Caminata por El Cairo

Caminar por El Cairo es una experiencia fascinante. Sólo caminar para observar. Nada está quieto o en silencio. Todo es ruido, escándalo, movimiento.

Las calles son polvorientas, hasta en las zonas más urbanas y modernas. Hay polvo en todos lados y los autos lo remueven constantemente. Te seca la garanta y perturba la vista. Parece como niebla lo que borronea la vista de las edificaciones en el horizonte, pero es la mezcla de tierra con el preocupante smog de la superpoblada ciudad.

Los edificios en las zonas alejadas a la city parecen sin terminar. Son altos y se ven los ladrillos apilados y sostenidos con cemento, pero no es estilo “ladrillo a la vista” de algunos barrios coquetos modernos, es que no hay para más, sólo están para cumplir la función de dar techo y refugio. No hay revoques ni grandes decoraciones. La ropa cuelga sobre los balcones y se seca en pocos minutos con el imponente sol. Todo se ve descolorido, del tono de la tierra de la calle, menos esas prendas de vestir que le dan un poco de vida a la escena.

La populosa capital de Egipto

La populosa capital de Egipto

El panorama cambia cuando uno se acerca al Nilo. Allí está el lujo, los grandes hoteles iluminados, con diseños modernos y colores llamativos. Las grandes empresas también están apostadas allí, a orillas del monumental río que le da aire al recargado ambiente. Por la costanera, repleta de puestos de vendedores de té callejeros, se aprecia la pomposidad de la ciudad, con contrastes enormes y una desigualdad atroz.

El tránsito es caótico, convulsionado. No hay delimitaciones de carriles en las calles. Todas parecen doble mano pero en la mayoría de los casos no hay espacio para que circulen dos autos. Los automovilistas, que hablan por celular al volante sin pudor alguno, paran en doble fila, estacionan en cualquier lado y giran en “U” donde lo necesitan; es un gigantesco desorden que parece tener reglas y un marco de contención, por más contradictorio que parezca.

Las discusiones por maniobras muy riesgosas dentro de un contexto donde todas las maniobras son al menos riesgosas, son recurrentes. Los espejos retrovisores suelen ser las primeras víctimas.

Los peatones caminan por la calle, ya que las veredas -que por lo generales no tienen cordones- están repletas de comercios o autos estacionados y son muy angostas. Se cruza por donde se quiere, sólo hay que tener agallas. Se hace un gesto con la mano como para que los autos se detengan un poco y se va zigzagueando hasta llegar al otro lado. Hasta en las autopistas se ven cosas así. Allí, las paradas de colectivo están sobre las banquinas pero sin demarcaciones especiales. Las combis pegan frenazos para cargar o descargar pasajeros y obligan a los que vienen detrás a cambiar de carril, con el riesgo que ello implica por las grandes velocidades a las que se maneja.

Los bocinazos son el ruido ambiente permanente. La impaciencia por los enormes atascamientos del tránsito son una de las razones, y otra parece tener que ver con la forma de ser de los egipcios, que son ruidosos. Muchas veces no se observa razón aparente para tocar la bocina pero de todos modos los camioneros, los conductores de las viejas combis, los taxistas, los que manejan los “topos” (taxi-triciclos) y todo automovilista abusan de ella indiscriminadamente.

Los puestos de venta en plena calle al aire libre están por todos lados. Generalmente se asientan cerca de terminales de buses o del metro (el mejor medio de transporte de la capital y por sólo un pound egipcio; la relación con el dólar es de 7 a 1), o debajo de las autopistas. Se encuentra de todo a precios ridículamente baratos, como la fruta. Bananas, frutillas, duraznos, apenas un dólar el kilo aproximadamente, moneda más, moneda menos.

“Welcome to Egypt”, repiten una y otra vez los transeúntes. Las muestras de hospitalidad son asombrosas. Aunque siempre está el que quiere sacar rédito del turista, vendiendo algún suvenir o perfume a precios exorbitantes para los estándares del país.

