Sahara libre

La convocatoria es sorpresiva, intempestiva. Las predicciones de ayer eran que, poco después del mediodía, nuestra ubicación sería en el auto de un comerciante, rumbo sur. Del comerciante ni noticias. Vamos, dice uno de los colegas locales. Un amigo. Un fenómeno del teclado. Música, té y más amigos. ¿Por qué no?

Dos van primero. Un local y un visitante. Otros dos van luego. Un local y un visitante.

La cita es en uno de los edificios de acá. Forma parte del mismo grupo. Por dentro es exactamente igual: el frente blanco y resplandeciente al sol, las puertas de madera barnizada, las escaleras de silencioso mármol, los timbres que se confunden con los botones para prender la luz del pasillo. El departamento preciso es una incógnita. Es fácil: solo hay que seguir la música y los coros. Segundo piso. Unos golpes a la puerta. Otros más fuertes. Es inútil. Adentro cantan y aplauden al ritmo del teclado.

El colega responde al sonido de su móvil. Viene a abrir. Tiene una amplia sonrisa en rostro. La está pasando bien. Estaba ansioso por llevar a los foráneos allí, con la música de su tierra y sus amigos del sur.

A los pocos pasos aparece la sala. Tiene un puntilloso diseño árabe. Sillones bajos forman un cuadrado de tres lados; por el faltante es la entrada a la sala.

Saludos rápidos con la mano. Incomodidad de la curiosidad. Nadie habla español o inglés, salvo los dos colegas conocidos, uno de ellos muy poco. El resto, casi seguro es la primera vez que ven a unos del sur de las Américas, al menos bajo estas circunstancias. Los visitantes, claro, es difícil que se acostumbren, a pesar de las distancias recorridas. Nadie podría hacerlo; todo es muy, muy diferente a lo que los ojos vieron.

El artista, por supuesto, está concentrado en lo suyo. Toca uno de esos teclados que cargan bases y, sobre ellas, sacude con destreza el ancho y complejo instrumento. En general se ocupa solo de las teclas, como si fuera un piano de cola. Pero también hay otros botones y perillas, que alteran la base, la distorsionan y generan sonidos nuevos.

Él nunca duda, con ninguna de las canciones que toca. Cuando es turno de la lírica, comienza en voz suave, para invitar a los nada tímidos coristas ocasionales. El resto lo sigue. Son siete saharauis, sentados en ronda, en comunidad, un día cualquiera de la semana, disfrutando la maestría del artista, quien ni siquiera toca por los aplausos. Él es, porque no podría no ser.

Hay uno, en la esquina cercana a la entrada, que tiene una habilidad particular. Está a cargo de la tetera y los vasos. Juega con ellos del modo en que un basquetbolista hace girar el balón en su índice. Se toma su tiempo. Sirve en un vaso, vuelca el contenido en otro vaso, luego en otro, y al cabo todo regresa a la tetera. Así un buen rato. Con el mismo movimiento hace girar el vaso, tomando el borde con su dedo gordo y su índice. Una y otra y otra vez. No canta, no hace palmas, no sonríe. Solo se dedica al té. Otro tipo de artista, un artista del té.

Uno de los colegas, estudiante universitario de historia y militante político (anónimo, pues es peligroso decir ciertas cosas en Marruecos con nombre y apellido), habla con uno de los tipos nuevos, que está con la computadora. Debe contarle la conversación que tuvimos anoche, pues enseguida el otro, para hacer conversación (sin lenguaje), muestra la bandera de la República Árabe Saharaui Democrática (RASD) y el símbolo de los ZZ. Simpatizan con la izquierda saharaui y abogan por la independencia de Marruecos. Se trata de un territorio que fue colonia española, los saharauis llevaron adelante una lucha por la independencia desde 1968,  los europeos se retiraron en 1976 y el territorio quedó bajo administración de Marruecos y Mauritania (tras los ilegales Acuerdos de Madrid). Mauritania, a su vez, se retiró en 1979, dejando el control en manos marroquíes.

Por aquellos años, en un espacio de frontera tripartita entre Argelia, Mauritania y el hipotético comienzo de Sahara Occidental (difícil de precisar), se formó un microestado independiente, con gobierno operando y todo. Es conocido vulgarmente como “Polisario”, por el nombre del frente que se organizó en 1973 tras las represiones españolas, aunque técnicamente es el territorio actual de la RASD. Ocho muros fueron construidos desde 1980 por Marruecos, constituyendo una barrera de unos 2700 kilómetros de longitud, para aislar al Frente Polisario y evitar el regreso de refugiados saharauis. De hecho, del lado argelino existen campos de refugiados, en obvias condiciones penosas. Muy poco es lo que se conoce de lo que efectivamente sucede en esta porción del norte del continente. Es una de esas complejas disputas territoriales que existen por toda África, continente al que más daño han causado diversas avaricias imperiales y coloniales.

En 1991 se firmó bajo el control de la ONU un alto al fuego, que implicaba el llamado a un referéndum que Marruecos nunca efectuó, alegando diversas excusas.

La soberanía marroquí sobre este territorio no cuenta con el reconocimiento de la ONU ni de ningún país del mundo, aunque existe cierto silencio de las potencias occidentales frente a la situación por razones de intereses. En los últimos años ha tomado un mayor estado público, especialmente en Europa, tras el estreno de “Hijos de las nubes. La última colonia”, un documental que encabezaron Javier Bardem y Álvaro Longoria.

La situación saharaui, además, forma parte del conflicto geopolítico y diplomático entre Marruecos y Argelia que, vale aclarar, tienen toda la extensión de su frontera terrestre cerrada desde 1994. ¿Motivo? ¿Cuál otro? La riqueza de este territorio consiste principalmente en petróleo, pesca y fosfatos (uno de los mayores yacimientos del mundo).

A 2014, 82 países reconocen a la RASD. ¿Los saharauis que piensan? El colega aventura que un 80% apoya la independencia, y que los que no lo hacen es por razones de conservación de riquezas y privilegios. El número suena optimista, pero ¿cómo juzgar el entusiasmo ideológico de un tipo de 22 años?

El diálogo, rico pero difícil y entrecortado por las barreras idiomáticas, se interrumpe. El artista ensaya una introducción, que anticipa el momento del hit de la velada. Una conocida canción saharaui. Para ellos se trata de una (nueva) oportunidad de entonarla y celebrarla. Para los visitantes quedará en la memoria como algo más que una canción. Será el sonido que recuerde rostros, sonrisas, paisajes, teteras bien conversadas; será la pieza que murmurará por siempre en sus oídos “Sahara Libre”.

 

 

 

Texto: NC

Video: JII

Agadir, Marruecos

20 de febrero de 2014

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s