Experiencia en el Sahara

Llegar al desierto del Sahara era uno de los objetivos de la visita a Marruecos. No es fácil si no tenés algo de dinero como para invertir en una excursión. Desde las principales ciudades marroquíes ofrecen tours con traslados, guías y todo lo necesario para pasar una o varias noches en pleno desierto. Pero claro, los precios no bajan de los 60 euros.

Preferimos ir por las nuestras hasta Merzouga, uno de los últimos pueblos que figura en el mapa hacia el lado este en la zona central del país, ya casi en la frontera con Argelia.

Primero hay que pasar por Ouarzazate, más al sur de Marrakech y las ciudades importantes como Rabat y Casablanca. Desde allí, por 50 Dírhams, un bus público hasta Tinghir, un pequeño poblado que vive de la ruta, ya que está en una posición estratégica, donde los caminos que van de norte a sur y de este a oeste se juntan. También es lugar de encuentro de mercaderes de los caseríos cercanos, que van allí a vender sus productos, casi todos agrícolas.

“Bus público” en Marruecos

Los buses públicos no tienen las comodidades que ofrecen las grandes compañías como Supratour, y demoran el doble para llegar a los destinos, pero son mucho más económicos, incluso sumando las avivadas de los marroquíes, que cuando te ven que sos extranjero te quieren cobrar más por el boleto y te piden 10 Dírhams (1 euro) por guardar la mochila en la bodega del bus.

Allí van las señoras con sus hijos amarrados con telas y lonas a sus espaldas, los hombres con sus turbantes, y van parando en todos los pueblos, incluso varias veces en cada uno, ya que los pasajeros golpean el techo o aplauden en los lugares donde se quieren bajar, y el chofer, sin ningún tipo de problema, para en el medio de la ruta de un solo carril. Es como un micro urbano pero que recorre distancias kilométricas, entre poblados distantes.

Una vez en Tinghir hay que dirigirse a Arfoud, que queda a unos 150 kilómetros, pero es imposible calcular cuando se demora por las recurrentes paradas y porque el camino ya no es de los principales. La ruta es vieja y no tiene banquinas. El pasaje cuesta 30 Dírhmas y podes llegar a tardar cuatro horas y media, cinco.

Mercado callejero en Tinghir

Ahí aparecen los primeros “guías” y los buscas de siempre que quieren vender el mejor y más barato tour por el desierto, o te ofrecen alojamiento, o te quieren llevar a que compres en sus locales o comas en sus restaurants. Capitalismo y marketing del tercer mundo. Todo suena conocido para un sudaca.

De hecho, estos muchachos, en su mayoría jóvenes de entre 18 y 30 años, se suben al último trayecto del colectivo y se sientan cerca tuyo para iniciar alguna conversación. Todos hablan un poco de al menos tres idiomas, lo justo y necesario como para darte la cordial bienvenida, preguntarte de dónde sos, si es la primera vez que viajas por Marruecos, y si tenés pensado hacer algo de lo que ellos ofrecen. Hay que tener paciencia para decir que no una y otra vez, pero estas ofertas sirven como para tener una idea de precios. De todos modos hay que dejar en claro que no se va a comprar nada desde el inicio del forzado y medido intercambio para que no haya problemas.

Desde Arfoud hay combis que recorren los poco más de 20 kilómetros que hay de distancia con Rissani, la última “ciudad” antes de

Las mochilas arriba. En las combis marroquíes apenas entran las personas en los asientos.

Las mochilas arriba. En las combis marroquíes apenas entran las personas en los asientos.

Merzouga. Te llevan por 6 Dírhmas más alguna propina para el muchacho que te pone las mochilas en la parte superior de estas pequeñas camionetas donde entran una veintena de personas bastante apretadas en los bancos implantados que no dejan lugar para las piernas, por lo que las rodillas van apretadas contra el respaldo de la hilera de asientos de adelante.

Una vez en Rissani, la única opción hasta Merzouga, si no se quiere hacer dedo, es taxi compartido, que por 15 Dírhams te deja en el centro del pueblo. Eso sí, hay que esperar que se junten los seis pasajeros que entran en los viejos Mercedes Benz destartalados.

