Los protestantes

“Spirit Foundation Ministry”, decía un cartel de lona pequeño colgado sobre la puerta. Las calles de tierra, con casas humildes, de madera, están a tono con esta “iglesia” –una de las miles congregaciones y “ministerios” presentes en Kenia-, construida a base de troncos y chapas. La estructura, de unos 15 metros de largo por 10 de ancho, estaba abarrotada de gente cuando Kimani entró con su familia por la puerta principal. Nadie hizo la señal de la cruz. No se veían cruces ni imágenes de Jesús. De allí, los hombres fueron hacia el lado derecho, guiados por el acomodador. Las mujeres fueron del lado izquierdo, y los jóvenes se quedaron en el centro. Atrás de todo, cerca del ingreso, se ubicaban la decena de niños de todas las familias, cuidados por unos muchachos pertenecientes a la “fundación”. Al frente, en el centro, en sillas de plástico con apoya brazos, estaban los que presidieron la ceremonia.

El contexto era de canto y baile. En el escenario ubicado en el fondo, que no contaba con decoración alguna, sólo unas cortinas azules y rosadas y un pequeño cuadro con el nombre de la congregación y dos palomas blancas, un grupo de 10 jóvenes se movían al ritmo de la música que amplificaban unos parlantes dispuestos en los extremos de la plataforma central.

Parecían seguir un pasito mientras mujeres entonaban canciones movidas, que motivaban a sacudir el esqueleto. Los pequeños en el fondo también bailaban, todos los hacían. Algunos también se animaban a seguir a los muchachos del escenario, que mostraban una notable destreza para moverse. Se los veía sonrientes.

El momento del baile durante la misa protestante en Nakuru

El momento del baile durante la misa protestante en Nakuru

Algunos pequeñitos vestían el uniforme que llevaban los adolescentes que guiaban el baile. “Juniors dancers” se leía en las camisas blancas con letras azules sobre el costado derecho del pecho. En la espalda tenían inscripto el nombre de la congregación. El baile y el movimiento removían el calor del ambiente. Las chapas captaban todo el sol del mediodía. Un solo ventilador de techo del lado de las mujeres mayores se movía a duras penas.

De golpe, a las 11:45 exactas, todo quedó en silencio. Se apagó el alboroto de golpe, sin aviso. Un silencio sepulcral invadió la atmósfera. Una mujer, muy elegantemente vestida (todos vestían de manera muy formal), subió al escenario, dijo unas palabras y todos comenzaron a rezar. Primero fue con susurros, pero el bullicio fue in crescendo. No era un coro que oraba al unísono. Cada uno rezaba por su cuenta, ensimismado. Algunos apoyaban la cabeza en los respaldos de los bancos de madera alargados de adelante. Algunas mujeres se llevaban sus pañuelos a la nariz y a la boca, visiblemente emocionadas. El murmullo llegó a niveles elevados, se transformó casi en un griterío. Comenzó a correr una leve brisa por las ventanas, que eran cuadrados donde las largas chapas que oficiaban de paredes estaban geométricamente cortadas.

Tras unos 15 minutos de tristes súplicas, otra vez el silencio sepulcral. Fue entonces cuando comenzó la obra de los pastores. Otra vez la mujer subió al escenario y comenzó su monologo en suajili, mezclando algunas palabras en inglés, e intercalando los universales “aleluya”. Primero su tono fue medido, pero su efusividad fue incrementándose. Esto también excitaba al público, que contestaba más fuerte los “amén”. Durante el discurso la gente repetía una expresión muy difundida en Kenia que consiste en estirar la letra “e”, como para asentir alguna afirmación. “Eeeee”, “Amén”, “Eeeee”, “Amén” (que al ser pronunciado en inglés se escucha como “eimen”). Esas eran las participaciones de los fieles, que seguían los discursos altisonantes de la mujer.

Tras el paso de otras dos mujeres, que hablaban por lapsos de unos 10 o 15 minutos, subió el pastor, con su impecable pantalón de vestir negro y su camisa blanca que escondía una importante barriga.

