Caminata por Nairobi

Como todas las capitales, Nairobi en Kenia, muestra la paleta de colores completa con la que se pinta el país. Allí está el movimiento, el ruido, los negocios, las sedes de las grandes compañías, el dinero, el centro de la administración política, la corte suprema, el banco nacional, pero también está el pequeño comercio, la informalidad, los sin techo, los ladrones, la inseguridad.

Si uno camina por el “distrito central de negocios”, el paisaje es el de una capital mundial. Allí se encuentra la Nairobi globalizada, a la que arribó el sistema con todas sus armas. Se ve una ciudad moderna y pujante con edificios enormes, vidriados, con diseños de vanguardia y formas excéntricas, aunque priman los rascacielos tradicionales y cuadrados.

Las calles están limpias, no se puede fumar en la vía pública, y hay espacios verdes amplios como el “Central park” y el “Uhuru park” (el nombre del actual presidente) donde se puede descansar plácidamente. Son pulmones dentro del gigantesco conglomerado urbano que abarca unas 50 cuadras a la redonda. Allí se respira paz, el paisaje parece estático en contraste con lo que pasa apenas unos metros más allá.

Esa es la Nairobi que se parece al mundo, la que perdió sus rasgos propios, con gente despersonalizada, yendo de acá para allá trajeada e híper conectada con las nuevas tecnologías. Lo único que distingue a esa Nairobi de cualquier capital mundial son las fisionomías de las personas. Los negros son corpulentos y macizos y las negras tienen glúteos prominentes y ocultan sus cabellos afros con prolijos trenzados, o bajo pelucas, o con alisados poco naturales, o con rulos al estilo occidental.

En esa zona no están permitidos los vendedores callejeros; es la única parte de la ciudad en la que se puede caminar por la vereda con tranquilidad y contemplar las decenas de negocios de venta de teléfonos celulares y los distintos supermercados con productos que llegan de todos los rincones del planeta.

Más allá, alejada y ocultada, está la otra Nairobi, la informal, la jungla donde la clase que sobrevive se codea para subsistir. Hay vendedores por todos lados. El pequeño comercio es el sostén de la economía de la mayoría de los kenianos. Se compra y revende todo, absolutamente todo. Esas chirolas que quedan en el camino mantienen miles de hogares.

Allí cuesta respirar. El aire está totalmente viciado por el humo de los “matatus” -los extravagantes colectivos de los pobres-, y la tierra de las polvorientas y sucias calles. Los restos de los mercados improvisados que se montan en cada rincón de las veredas, indefectiblemente van a parar a la vía pública; esa misma vía pública que sirve de asentamiento de los puestos callejeros de variada rusticidad, con vendedores desparramados en el piso desplegando sus productos sobre mantas o sobre esas bolsas irrompibles donde se trasladan las papas.

Los que más cerca están del centro están en zona de riesgo; allí la policía y los militares con sus ametralladoras pueden removerlos de manera nada sutil, por lo que cada tanto se desatan corridas de vendedores que embolsan sus productos –generalmente vestimenta, que se comercializa a precios ridículamente económicos- en un santiamén y corren algunos metros más allá, donde la las fuerzas represivas no se entrometen y vuelven a desplegar sus ofertas con la misma rapidez con la que las ocultaron y cargaron al hombro para huir de la ley.

También están los mercados más estructurados dentro del océano de la informalidad, donde se ven centenares de puestos sumergidos en la precariedad, que parecen superponerse unos encima del otros en terraplenes enormes que parecen cubiertos por los toldos de las casillas de madera donde se exponen las chucherías, los alimentos, las zapatillas y zapatos y todo lo que quepa en la imaginación.

Las alertas por posibles hurtos son constantes. Los “musungus” -como llaman a los extranjeros-, llaman la atención y son vistos como adinerados que viven en el progreso, por lo que son presa codiciada de carteristas y rateros de poca monta, que según las malas lenguas, abundan en esta ciudad.

Cuando se traspasa ese cordón atestado de ofertas que bordea el prolífico centro empresarial y político –con dificultades, ya que cuesta caminar por allí entre los vendedores que se asientan en las angostas veredas y los colectivos y combis que se detienen en cualquier sitio a cargar pasajeros- se llega a los barrios humildes, que son amplia mayoría en Nairobi.

