Paraíso infernal

Era el lugar que estaba esperando encontrar. Después de meses de desierto, valles, montañas, ríos, campos, lagos, llanuras, me reencontraba con la playa y el mar. Mi primer contacto con el Océano Indico, en el condado de Mombasa, cerca de Kilifi, en la costa sur de Kenia.

Mar turquesa y manso en la orilla, y en el fondo, tras la barrera de colares, de color azul intenso, con oleaje embravecido. Altas palmeras adornaban los jardines de los hoteles cinco estrellas, que terminaban cuando empezaba la arena blanca como la harina, donde se mezclaban algunas algas y ramas traídas por el mar y la lluvia. El contexto de la naturaleza, y también de la civilización, no podían ser mejores.

Pero estaba solo. Profundamente solo. Había un silencio acogedor. La naturaleza estaba quieta, apenas se percibía el sonido del mar que llegaba suavemente a la orilla y se retiraba tímido. Algo me impedía el disfrute pleno, no me podía relajar y contemplar el estático océano que regaba la bahía cuyas suaves curvaturas en los extremos estaban cubiertas de vegetación que se trepaba por los empinados acantilados que no permitían ver más allá.

“¿Un paseo en barco?”, preguntó casi resignado en moreno delgado, con barba desprolija, que andaba con unos shorts elaborados con un jean cortado a la altura de las rodillas y una remera agujereada.

Las hermosas playas del sur de Kenia

Las hermosas playas del sur de Kenia

“¿Alguna artesanía?” Las ofertas eran casi por inercia, sabía que no le iba a comprar, pero igual hacía el intento, no tenía más remedio. Era el único “muzungu” (extranjero) con el que se había cruzado. Me siguió unos metros más por las desérticas playas que son las prolongaciones de los jardines de los lujosos hoteles que lucían totalmente vacíos. Aceptó gustoso cuando le convide un pedazo de budín en un parate de la caminata.

Me señaló  su bote a remo con el que va a pescar. Estaba anclado cerca de la orilla, estático como su estancada economía. “Sobrevivimos con la ayuda de dios”, suspiró Jimmy. Pescan y venden parte de lo que el mar les da, es su único ingreso desde que el turismo se alejó de las costas de Kenia.

A lo lejos se veía caminando una pareja de morenos, que parecían turistas locales, que se fueron acercando y pasaron delante de nosotros cerca de la orilla de las angostas y desoladas playas. Iban escoltados por otro vendedor, que se detuvo al verme. “Estas artesanías son un nuevo diseño”, dijo mostrando sus llaveros de piedras negras tallados a mano, con forma de peces, tortugas y delfines.

“No hay turistas, tienen miedo de las bombas”, expresó resignado este otro muchacho tras mi negativa a comprarle. Los recientes ataques en Mpeketoni, cerca de Lamu, en la costa norte, a más de 300 kilómetros de allí, –donde murieron más de 60 personas- no hacen más que menoscabar esta industria que supo ser el sostén de la economía de Kenia, que desde hace unos años viene sufriendo atentados terroristas y conflictos tribales por poder y otras cuestiones incomprensibles.

El contexto paradisíaco, que tenía todos los condimentos que uno se imagina que le darán felicidad, quedó reducido a la nada, pasó a un lejano segundo plano por la desesperante situación que rodeaba esas hermosas playas y la vida de los que allí subsisten con lo que tienen a mano. Ellos son los que más sufren los reveses económicos que traen aparejados esos enfrentamientos entre grupos tribales y políticos, difíciles de comprender para los que no tenemos como dios al dinero.

Tenía que sentir felicidad, pero sentí tristeza. Me di cuenta como pocas veces que mi estado de ánimo está mucho más allá de los efectos beneficiosos que pueden generar un mar turquesa, la arena blanca y las magníficas palmeras. También me di cuenta que todas estas sensaciones son imposibles de transmitir dentro de los relatos que uno puede garabatear sobre un viaje. Resultan inabarcables, pero son parte inseparable e inenarrable de las experiencias que uno va teniendo. Estos intrincados laberintos psicológicos, con los que cuesta lidiar, y que cruzan cada uno de los momentos que vivimos, pueden más que cualquier ambiente o contexto, por más similar que sea a la imagen que tenemos en nuestras mentes sobre lo que es un “paraíso” o una lugar donde relajarse y encontrar la felicidad.

En unos años, cuando vea las fotos de estas playas, seguramente habré olvidado estos intercambios efímeros con los vendedores y la compunción que sentí, y cuando otros las vean, se imaginarán un contexto de relax y disfrute, muy alejado al que experimenté cuando estuve allí.

 

JII. Mtwapa, Kenia. Junio 2014.

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2 Respuestas a “Paraíso infernal

  1. excelente muy bueno todo, en febrero voy a visitar kenia es seguro andar por las calles, que playas me recomendarías… o las de tanzania son mas lindas, gracias. fernando

    • Qué tal Fernando. Es un país sumamente interesante para visitar Kenia. Las ciudades pequeñas como Nakuru o Nanyuki son tranquilas, la capital Nairobi es un poco peligrosa como toda gran ciudad, pero no dejes de visitarla. La costa norte del país, al menos cuando yo estuve ahí no estaba muy tranquila (grupos radicales de Somalia atacaban pequeños poblados),pero todo es muy cambiante en estos países.
      Las playas del sur cerca de Mombasa son muy lindas, pero las de Tanzania, sobre todo en la isla Zanzibar son mejores!
      Suerte y que disfrutes de este gran país!

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