En total, desde Tinghir hasta Merzouga, unos 60 Dírhmas, mientras que en Supratour, directo, costaba 125.

Luego en Merzouga hay que escuchar ofertas. Todas son similares. El pueblo vive del turismo, está en una zona semidesértica por lo que no hay otra actividad económica. Sólo hay pequeños campos con algunos cultivos de dátiles, que cuentan con sistemas de riego especiales para aprovechar la poca agua. No llueve nunca por allí, una vez al año quizá.

Las casas son bajas, como de adobe y las calles son mezcla de tierra y arena, excepto la ruta principal que llega al pueblo y la calle del centro, donde se encuentran algunos almacenes y 4 ó 5 restaurants. También hay corrales de ese material, para los burros y camellos, con muros de un metro redondeados en la parte de arriba, como si fueran ruinas de casas antiguas.

El barro y la paja con las que están hechas las paredes les da una temperatura ideal a las viviendas. En los inclementes veranos –las temperaturas rondan los 40 y 50 grados- son frescas, y en invierno están un poco más cálidas que el exterior, que por las noches se pone frío.

El sol del mediodía, no importa la época del año, es dañino. La gente anda tapada con telas, túnicas, turbantes. Cualquier cosa sirve para protegerse de los inescrupulosos rayos ultravioletas. Lo que no se usa son lentes de sol, por lo que la mayoría de los habitantes tienen los ojos rasgados, con las patas de gallo bien marcadas.

Los niños juegan en las polvorientas calles por las tardes, ante la mirada de sus madres. Patean alguna pelota, saltan la cuerda, o andan en pequeños triciclos de plástico revolcándose por alguna loma pequeña de las desnivelas calles. Las señoras mayores recogen los cultivos y alimentan a los animales, mientras que las madres se encargan de la cocina y los niños, y las más jovencitas ayudan con todo. Los hombres andan a la caza de turistas o en sus oficios de pueblo, como pequeños talleres de motos o almacenes con escasos productos comestibles.

Los turistas más osados y gasoleros pueden ir al desierto con su carpa y dormir en cualquier lado, pero se corre el riesgo de perderse si te adentrás en pleno Sahara.

El tour básico es de una noche en el desierto, y se puede conseguir a 300 Dírhmas. Esto incluye caminata con camello de alrededor de hora y media, guía, cena y una carpa tipo tienda donde dormir.

Los dromedarios, más conocidos por nosotros como camellos, te llevan a paso cansino, con un corcoveo que hace que te vayas frotando la entrepierna con la montura especial que les ponen en los lomos, con frazadas y demás telas para hacer acolchonado el asiento.

Mientras te vas internando en el desierto –es apenas un extremo de este enorme territorio despoblado, donde no hay más que dunas de arena y sol-, se dejan de ver cultivos y árboles. El color amarillento de las dunas va tomando predominio por sobre el verde y el grisáceo del suelo rocoso.

El terreno es irregular. Subidas, bajadas, todas con sus particularidades, de distinto tamaño. Los camellos siguen al pie de la letra al
guía que los lleva atados de las narices y bocas; son animales mansos, como todos los de carga. Sólo lanzan algún quejido o trastabillan un poco en alguna pendiente un poco empinada pero no pierden el equilibrio. Se inclinan peligrosamente hacia adelante y parece que te vas a ir de cabeza a la arena, pero siempre vuelven a erguirse con sus movimientos pausados y lentos.

Al rato del paseo la columna y las piernas piden un descanso, pero los camellos siguen zarandeándose con su continuo y parejo caminar, y vos arriba que no podes evitar que tu cuerpo haga un movimiento de corcoveo constante.