Allí están los edificios de ladrillos y boques de piedras descascarados, de no más de seis o siete pisos, que parecen todos iguales, como si fueran monoblocks. Las calles son de tierra en su mayoría. En los balcones cuelga la ropa que le da un poco de color al escenario gris, deslucido y opaco de estos suburbios que de noche parecen tenebrosos. Entre las prendas, que se secan al tibio sol que aparece poco en el invierno de Nairobi, también se ven los enormes bidones, palanganas y tanques de agua, que se llenan hasta el tope cada vez que la empresa se digna a enviar este recurso básico. Con esa agua que se extrae de las bocas de las calles, se cocina, se lava ropa y utensilios, se hace circular el agua de los inodoros, y la gente se baña, a puro baldazo. El servicio eléctrico, a diferencia de otras capitales africanas, es bueno, no se producen cortes.

Obviamente se encuentran decenas de comercios allí también, en esas zonas postergadas, donde la vida transcurre impasible e imperturbable ante lo que ocurre en el centro de poder. Pero allí predominan los viejos oficios no los pequeños intermediarios. Peluqueros, carpinteros, herreros, pequeños restaurantes domésticos, se reparten en las áreas comerciales de los barrios, generalmente ubicadas cerca de la calle o avenida asfaltada por donde circula el transporte público.

Las veredas de tierra están separadas de las calles por zanjas que evitan inundaciones. De noche puede ser riesgoso cruzar del otro lado ya que no hay alumbrado público y los precarios puentes de maderas o tablones que sirven para traspasar estas fosas de medio metro -que se utilizan también como tachos de basura-, no se divisan con claridad. Se camina en penumbras, guiado por las amarillentas bombitas de los puestos que dan a la calle, y las fogatas de las vendedoras de pescado frito, que apilan las presas ya cocinadas sobre mostradores que montan con lo que tienen a mano. Allí, amontonados, los pequeños pescaditos aguardan a que los vecinos se los lleven en sus bolsitas de nylon por un puñado de chelines.

Cada barrio también cuenta con su pequeño mercado -montado en el ambiente delantero de la vivienda de una reconocida vecina-, con las pequeñas carnicerías donde cuelgan las medias reses que se despedazan en el mostrador que da a la calle, y con los infaltables mercados de frutas, donde decenas de personas ofrecen lo mismo en el mismo lugar, una de esas extrañezas del pequeño comercio, donde la competencia se junta, quizá para compartir ganancias y pérdidas.

Por allí no se ven personas con atuendos tan prolijos, el look es más casual, sin tanto rebusque, excepto aquellos que van a trabajar –y modelar- al centro, y vuelven a sus hogares en horas de la tarde, tras atravesar los gigantescos atascamientos de tránsito en las arterias más importantes de la ciudad, que desembocan en estrechas callejuelas no aptas para tanto caudal de autos, combis, colectivos, “matatus”, camiones, motos y tricimotos.

En Nairobi se aprecia el contraste social como en pocas ciudades; está materializado en dos sectores claramente delimitados, donde se aglutinan las dos clases del sistema, por un lado los que gobiernan y manejan los negocios, y por otro los que subsisten arañando migajas de lo que se produce a otra escala y con otros valores.

Es chocante e impactante apreciar como conviven estas esferas que parecen autónomas pero que no lo son. Así como sorprenden las tribus en el norte del país que conservan sus rasgos y rituales ancestrales, anclando el pasado al presente, sorprende la división drástica de estos dos mundos, que son parte de lo mismo: la injusta modernidad.

 

Mirá las fotos de Nairobi.

 

JII. Nairobi, Kenia. Junio 2014.

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2 Respuestas a “Caminata por Nairobi

  1. Pingback: Galería de fotos: Nairobi, Kenia | PRÓXIMA ROTONDA·

  2. muy grafico tu informe…..muy duro…..muy real….algo q se repite a lo largo y a lo ancho de este mundo globalizado , cada vez mas desigual e injusto…..

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