Dolorosa llegada a la capital

Desde Bahir Dar a Addis Ababa no hay más de 650 kilómetros, parecía un viaje más, tranquilo, 6 ó 7 horas, pero no lo fue.

La opción más económica muchas veces no dista mucho de la opción más costosa. En este caso sí. Viajar en el colectivo público, por 186 birrs (menos de 10 dólares), en vez de la opción confortable que costaba el doble, tuvo sus dificultades, pero así y todo, sigo prefiriendo la opción popular.

A las 5 de la mañana había que estar listos en la terminal. El boleto se compra por adelantado y los asientos son numerados, toda una novedad, pero de todos modos, hay que estar media hora antes de la salida para cargar todo el equipaje en el techo -amarrado con sogas y cubierto por lonas azules-, y alistar el micro. Además, como de costumbre, hasta que no se llena, el colectivo no sale, por lo que hay que esperar siempre a los pasajeros de último momento.

El colectivo en una parada para orinar en el medio de la nada

El colectivo en una parada para orinar en el medio de la nada

Los asientos eran tan pequeños que el largo del fémur iba de respaldo a respaldo, obligando un constante roce de las rodillas con el asiento de adelante. A diferencia de la mayoría de los micros del mundo, estos viejos armatostes cuadrados tienen una fila de tres asientos de un lado, y dos del otro. Obviamente me tocó en la fila de a tres y en el medio, pero como llegue temprano me puse contra la ventana y aproveche mi condición de extranjero para hacerme el distraído por si alguien reclamaba el lugar.

Por suerte en el medio viajó una pequeña muchachita musulmana, que vestía su tradicional velo color negro, que solo dejaba ver su aniñado rostro. Como ocupaba sólo una porción de su asiento, nos permitió  abarcar parte de su escueto territorio.

El respaldo era tan recto –y no se podía reclinar claro está- que te hacía encorvar; por más que pretendías enderezar tu columna y apoyar la nuca para descansar el cuello, no había forma; encontrar una posición cómoda era misión imposible, sólo quedaba buscar la manera que no duela demasiado ninguna parte del cuerpo.

Todo lo poco confortable de los asientos –la gente por momentos se paraba para estirar las piernas, cuando ya no soportaba más, y viajaba agarrada de los caños del pasillo, de pie, cómo en un micro interurbano- fue matizado por el reconfortante paisaje del norte etíope.

El amigo esperando algo de comer

Montañas arboladas, campos sembrados, distintos tonos de verdes, pueblos y aldeas que parecen detenidos en el tiempo, acantilados rocosos que parecen venirse encima de la ruta, un show natural. Los animales como siempre aportan los suyo. Además de los típicos burros, cabras, ovejas y vacas, se sumaron los monos salvajes, que alejados de las zonas pobladas, se acercan a la ruta a agarrar los alimentos que tiran los pasajeros.

Mi amiga musulmana me tocaba el hombro y me señalaba el exterior para que no me pierda ninguna postal. Con sus palabras sueltas en inglés dijo que se llamaba Beth -o algo así-, que tenía 29 años –parecía al menos cinco años menos-, y que era oriunda de Gondar, pero que su familia residía en la capital del país. Como muchos y muchas, se sorprendió cuando le dije de mi soltería.

La parada a comer pasado el mediodía en un pueblo a mitad de camino trajo un poco de alivio y dio fuerzas para el resto del viaje, que en total demandó unas 11 horas.

Finalmente, tras la requisa policial a la entrada de la ciudad, llegamos a Addis. Parecía misión cumplida, pero no, faltaba lo mejor.

En la precaria terminal, un galpón grande cercado de chapas altas, sin idea de cómo llegar a donde me iba a alojar, se empezó a juntar gente a mí alrededor. Un muchacho que viajó en el asiento de adelante me prestó su teléfono para llamar a mi contacto en la capital, y fue muy servicial. Como siempre, los tacheros están al acecho de los “ferenji” como le dicen a los extranjeros. Quería cobrarme 400 birrs para llegar a Ayat, una localidad al este de la gran y desordenada ciudad.

Entonces apareció otro hombre, de correcto inglés, que muy servicialmente me dio un panorama de las posibilidades: “Si querés podes negociar con el taxista, quedarte en un hotel por esta noche, o ir en taxis compartidos hasta Ayat, pero ya va a ser de noche”.

Opción tres, enojo del taxista y a buscar la parada de los “taxis compartidos”, que son las combis que llevan a unas 15 personas entre recorridos arbitrarios que definen el chofer y el ayudante -el encargado de cobrar, abrir y cerrar la puerta corrediza y que va gritando los destinos por la ventanilla con el fajo de billetes de 1, 5 y 10 birrs en la mano-.

En la caminata por un calle de tierra y piedras, bordeando lo que será el futuro metro de la ciudad, el hombre que me guió, de unos 60 años, me contó un poco de su vida. Resulta que fue un funcionario del gobierno comunista de Etiopía, que gobernó desde 1974 -tras desbaratar el sistema monárquico-clerical-, hasta 1991, cuando todo el bloque comunista internacional se fue a pique tras la caída de la URSS.

Su buen inglés lo aprendió en Bulgaria, en sus años de funcionario. “Mucha gente blanca me ayudó allí”, dijo como para explicar su cortesía y amabilidad sin pretender nada a cambio.

El hombre ahora está desempleado, se enfermó y tuvo que dejar de trabajar en la industria de la construcción, y vaga por la capital, sin familia, ni ingresos, durmiendo en pensiones de un dólar la noche.

“Con el comunismo tenía una posición alta, quizá por eso no me quieren tomar en los empleos”, explicó.

“Que tenga un buen viaje y una buena estadía”, se despidió el hombre tras indicarme la fila donde debía aguardar el minibús que me llevaría al primer destino, “Megenagna” (que se pronuncia “medganania”).

Tras la larga espera pude subir a una de las combis –la gente respetó la larga fila pese a que empezaba a oscurecer-, y viaje al lado de un señor que llevaba una gallina viva enrollada entre trozos de goma espuma.  El pasaje, 5 birrs.

El primer destino era el lugar central donde arriban todos los colectivos y desde donde salen en diversas direcciones para abarcar toda la ciudad. Un lugar oscuro, al lado de una autopista, donde los grandes micros y las combis se ubican por sectores según el destino que tengan, pero el caos es importante.

No fue fácil subirme al micro –esta vez uno grande, más barato; 2 birrs- totalmente sobrecargado de gente amuchada en el pasillo y en todo hueco disponible. El ayudante amagó a hacerme bajar porque ocupaba el lugar donde podían ir dos o tres personas con mis mochilas, pero los demás pasajeros me hicieron señas que me quedara y pusieron mi mochila en el espacio que queda detrás del respaldo del chofer, frente a la primera fila de asientos. Colaboracionismo de clase.

Tras otros 30 minutos de viaje, finalmente llegué a Ayat. Ahora sí, misión cumplida. Desembarco tortuoso en la capital, pero más que interesante. Si hubiera ido en el micro caro y cómodo, quizá no hubiera conocido a Beth, ni me habría cruzado con un ex funcionario comunista. Cosas que te da el viajar de manera popular.

 

JII. Bahir Dar/Addis Ababa, Etiopía. Mayo 2014.

Anuncios

Una respuesta a “Dolorosa llegada a la capital

  1. muy linda descripcion….muy buena eleccion del transporte mas barato….q te permitio conocer tan pintorescos personajes….y me encanto lo del colaboracionismo de clase…..deberiamos ponerlo mas en practica….porq a veces no se ve

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s