de plástico y se la metía de lleno en la boca y en cada manojo de arroz con porotos que agarraba de su porción, se chupaba todos los dedos menos el pulgar. Con sus pequeños deditos manipulaba con más facilidad los diminutos pescaditos fritos llenos de espinas que estaban listos hace rato y que acompañaron el almuerzo.

Alicia los había comprado horas antes, cuando el vendedor se acercó al patio y entró por uno de los costados (tenía una entrada lateral que daba a la calle) y ofreció su mercadería. El patio también era el terreno de compra y venta. No sólo pasó el pescador, sino que también un joven ofreció jabones sin éxito, y una mujer mayor con velo islámico y rasgos árabes sacó de su gran cartera decenas de artículos de belleza para las mujeres. Pinta de labios, cremas, jabones para el rostro, pequeñas carteras tipo sobre, anillos y colgantes. Las mujeres de la vecindad se acercaron a analizar el convite, hurgaban entre los productos y hacían algunos chistes sobre lo refinadas que se verían con esos maquillajes. La mayoría compró algo.

¿Los hombres de las familias? Casi no aparecían por allí. Los que no estaban trabajando estaban en los cuartos mirando televisión o en la calle. Sólo aparecían cada tanto con grandes baldes para usar las letrinas, y miraban distantes lo que pasaba en el mundo de las jefas del hogar, que parecían contentas, aunque por momentos, el silencio reinaba y las miradas se perdían en el vacío, y algunas se quedaban como hipnotizadas, pensando en algo imposible de imaginar, o con la mente en blanco, pasando el tiempo de otro día más en el patio compartido.

Así trascurren los días del devenir cotidiano de las mujeres de esta humilde vecindad en la localidad de Ilala, en la zona central de Dar es Salaam, la ciudad más poblada de Tanzania, que tiene el aspecto de un pueblo grande más que el de una capital.

Algunas también trabajan fuera del hogar. Ayudan con la economía. Pero en su mayoría su rol se reduce a la casa, cocinando y limpiando, y al cuidado de los pequeños. Para las sociedades modernas puede ser el atraso, para los tanzanos, es lo dado, lo normal y cotidiano.

 

JII. Dar es Salaam, Tanzania. Julio 2014

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