Por las calles no sólo van autos, carretas a caballo o burros cargando varios kilos de frutas o verduras también son parte de la postal. Algunos campesinos llevan sus ovejas al medio de la ciudad y las alimentan con la basura, que está por todos lados. La gente tira papeles y todo tipo de desperdicios a la calle con una naturalidad que impacta. Montañas de desechos se encuentran en los lugares donde, por algún capricho del alocado planeamiento urbano, no hay construcciones. Decenas de gatos merodean, hurgando los restos. Los tachos de basura son un bien escaso en El Cairo.

El ruido te persigue a donde quiera que vayas. No importa si te alejas del centro de la ciudad. En todos lados hay convulsión, ritmo intenso, lo que cambia es la envergadura de los edificios y construcciones, que en las afueras son precarias. Por ningún lado se ven casas, todo va hacia arriba.

Lo más bajo se encuentra en el “Cairo islámico”, y son los grandes cementerios, que parecen ciudades pequeñas dentro de la monstruosa capital egipcia, con sus mausoleos donde descansan uno o varios muertos, dependiendo del espacio. Por la dramática situación económica, mucha gente vive allí, entre las tumbas, que tienen una particular forma, con dos pequeñas torres de material alargadas con terminaciones en punta en los extremos del sepulcro.

Allí, entre las tumbas, en las calles de tierra laberínticas, se encuentra un poco de silencio, pero las autopistas cercanas lo disipan rápidamente.

Las mezquitas del Cairo son muy distintas a las de Marruecos, que son estructuras muy altas pero rectas, cuadradas. En Egipto, las torres son cilíndricas, tienen decoraciones, desniveles y terminaciones en punta, tipo torres de castillos antiguos, con adornos arabescos. Cuesta encontrar dos iguales aunque todas siguen un determinado estilo. Muchas de ellas están iluminadas con bombitas de luces de colores tipo kermes, que rodean sus extremidades. Los llamados a la oración musulmana son distintos también, y los viernes, el día más concurrido a las mezquitas, cuando empieza el fin de semana, todo el rezo se trasmite por los altoparlantes.

Los cafés donde los hombres se juntan a ver fútbol, tomar té o café y fumar yiya, también se encuentran en todos los barrios. Los precios: té menos de 3 pounds, yiya menos de 5, café menos de 5 también. La yiya son unas pipas de agua de gran tamaño en las que se fuma un tipo de tabaco especial o saborizados, pero no se traga el humo.

El hábito de fumar está muy difundido. Se fuma en todos lados, está permitido hacerlo. En lugares cerrados, en los taxis (los conductores suelen ofrecer cigarros), por donde quiera que uno vaya. El Metro es el único lugar donde se respira un poco de aire puro, aunque en hora pico cuando va saturado de gente que entra y sale como un malón en las estaciones más concurridas, cuesta encontrar oxígeno. Una particularidad del metro es que las mujeres tienen sus propios vagones exclusivos, para evitar que se mezclen y queden en medio de estos apretones humanos que se producen en las paradas donde suele haber combinaciones entre las distintas líneas que recorren gran parte de la ciudad.

Se ven muchos velos islámicos y burkas ortodoxos entre las egipcias. Aunque las más jóvenes parecen adecuarlos a la moda, con colores y diseños más llamativos, combinándolos con sus demás prendas de vestir. Una curiosidad es que algunas lo utilizan para sostener sus celulares en sus orejas, a presión, sin utilizar las manos, que pueden estar ocupadas en otra cosa, como el volante del auto o cargando bolsas.

En cuanto a atractivos turísticos en sí, no hay muchos. Las pirámides están en Giza, un poco alejadas. También está el pintoresco castillo y la mezquita de Mohamed Alí, uno de los reyes del imperio egipcio antes de la llegada de la colonia inglesa. Lo más recomendable es el museo de historia y arqueología en la plaza Tahrir, realmente impactante por las piezas invaluables de las dinastías de los diferentes faraones, con más de 4000 años de historia, que se conservaron de una manera impresionante.

Pero sin dudas que lo más llamativo y asombroso del Cairo está en la calle, caminando, metiéndose en los mercados, en las zonas céntricas, escuchando los múltiples ruidos, observando el caótico transitar de la gente, olfateando el humo de las yiyas con aromas frutales y las nauseabundas pilas de basura. Todo eso está en El Cairo, una ciudad que marea y sacude las ideas de tanta información.

 

Mirá las fotos del Cairo.

 

JII. El Cairo, Egipto. Abril 2014.

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