De Etiopía a Kenia, una odisea

Tras más de tres semanas en Etiopía, ya veía con buenos ojos iniciar el éxodo rumbo sur, para cruzar la frontera y llegar a Kenia. Nunca pensé que esta tarea iba a ser tan cansadora.

Desde Hawassa, una linda ciudad al sur del país, con un precioso lago que la rodea, no hay transporte directo hasta la última ciudad (o pueblo) llamada Moyale. Primero hay que ir en minibús (las combis que cargan casi 20 personas) hasta Dilla, que queda a unos 90 kilómetros.

Para recorrer ese trayecto se demora casi tres horas. Las rutas ya empiezan a estar destrozadas, y las obras de remodelación obligan a constantes desvíos. En unos años, los que hagan este trayecto lo disfrutarán, en 2014 fue una tortura.

Los paisajes son hermosos. Aldeas con chozas de barro y techos de paja, montañas al fondo con vegetación tupida de muchos tonos de verdes. El problema es que no se puede disfrutar de la vista por los volantazos del chofer para esquivar cráteres en el asfalto, o animales que se cruzan en el camino. Cabras, burros, vacas y en las partes más áridas, más hacia el sur, también camellos. Los monos que se ven no se meten en la ruta, sólo se acercan en busca de comida pero no llegan más que a la banquina.

Una vez en Dilla, tuve que subirme a un micro -de los grandes, cuadrados, de chapas duras y asientos estrechos- rumbo a Yabelo, el último pueblo de dimensiones considerables, es decir, con hotel y restaurants, antes de llegar a Moyale.

Un tramo de la ruta asfaltada al sur de Etiopía

Un tramo de la ruta asfaltada al sur de Etiopía

Esos 200 kilómetros fueron muy complicados. A la ruta llena de pozos se le sumo la lluvia, y las pinchaduras de ruedas, que obligaron al bus a detenerse en dos oportunidades. Además hubo un incidente poco claro antes de la localidad llamada Agere Mariam. Los autos, combis y micros empezaron a volver sobre sus pasos. Nuestro chofer se asustó y quiso hacer lo mismo, el problema es que retomó en un lugar equivocado y el micro se quedó encallado en la pequeña huerta de un vecino campesino de la zona.

Por la buena voluntad de un camionero y tras varios intentos fallidos, con los pocos materiales disponibles (unas sogas y alambres) lograron amarrar y sacar al pesado armatoste del barro.

Pero, ¿qué es lo que había pasado en la ruta? “Estas son las cosas que me hacen preocupar de mi país”, comenzó a relatarme Abraham, un estudiante de abogacía, de los pocos que hablaban en inglés y me informaba de los acontecimientos. Parece que un automovilista atropelló a un niño de una comunidad y huyó. En venganza, los vecinos amenazaron con disparar a todo aquel que pasara por allí. Y parece que así lo hicieron generando el despiste de un camión de esos que trasladan vacas, pero que estaba trasladando gente. No hubo heridos pero si mucha confusión. Los curiosos rodeaban la ruta y los dos policías que llegaron lograron calmar los ánimos y reabrir el paso.

La cuestión es que entre una cosa y otra, demoramos más de 8 horas para llegar a Yabelo (también hubo un control aduanero en el medio, muy lejos de la frontera, síntoma de que allí no hay controles, y el país propiamente dicho llega hasta 300 kilómetros antes del límite). Ya era de noche por lo que tuvimos que dormir allí, y los 200 kilómetros hasta Moyale hacerlos al otro día.

El colectivo encallado en un huerta de un pueblo al sur de Etiopía

El colectivo encallado en un huerta de un pueblo al sur de Etiopía

Por primera vez, en los hoteles había precios para locales y precio para “blancos”. Me habían dicho que así era en Kenia, pero en Etiopía no me había pasado.

La ruta de Yabelo a Mega -unos 100 kilómetros- está terminada. Fue un placer. El micro era igual de incómodo e iba igual de saturado de gente (algunos mascado chat, una especie de hoja de coca boliviana, otros chupando limón para no vomitar). Hubo que coimear a un policía porque la capacidad estaba totalmente desbordada.

