Momentos religiosos

“Cumple la Oración al declinar el sol y hasta la oscuridad de la noche, y recita el Corán en el alba. En verdad, la recitación del Corán al alba es especialmente aceptable para Dios” (…) Y despiértate para recitarlo (el Corán) durante la oración de Tahayyud de la noche (rezar durante la noche tiene un sentido especial para los musulmanes, porque son momentos de más contemplación e introspección) como servicio supererogatorio tuyo. Podría ser que tu Señor te elevara a un puesto loable” (…) “Y no pronuncies tu oración en voz alta, ni la musites demasiado bajo, más bien procura un tono intermedio.” (Pasajes del Corán, capítulo 17, versículos 79, 80 y 111.)

 

El living de la casa era un ambiente grande, cuadrado, que a su vez tenía una subdivisión con dos paredes, que encerraban un cuarto cuadrado más pequeño en una de las esquinas. Había sillones-camas por todo el ambiente, pegados a las paredes que estaban adornadas con azulejos que tenían dibujos en azul. Siempre había huéspedes porque a los dueños de casa les gustaba recibir viajeros de todo el mundo.

Mientras todos dormían, a las 5 de la mañana, antes que asomen las primeras luces del día, Ahmed, un joven de 25 años que dormía en uno de los rincones del gran ambiente central del hogar, se levantaba, se ponía su túnica oscura y su capucha, susurraba unas palabras frente a una ventana que daba a la calle y se marchaba a la mezquita, respondiendo al llamado a la primera oración de día. Esta es la más sacrificada, la que obliga a las personas a interrumpir el sueño, la que realizaron los “verdaderos musulmanes”. También tienen un sentido simbólico. Durante la noche, se logra más conexión con el “yo inferior” según los sabios del Corán, y además está más cerca de la sinceridad y representa aquellos primeros años en los que los seguidores de la nueva religión debían esconderse para realizar sus plegarias a Alá.

Al rato, Ahmed volvía y seguía durmiendo una horas más. No le demandaba más de 10 minutos todo el ritual que cumplía religiosamente.

El Mercado central de Agadir, pese a tener locales para todos los gustos y de lo que se pueda imaginar, está ordenado y es limpio. No hay tanto griterío de los vendedores como en otras ciudades marroquíes, pero el bullicio es permanente. Averiguar cuanto costaba una imitación de una remera de River costó más tiempo de lo esperado.

El señor que atendía en el local donde había camisetas de fútbol de todo el mundo, sacó una pequeña alfombra, la desplegó en el medio de su reducido ambiente de trabajo, se quitó los zapatos y se arrodilló ante Alá, “el Clemente, el Misericordioso”.

Susurró palabras en árabe, posó su cabeza sobre la alfombra en varias oportunidades, como hamacándose, y volvió a ponerse de pie con sus manos cruzadas a la altura de su estómago y su cabeza levemente inclinada hacia abajo… inclinada frente al Supremo. Dijo algunas palabras más para sí y para el Más Allá, recogió la alfombra, la guardó debajo del mostrador y siguió con las tareas que tuvo que interrumpir por la oración del mediodía. La remera de River trucha costaba unos 15 dólares.

El viernes es el día de descanso y oración para los musulmanes. Los negocios están en su mayoría cerrados, pero las mezquitas están más concurridas que el resto de los días. Era llamativo ver la Medina de Fez casi despoblada (la “Medina” se llama a la parte antigua de las ciudades, el mismo nombre tenía la ciudad a donde el profeta Mahoma tuvo que exiliarse tras ser expulsado de su ciudad natal, La Meca –hoy Arabia Saudita-, porque las familias acomodadas se negaban a aceptar sus revelaciones que luego se plasmarían en el Corán, ya que implicaban la pérdida de muchos de sus privilegios).

En uno de los terraplenes cerca de unas de las grandes puertas de acceso a la ciudad vieja, donde suele haber decenas de puestos callejeros con sus mantas cubiertas de variados productos, pero que por ser viernes de oración estaba vacío, un vendedor de comidas –una especie de garbanzos hervidos- había dejado sus grandes ollas de lado por un momento.

Corán en mano, sentado en una pequeña banqueta, leía en voz alta algunos pasajes del “libro sagrado”. Estaba concentrado en la escritura divina, parecía cantar los versículos que cuentan las revelaciones que tuvo Mahoma. Con su delantal blanco y una calvicie avanzada, el señor estaba ensimismado en la lectura, y la compartía con todo aquel que pasara cerca. Así estuvo un buen rato en plena tarde, durante la tercera oración del día. Dejó sus plegarias cuando unos clientes se acercaron en busca de comida.

La pequeña sala de estar del hotel en la ciudad de Tánger, al norte de Marruecos, era bastante ruidosa. Los inquilinos iban allí para tener mejor señal de Wi-fi y hablaban en voz alta, y las remodelaciones en curso con obreros taladrando y martillando tornaban todo muy bullicioso.

Conserje de hotel en horario de rezo

Conserje de hotel en horario de rezo

De todos modos, el conserje, que parecía también el dueño del lugar, se las rebuscaba en los momentos de silencio, cuando la sala quedaba vacía, para realizar sus oraciones. Debajo del mostrador tenía una alfombra que ponía cerca de una pared y uno de los sillones. Se quitaba los zapatos, se arrodillaba, y comenzaba con su ritual. Eran unos tres o cuatro minutos que nada lo estorbaba, se iba de allí por unos instantes, se conectaba con el Más Allá. Algunos clientes dejaban las llaves de sus habitaciones sobre el mostrador, pero nada lo perturbaba. El momento del rezo es el momento del rezo.

Cuando finalizó, otro señor, que parecía estar hospedándose en el hotel, le pidió algo, y el conserje sacó una toalla blanca y se la dio. En el mismo lugar donde rezó el dueño del hotel, el hombre, de unos 50 años, desplegó la toalla en el suelo, se descalzó y se puso de rodillas para tener su momento de dialogo con Alá en horas de atardecer, cuando comienza el ocaso, momento de la cuarta oración diaria.

Las luces del estadio de Agadir se veían a la distancia. La imponente estructura con sus torres de iluminación en los costados se destaca en el medio de un terreno despoblado, casi baldío, cerca de una montaña.

El equipo local recibía a uno de Casablanca, por lo que había mucha expectativa y la gente se acercaba en masa al estadio. El tumulto en la única puerta que había para superar el cerco perimetral era dispersado a cada rato por la policía, que despejaba la zona para evitar incidentes con los que no tenían entradas.

Entre todos los autos que estaban estacionados allí, a las afueras del estadio, en ese gran descampado pedregoso, tres hombres sacaron del baúl su alfombra y la tiraron en el suelo para poder arrodillarse y realizar la oración, la última del día, cuando cae la noche.

Al unísono, hablaban algunas palabras y posaban la frente en la alfombra y volvían a erguirse para quedar de rodillas. Ese movimiento lo repitieron varias veces.

Se escuchaban los cánticos de las hinchadas adentro de la cancha y afuera había algunas corridas y tumultos, pero ellos tres, tuvieron esos instantes en que se abstrajeron del entorno para agradecer a su dios. Quizá también le pidieron para que su equipo gane esa noche.

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Una respuesta a “Momentos religiosos

  1. Q increíble la abstracción q pueden hacer para conectarse con Dios…..supongo q al principio estas escenas son vividas con mucha curiosidad por los turistas y luego de unos días ya se van incorporando a la vida diaria como lo deben tener ellos incorporado…..estas prácticas serán útiles en el tema de la fe….quien sabe…..

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