Shopping

Desde una de las diagonales que surge de Jamaa El Fna, la famosa plaza central de Marrakech, es posible acceder a un auténtico mercado árabe. O bereber. O una mezcla de ambos. Difícil distinguir lo que proviene de una y otra cultura a tres días de llegar a Marruecos. Ya veremos.

El nombre del mercado, creo, Souk el Kessabine. O algo así. Un sinfín de callecitas que conforman un laberinto interminable de compra y venta de mercaderías comunes e insólitas. Está cubierto por una suerte de tinglado de viejas barras de chapa; a través de las faltantes, que no son pocas pero sí desordenados (para no desentonar), se cuelan algunos rayos de sol.

Cada metro parece tener un olor distinto según la oferta: hiervas, especias, tés, carnes, pescados, humeantes castañas casi quemadas. No existe recoveco alguno con aire limpio y bien oxigenado. No intente buscarlos; morirá en el intento.

Algunas motos y bicicletas transitan por las callecitas a velocidad reducida; otras no tanto. Los conductores no tienen demasiada sensibilidad por los peatones. Al menos cuentan con una chillona bocina para no atropellar a nadie, y habilidades suficientes en el arte de esquivar obstáculos humanos en movimiento. Eso parece. Lo mismo sucede por cualquier rincón de Marrakech. Da la impresión que las motos y las bicis son más que las personas. Superpueblan la ciudad y se meten hasta por donde no hay espacio. Las carretas con frutas y costales de harina (o hierbas o quien sabe qué) también pasan bien rápido por el laberinto. Todos parecen estar apurados por llegar a quien sabe dónde. Hay que estar atento.

Volvamos al mercado infinito. Los puestos se suceden uno pegado al otro. Los estilos de venta varían según el perfil del cliente al que sus productos apuntan. Hay quienes tienen algún “multilingüe” tratando de atraer clientes, con una asombrosa capacidad para reconocer el idioma de origen de los transeúntes; acaban por generar cierta simpatía, por el esfuerzo y la gracia con que se expresan. Por suerte uno no va a comprar nada y puede chistear con ellos sin riesgo. Otros comerciantes pegan gritos desde detrás de los productos, con señas clownescas y estática avidez por ganarse algunos dírhams. Unos poquitos, los menos, hacen alguna tarea vinculada al negocio sin prestar atención a los potenciales clientes.

Estos mecanismos comerciales, más las motos y bicicletas, más la enorme cantidad de gente que va y viene, revuelve las mesas con ropa, conversa en voz alta, saluda a un conocido, discute precios (si es turista); todo confluye en un bullicio que a los pocos minutos se vuelve insoportable. Tres de los cinco sentidos (vista, olor y oído) se agotan al instante; el cauto espectador descansa los otros dos. Ojos, nariz y oídos perciben, incorporan y procesan, pero no en pasos consecutivos, sino en un caos similar al que genera un pequeño fuego cerca de un hormiguero. El instinto busca la salida. No existe. Es un laberinto interminable, imposible. La única opción viable y relativamente segura es regresar sobre los propios pasos; ojalá hubiésemos dejado un caminito de migas de pan a la Hansel y Gretel.

Algún fanfarrón chauvinista acaso declare que es una excelente demostración de marketing moderno del marroquí, con el objetivo de llamar la atención del turista y extraer de él un poco más de dinero. En lo del vil metal no le faltaría algo de razón. Ahora, si solo fuera una puesta en escena marketinera, no habría más que sacarse el sombrero: no puede parecerse más al mercado árabe que el foráneo imagina. La hipótesis, sin embargo, se desintegra en la propia profundidad del laberinto. En realidad, se encuentran más marroquíes que turistas allí dentro; el extranjero promedio no avanza más que unos cuantos metros. Acaso teman la falta de escapatoria que se anticipa desde el inicio.

A esta altura, la pregunta es obvia. ¿Qué se puede encontrar allí?

Ante todo, montañas de pelotudeces para el turista. Ropa occidental y remeras de fútbol falsificadas. Las clásicas túnicas que visten los locales. Pañuelos y burkas para la mujer. Sastres que hacen vestimenta de etiqueta y no tanto a medida. Adornitos de camellos, serpientes y monos de distintos tamaños. Múltiples chucherías para la mujer. Fruta y verdura, en puestos y en carritos. Otros pequeños carritos con discos truchos de música árabe, con su correspondiente ruidoso y viejo parlante. Todas las especias habidas y por haber. Carne de vaca, pollo y pescado en condiciones de conservación reprochables. Patas de cordero y medias reces colgadas en ganchos en el frente de las carnicerías. Lámparas, portavelas y portaesencias de algún metal barato o cerámica, trabajadas en estilo árabe. Óleos sobre lienzo, esculturas sobre yeso y expresiones artísticas varias. Las usuales tiendas con grandes cajas de frutos secos y nueces varias. Teteras puntillosamente ordenadas de más pequeñas a más grandes. Calzado para cada situación del día, semana y mes. Diversos artículos de cuero como carteras, bolsos, billeteras y botas. Diversos artículos de mimbre como bolsas para hacer las compras, canastas de picnic y piezas de conservación hogareña. Carros con turrones. Dulces y pastas un poco árabes, un poco francesas. Cristalería útil y decorativa. Turbia oferta de sopa y caracoles hervidos. Sitios de reparación de motos, bicicletas y artículos de cuero. Viejos televisores, radios y otras tecnologías (¿Vendedores de antigüedades o ropavejeros sedentarios?). Inciensos y esencias para el buen aroma. Relojes, bijouterie y “joyas”. Muchos de éstos y otros tantos productos chinos importados en grandes containers. Réplicas de viejas publicidades árabes de marcas occidentales. Casas de cambio.

El recuento es vasto pero, fácil suponer, incompleto. Allí se encuentra todo lo que usted pueda necesitar o desear. Y si no, le harán creer que sí.

NC

Marrakech, Marruecos

13 de febrero de 2014

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