Desierto del Sahara, desde Merzouga, Marruecos

Desierto del Sahara, desde Merzouga, Marruecos

En el lugar indicado, uno de los “oasis” artificiales –son un conjunto de arbustos con carpas de caña y frazadas en los techos, tipo chozas, que sirven para dormir, con un pozo de donde obtienen agua-, el guía aprieta un poco la cuerda que llevan atada en la boca los camellos, y tras unos gritos, se sientan, doblando sus piernas en dos etapas, primero la articulación más grande, y después la más pequeña, quedando recostados sobre las patas, cerca del suelo, como para que bajes con comodidad. Allí se quedarán hasta el día siguiente, mascando no se sabe bien qué, porque allí no tienen pastos para comer, pero continúan moviendo sus bocas, como masticando algo.

El desierto es imponente. Pese a no estar en el medio del Sahara, con esa muestra basta para tomar dimensión de su magnitud y su vastedad. El terreno arenoso, con sus continuos e interminables desniveles, cansa la vista de sólo intentar llegar al horizonte con la mirada. La inmensidad da una sensación de pequeñez e insignificancia que moviliza y hasta atemoriza.

El atardecer es el primer espectáculo natural que regala la excursión. La arena amarillenta poco a poco va tomando un tono rosa claro. Las sombras de las dunas avanzan rápido, tapando las más pequeñas. El sol se esconde precipitadamente detrás de una cordillera lejana, dejando una franja de luz sobre ella por unos instantes más.

Las estrellas empiezan a hacer su aparición. La luna, en su fase menguante, hace rato que estaba apostada en el medio del cielo. Poco a poco la arena rosada se va apagando y enfriando. El ruido del silencio sólo es interrumpido por el último llamado a la oración del día.

De golpe, todo queda quieto, estático, excepto la luna, que ilumina los pasos pero que empieza a seguir al sol en rumbo 0este, y comienza a esconderse detrás de las dunas.

Cuando desaparece de la vista, deja a las estrellas en toda su plenitud desplegarse por el cielo. Lo cubren todo. Se acercan al suelo, se vienen encima. Dormir con este cielo como techo es una experiencia fascinante. Abrir los ojos y encontrarte a mitad de la noche este mundo estrellado no tiene muchos parangones.

Las estrellas fugaces también le aportan romanticismo y espectacularidad a la escena. Algunas parecen caerse, otras van hacia los costados. Es hermoso, pero son estrellas muriendo, por lo que cada vez hay menos en el cuadro. ¿Se acabarán algún día?

De a poco, empiezan a borrarse. La luminosidad las hace desaparecer. El sol anuncia su aparición, pero se hace rogar. El cielo ya está claro, el azul oscuro cambia a celeste aturquesado. Se empiezan a identificar las huellas de camellos, de humanos y de aves por las dunas, que vuelven a tomar sus formas desparejas y su color habitual.

Una capa de luz amarillenta por el este indica que por allí reaparecerá, como todos los días, el dios de los Incas. El espectáculo dura poco, porque el sol en el Sahara se despierta con fuerza y energía, y rápidamente se eleva para dar su luz y calor. Pero no por ello pierde su magnanimidad el fugaz amanecer en el desierto. Los tonos son sutiles al principio. Horario de fotos. La arena es dorada, parecen montañas de oro en polvo. Las sombras alargadas se van acortando, y la claridad se apodera de la escena una vez más.

La caminata de vuelta con este colorido amanecer es otra obra de la naturaleza que paga la excursión.

En la lejanía, en la nada, en el silencio, en la inmensidad del desierto, estos espectáculos que la naturaleza nos regala a diario, tienen otro color, otra envergadura, y se aprecian de otro modo. Una experiencia sumamente recomendable que al menos hay que tratar de vivir una vez en la vida.

Mirá la GALERÍA DE FOTOS DE LA EXCURSIÓN AL SAHARA.

Merzouga, Sahara, Marruecos. Marzo de 2014. JII

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3 Respuestas a “Experiencia en el Sahara

  1. Pingback: Galería de fotos: desierto del Sahara, Marruecos | PRÓXIMA ROTONDA·

  2. Cuando lei Vivi Cuba me dieron ganas de ir para alla, y ahora leo esta cronica y me dan ganas de conocer todo lo que contas. Muy buena la descripcion, muy linda la cronica!

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