Al lado del chofer, detrás de la palanca de cambios, arriba de donde se ubica el motor de estos micros chinos antiguos, hay un espacio muerto que queda, pero obviamente se aprovecha. Está cubierto por almohadillas para simular que es un asiento más, y allí se ubican por lo general dos personas más, que viajan o de frente, estirando las piernas para adelante, al lado del chofer, o de espaldas, estirando las piernas para atrás, cerca de la puerta de entrada. El problema es que había cuatro personas allí, entre ellas una niñita preciosa, morena, con ojos con rasgos árabes, y su velo musulmán con incrustaciones de piedras coloridas con formas florales. Por 50 birrs el policía hizo la vista gorda. “Cobran 1200 birrs los policías, están obligados a hacer esto”, intentó justificar el futuro abogado.

La niña musulmana en el colectivo rumbo a Kenia

La niña musulmana en el colectivo rumbo a Kenia

Los últimos 100 kilómetros etíopes son de tierra y más áridos. Dentro del monótono paisaje se destacan los enormes hormigueros. Son como angostas esculturas de barro que van hacia arriba y alcanzan casi dos metros de altura con formas muy diversas. Parecen los edificios de las hormigas.

Una vez en Moyale, tras 3 horas de viaje (nada comparado al día anterior) hay que ir a migraciones. El sellado de salida no demandó demasiado tiempo. Hay que cruzar caminando por un camino de asfalto donde hay una barrera que indica que de un lado es Etiopía y del otro Kenia. Allí, un moreno uniformado, ya perteneciente a las fuerzas armadas kenianas, con su respectiva ametralladora, amagó a revisar los bolsos pero se contentó con la explicación de que sólo había ropa y objetos personales.

Advertencia en el hotel de Moyale

Advertencia en el hotel de Moyale

El sellado de pasaporte de ingreso a Kenia demoró un poco por un corte de luz, pero tampoco hubo problemas (ya tenía la visa de 50 dólares que había tramitado en Addis Ababa).

En el Moyale keniano no hay demasiado, sólo gente que cambia dinero, vendedores de chip de celulares, empresas de colectivos que te llevan a lugares con más cosas por hacer dentro de Kenia, y hoteles precarios para pasar la noche, ya que los buses parten todos muy temprano en la mañana.

Fue así que a las 6 partimos en un bus con destino final Nairobi. Si la ruta del lado etíope estaba mala, del lado de Kenia, esos primeros 300 kilómetros fueron una pesadilla. Además del camino de tierra lleno de pozos y montículos, los choferes van a todo lo que da, por lo que vas pegando saltos y golpeándote con los asientos de adelante y con tus compañeros de al lado. El peor viaje de mi vida sin dudas.

En ese primer tramo del lado de Kenia hay numerosos controles militares que revisan los pasaportes. A los etíopes no los tratan muy bien. Parece que hacen escala en Nairobi para pedir asilo político en Sudáfrica (arguyendo que son opositores perseguidos en Etiopía, una triste realidad) y van en busca de empleo allí. Los que no tienen los papeles en regla coimean a los militares y siguen. Así funciona en todos estos países. Los argentinos conocemos muy bien el procedimiento.

Otra de las barreras ficticias. De un lado Etiopía, del otro Kenia...

Otra de las barreras ficticias. De un lado Etiopía, del otro Kenia…

La ruta es una especie de rally y safari de los pobres. Otra vez muchos animales. Hasta se ven algunos pequeños tigres, tipo yaguaretés. Los monos ya son más grandes, y en las partes de la sabana más áridas también se ven camellos.

En el trayecto van subiendo y bajando personas. Entre ellas, subieron unos indios masáis, con sus tradicionales atuendos, unas polleras amarradas a la cintura y el torso desnudo en donde se veían cicatrices en líneas rectas que les cruzaban el pecho. “Cazan leones con esas lanzas”, me comentó un politólogo que iba rumbo a Nairobi en busca de una nueva vida, ya que en Etiopía, con el régimen burgués y la democracia de ricos no había lugar para jóvenes pobres como él.

Los tramos de asfalto eran una bendición, pero no llegaron hasta los kilómetros previos a Isiolo, la primera ciudad donde decidí detenerme a descansar una noche tras el tortuoso trayecto que fue una verdadera odisea. De Moyale a Isiolo, 11 horas más de saltos, golpes, ruido de los vidrios que rebotaban en los marcos metálicos y la tierra que entraba por las ventanas. Así fue el ingreso a Kenia, una de las fronteras más complejas del continente…

 

JII. Etiopía/Kenia. Junio 2014.

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3 Respuestas a “De Etiopía a Kenia, una odisea

  1. q relato!!!!!……me canse e imagine cada cosa q describis……me imagino durisimo…..por suerte llegaste sano y salvo….imagino tu espalda…..

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