La promotora del Islam

El Castillo y la mezquita de Mohamed Ali, uno de los reyes egipcios antes de que los ingleses ocupen estas tierras, es uno de los lugares más imponentes del Cairo; está situado en un lugar estratégico desde donde se ve la enormidad de la capital del país.

Sus cúpulas y sus torres alargadas con terminaciones en punta se destacan dentro del complejo en el que hay otras edificaciones importantes, y más antiguas aún, como la mezquita de Al Nasir Mohammed Ibn Qala, otro sultán de la antigüedad, que erigió un precioso edificio en 1335 d.C. para honrar al dios Alá y realizar las plegarias.

Allí, a la derecha de la gran puerta de ingreso de madera, detrás de la hilera de columnas que sostenían un techo y que formaba una especie de galería interior que rodeaba el patio descubierto, había un curioso stand que parecía promocionar algo.

Sobre una gran alfombra había unos sillones que apuntaban a un plasma de 42 pulgadas, y contra la pared, una biblioteca sostenía decenas de libros. El cartel que había pegado en los estantes era llamativo: “Free books”.

Ante mi atónita mirada, se me acercaron dos mujeres. Una de ellas con su cabello tapado con un velo azulado, y la otra, totalmente cubierta con la tradicional túnica negra, hasta sus ojos, que sólo se veían detrás de una especie de seda transparente.

“¿De dónde sos?”, preguntó en tono cordial. Era la primera mujer con burka ortodoxo que se me había acercado tras casi dos meses de estadía en países musulmanes.

Tras unos breves chistes e intentos de hablar algunas palabras en español, la charla volvió al sendero del inglés. “¿Tenés unos minutos para hablar?”, preguntó la mujer. Claro que los tenía, estaba ávido de hablar con mujeres musulmanas.

Me preguntó sobre mi religión, mis creencias, y me regaló una guía de introducción al Corán. Cuando le conté que lo había leído casi por completo se entusiasmó, e indagó para saber más sobre mis propósitos en Egipto y estos primeros pasos que estaba dando en el Islam.

Sus ojos se vieron un poco decepcionados cuando le dije que era ateo –el peor de los pecados para los musulmanes-, pero no perdió su fe, y siguió con su tono maternal, explicándome las bondades de la religión musulmana. Su posición de escuchar, con las manos una sobre otra a la altura de la cintura, y sus preguntas sutiles y precisas, invitaban al diálogo.

Con su libreto bien estudiado, me rebatió las teorías científicas que le sugerí para hacer tambalear un poco el discurso. “La teoría del big bang dice que de una explosión surgió el universo. Ok, ¿Pero después de eso, quien ordenó todo? Fue Dios, el único, el creador…”; “Si Darwin tenía razón con su teoría de la evolución, ¿por qué hoy por hoy algunos simios siguen siendo simios, y nosotros somos personas con capacidad de pensar?”. Me agarró con la guardia baja y con mi limitado inglés no podía ahondar en detalles ni cuestionar mucho sus postulados.

“Debes seguir con tu búsqueda, todos tenemos un propósito en la vida, pero para eso debes saber quién es Dios, el único Dios.”

También me habló de los cinco pilares del Islam, que son dar testimonio de fe al único Dios “verdadero” y al profeta Mahoma; las cinco oraciones diarias; dar el “Zakat” o caridad de la riqueza personal; ayunar durante el día en el mes de Ramadán y el peregrinaje a la Meca como lo hizo Mahoma cuando emigró forzosamente de Medina (su ciudad natal en Arabia Saudita) por los  problemas con las familias acomodadas que se negaban a sus revelaciones. “Al menos hay que hacerlo una vez en la vida, a menos que estés imposibilitado”.

La otra mujer sólo reía con alguna de mis preguntas, la mujer de velo ortodoxo era la protagonista, la aconsejadora, la predicadora, la profeta moderna, la promotora del Islam.

Cuando le sugerí que me parecía poco creíble la teoría del cielo y el infierno, me explicó: “Es como cuando te evalúan en la escuela. El que no estudió no puede tener la misma calificación que el que estudió. El día de la Resurrección, vamos a ser juzgados de la misma manera”.

Cuando se tocó el tema de las mujeres, y la visión que se tiene desde el mundo occidental, me dijo que estamos totalmente errados, ya que el Islam les dio un estatus que no tenían en los otros libros sagrados y mejoró notablemente su condición en comparación con la dramática situación previa que vivían en los países del mundo árabe.

En cuanto a su velo ortodoxo, me dijo que no es ningún sacrificio, ya que ella eligió eso porque ama al profeta y a dios, y en el Corán se habla de cómo tienen que estar cubiertas las esposas de Mahoma. “En el paraíso no quiero ser una más, quiero estar cerca de dios y del profeta.” En el Corán también se menciona esta división entre meros creyentes y quienes tendrán un lugar privilegiado cerca de Dios por todas sus muestras de fe en la vida.

“¡Oh Profeta! Di a tus esposas, a tus hijas y a las mujeres de los creyentes, que deben bajar sus túnicas externas desde su cabeza sobre su rostro. Esto es más conveniente para que sean así reconocidas y no molestadas. ¡Pues Al-lah es el Sumo Indulgente, el Misericordioso!” (Pasaje del Corán, capítulo 35, versículo 60.)

“Muchas gracias por escuchar. Sé que es difícil porque tenés muchas cosas en la cabeza, pero sigue en la búsqueda del Dios creador.”

Sonó a despedida. Intenté estrecharle la mano al menos, por esta clase gratuita -que incluyó manual y DVD con oraciones musulmanas de regalo-, pero se alejó un paso hacia atrás. Entre risas, me dijo que no podía tocarla. “Es como con una princesa.”

JII. El Cairo, Egipto. Abril 2014. 

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Una respuesta a “La promotora del Islam

  1. Q buena experiencia haber podido charlar con una mujer musulmana.
    Escuchar sus justificaciones religiosas para explicar sus limitaciones dentro del entorno social tan difícil de entender para nosotros los occidentales.
    Tanto fanatismo para mi supera la sola cuestión de fe…

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