Acérquense, vengan a rezar

Las agujas marcan más o menos las ocho de la noche. Es tiempo de la última oración de la jornada. La voz del muecín suena por los altoparlantes y convoca a los fieles a dejar de inmediato lo que sea que están haciendo para dedicar un ratito a Allah.

Desde al lado de la Mezquita de la Koutoubia, la voz suena más imperativa que complaciente, más robótica que melodiosa. No deja de ser imponente, total, inapelable.

La ciudad, sin embargo, no entra en calma ni mucho menos. No son tantos los que prestan atención al muecín; a decir verdad, casi nadie.

El lío de tránsito que se inicia sobre las seis de la tarde continúa. Una señora elige en un puesto callejero las mandarinas que llevará para el postre. Unos adolescentes intercambian risotadas. El cafetero intenta vender el resto de la gran pava que preparó a la tarde. Motos y bicicletas van de aquí para allá. Bocinazos, bullicio urbano, peatones presurosos que van y vienen.

La voz se apaga. Todo sigue igual que en los quince minutos previos. La magia se esfuma. El hechizo inicial desaparece. Una nueva perspectiva, que acaso convierte a la primera oración en idílica y borrosa anécdota.

NC

Marrakech, Marruecos

13 de febrero de 2014

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