El señor del té

En un rincón de una plaza, cerca del lugar más representativo de la ciudad de Marrakech, transcurre la impasible cotidianeidad. Los locales parecen buscarse sitios estratégicos para observar el desfile multicultural en Yamaa el Fna.

Más allá siguen las cornetas que musicalizan el ambiente y las atracciones con arraigo en la cultura marroquí que buscan atraer a los turistas. Más acá, debajo de un árbol cuyas grandes ramas y hojas sirven de refugio, un hombre de unos 60 años ofrece en su precario puesto, té verde y café. Parece tener cautiva una clientela fiel que a diario se acerca en busca de esta bebida típica de Marruecos, entorno a la cual se congregan y sirve de disparador de charlas y anécdotas.

Con su túnica amarillenta gastada, con rayas blancas verticales, ropa típica de los musulmanes, barba blanca de unos días y gorro de lana, el hombre manipula con precisión y casi por inercia tres pavas de distinto tamaño.

Una le sirve para calentar agua, en otra más pequeña mezcla el té con azúcar y otras especias, y en la más grande, el café amarronado va tomando color a fuego lento.

Los calentadores están rodeados por pedazos de cartón cortados a medida para contener las débiles llamas y que el calor no se disipe.

señor del te

El señor del té con su puesto callejero, una postal típica de Marrakech

El hombre del té se mantiene posado sobe una diminuta banqueta de madera que casi no se ve y le alcanza con los movimientos de sus brazos y manos para mantener activo su puesto. Tiene todo al alcance, y todo gira en torno a él. De hecho, pese a estar sentado, sirve como eje para la ronda de clientes que, parados, se detienen unos minutos a beber sus infusiones.

La estadía de las personas en este rincón de la plaza es dispar. Beben de unos pequeños vasos de vidrio de estilo tequila mexicano y se retiran. Algunas intercambian algunas frases imposibles de comprender en árabe. Antes dejan unas monedas al vendedor, el té cuesta un Dírham, el café un poco más, dos o dos y medio. Otros directamente cargan el líquido en un frasco y se lo llevan a sus lugares de trabajo. Quizá pagan más tarde, hay confianza de que lo harán. Todos parecen conocerse y todos son hombres. Por sus ropajes, algunos parecen oficinistas –jeans y sweaters-, y otros vendedores callejeros –túnicas o ropa informal vieja-.

El lavado de los vasos usados es un ritual dentro del devenir cotidiano. A los restos de té o café que dejan las personas, le echa un poco de agua caliente y arroja todo a un bidón aparte. Luego, ese vaso se enjuaga en un balde y con el dedo gordo rasquetea hasta el último rincón del pequeño recipiente de vidrio que maniobra con una sola mano.

La forma de servir el té también es parte de la ceremonia. El vendedor acerca y aleja la pava del vaso, y el delgado hilo de líquido color miel se alarga y acorta proporcionalmente. Luego se vuelve a arrojar el té a la pava y se repite el proceso. De esta manera se mezcla bien el contenido. A la tercera servida o cuarta tal vez (depende de que tan caliente esté la bebida), se vierte sólo un poquito, como cuando se cata el vino, y si el señor del té da el ok, completa el vaso y te lo ofrece.

Este modus operandi no se modifica pese a que la clientela por momentos se nutre. El señor del té sigue a su ritmo, nada lo perturba, ni las abejas que revolotean cerca del azúcar.

Algunos disfrutan lentamente el té y otros lo beben de un sorbo, apurados por los quehaceres domésticos o laborales. Hay quienes lo acompañan con un cigarrillo suelto que le compran a un anciano, que sentado sobre un cartón en un pilar de la plaza que sirve como parte del negocio del señor del té –funciona como una especie de mostrador-, parece ser parte del mobiliario del puesto callejero.

Pasado el mediodía, un lustrador de zapatos se acerca con un plato de comida con unos panes. Parecen ser verduras hervidas. Todos comen del mismo plato y comparten los alimentos, el señor del té, el vendedor de cigarros y el lustrador de zapatos. Comen con la mano y el pan cumple la función de una cuchara.

El té sirve como para acompañar la comida obviamente. Lo toman a toda hora, con las comidas, entre comidas, acompañado de dulces o de alimentos salados, el sabroso té, que puede combinarse con diversas especias y menta, está presente en la vida de Marruecos en todo momento.

Y así seguían pasando clientes, como un desfile, mientras el señor del té seguía en su banqueta, con sus pavas, en un rincón de una plaza, debajo del gran árbol, con palomas revoleteando en busca de algún alimento, y las bocanadas de olor a bosta y pis de los caballos que acarrean las carretas que pasean a los turistas que terminaban de adornar la escena. Una escena que pasa desapercibida dentro de la turba de personas que se congregan para contemplar la ruidosa y tumultuosa plaza principal de Marrakech. Una escena “normal” y “común” de Marrakech.

JII. Marrakech, Marruecos. Febrero 2014.

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