El discurso en Suajili y “Kikuyu”, la lengua de la tribu más numerosa de Kenia (donde conviven 42 grupos étnicos) también mezclaba algunas palabras en inglés. Básicamente hablaba de lo poderoso que es dios, y como actúa en cada acto de la vida cotidiana. Ante todo está él. Nada es obra del azar, de la buena suerte, todo es obra de él, que es el protector de los fieles, el guía en esta vida, el que hace tolerable los pesares y sufrimientos del más acá, para brindar una merecida recompensa en el más allá.  “Dios es uno solo, algunos lo dividen en tres: el padre, el hijo y el espíritu santo, pero nosotros creemos que es uno sólo”, explicó Kimani sobre las creencias de los protestantes, uno de los grupos cristianos más numeroso en Kenia.

El pastor tiene carisma. Es un actor. Gesticula, señala al rebaño, habla de casos particulares que pueden aplicarse a la vida en general. La gente por momentos ríe. En otros momentos se torna soporífero el relato. Algunos nenes en el fondo no aguantan el sueño. Otros miraban hacia los costados buscando algo interesante. Parecían no entender nada de lo que estaba pasando, pero se comportaban muy bien. Al cabo de dos horas empezaron algunos llantos y movimientos de los pequeños que soportaron estoicamente todo ese tiempo que les quitaron de sus irrecuperables niñeces.

Cuando el discurso del pastor parecía caer en un pozo, remontó la situación haciendo pasar al escenario a varios del público, entre ellos, las mujeres que habían dirigido la ceremonia antes que él. Una mujer se arrodilló en una alfombra que mandaron a traer y otra posó sus manos sobre los hombros. Todos rezaron conjuntamente. El pastor, cuando volvió el silencio, comenzó a entonar una canción que parecía cantada en una lengua tribal, que sólo él conocía. Fue el único momento que uso el micrófono, y obligó al sonidista a acomodar algunas perillas en la consola de sonido.

"Misa" protestante en Kenia

“Misa” protestante en Kenia

Después se produjo el discurso más efusivo y enfervorizado del mediodía. La primera mujer, de pollera y saco azul al tono, ajustados sobre su regordete cuerpo, despertó a los fieles. Empezó a caminar entre el público, apuntaba con su índice a determinadas personas. Sus gestos eran agresivos, parecían retos, pero los asistentes agradecían con otros gestos, elevando las manos, como empujando algo hacia el cielo. El pastor, desde el escenario, asentía con la cabeza y sonreía. Algunos pasajes del monologo de la apasionada morena despertaban risas. “Aleluya”, decía al terminar sus frases cortas, generando el “¡Amén!” generalizado.

Luego fue el turno de otro pastor, el más gracioso, que en su corto monologo despertó carcajadas de los asistentes.

Cuando terminó, el escenario quedó vacío. Un muchacho jovencito, vestido de negro, que había cantado al principio, dijo algo por el micrófono, y unos niños pasaron a juntar limosnas, con unas bolsitas de tela roja pequeñas, que en la parte de arriba tenían bocas angostas de madera para introducir los billetes. Los mangos también eran de madera, alargados, como para abarcar más espacio y acceder hasta las zonas más alejadas de los extensos bancos donde se ubicaban los fieles.

Cuando terminó el recorrido de los chiquillos, que depositaron las particulares bolsas al frente, en un costado del escenario, el pastor volvió a escena. Fue por todo el escenario señalando los diferentes sectores del público, para que vayan contribuyendo con más dinero que en este caso iba directo a sus manos. Eran donaciones para construir una capilla de material allí donde estaban reunidos, para reemplazar a las rústicas estructuras de troncos y chapas.

El hombre daba cifras del dinero necesario para la obra mientras apilaba billetes en sus manos, que luego contaron sus asistentes, como para que el pastor diera la cifra del total recaudado antes de terminar la ceremonia.

El pastor dio las gracias, indicó que los fieles podían ir en paz, y se despidió hasta el próximo domingo.

Lentamente la gente comenzó a retirarse. Todos se saludaban. Algunos se quedaban junto al pastor para realizar alguna plegaria más, pedir ayuda o escuchar consejos. Tras casi tres horas de ceremonia, los niños volvieron a la calle de tierra y comenzaron a jugar nuevamente con viejas cubiertas de ruedas de bicicletas y pelotas de goma gastadas; volvieron a sonreír.

 

JII. Nakuru, Kenia. Junio 2014

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Una respuesta a “Los protestantes

  1. Parece una escena de una película….a veces lo q en la pantalla de cine es muy real aunq parezca mentira…..

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