Imaginarios falseados

“Mama Brian” vive con sus tres hijos en una casita de madera en medio de verdes campos del fértil Valle del Rift, en la zona centro-oeste de Kenia. Así la llaman por el nombre de su hijo mayor, Brian.

Se pasa casi todo el día en el campo, mientras sus hijos, de 15, 14 y 13 años, asisten a clases.

Mientras cocinaba “Ugali marrón”, una gustosa variedad de este plato tradicional -pero en este caso, a base de harina de trigo, no de maíz-, se mostraba muy curiosa acerca de lo que pasa fuera de Kenia.

Sentada sobre una piedra, manipulaba el fuego con mucha practicidad. Usó los trozos del choclo que no se comen. Son muy inflamables. Una sartén desfondada, mantenida sobre las llamas por dos rocas tipo adoquines, sirve de soporte para ollas más nuevas donde se hierve el agua para el Ugali, y donde se fríen las verduras silvestres de su granja. Las paredes de concreto, sin revoques,  de su pequeña cocina, estaban cubiertas de una capa negra producto del humo de su rústico horno.

Mama Brian, con el "Ugali marrón" casi listo

Mama Brian, con el “Ugali marrón” casi listo

Sobre un estante que se sostenía sobre una de las paredes de este habitáculo externo del hogar, de no más de dos metros de ancho por dos de largo, reposaban los exhaustos utensilios, utilizados una y otra vez para cocinar sobre el fuego de las maderas, que se prende en un rincón, debajo de este mostrador que nace y es del mismo material que la pared.

“Cuando pruebes esto no te vas a olvidar de mí. Es la comida de aquí, muy saludable, después de comer esto no necesitas comer más en todo el día”, decía esta morena de contextura ancha, maciza, mientras revolvía el Ugali, que se iba transformando en esa masa pegajosa en el período intermedio de cocción, el paso previo a llegar a su consistencia más sólida, cuando ya está listo para comer.

El diálogo con esta morena de 40 años, que quedó viuda hace más de 12 años, transcurría por el sendero de las infaltables y tramposas comparaciones. Su imaginario no concebía la posibilidad de que un blanco viva como ella, humildemente, en una casa de madera y chapas, llevando una vida de campesino, con las rusticidades y precariedades que ello implica.

“¡¿En serio hay blancos pobres?! No creemos que eso sea posible. Es lo que pensamos aquí”, dijo abriendo sus ojos y girando su cabeza. Por un momento sacó sus ojos del fuego para mirarme, y su cabello prolijamente trenzado se sacudió sobre sus hombros.

La sorpresa de esta simpática y gentil campesina se incrementaba al enterarse de todas las cosas en común que hay entre ella, una simple ama de casa, mujer de campo, y millones de sudamericanos. Tanta sorpresa generaba sorpresa. En sus fascinaciones, creadas a base de ideas prefabricadas que llegan a través de novelas, películas, y alguna que otra noticia aislada, no existía la posibilidad de estar emparentada con un blanco. La grieta que la distanciaba era enorme. No sabía casi nada del más allá, sólo imaginaba una vida “digna”, de seres envueltos en riquezas, algo a lo que ella no podía aspirar.

¿Cómo se llegó a esto? ¿Por qué este abismo entre iguales, hoy, en pleno siglo XXI? ¿Quiénes son los culpables de estas atrocidades, de estas deformaciones que generan estos prejuicios y preconceptos tan alejados de las realidades? Es hora de que empecemos a asumir nuestras responsabilidades, sobre todo nosotros, los comunicadores.

 

JII. Nakuru, Kenia. Junio 2014.

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Una respuesta a “Imaginarios falseados

  1. q interesante deben ser tus conversaciones con habitantes de este continente tan lejano no solo en distancia si no tambien en lo poco q ellos nos conocen y nosotros a ellos….gracias por acercarnos a sus costumbres….sus creencias…sus historias….sus diferencias con nosotros….siento q nos acercas a todos ellos….

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