No se metan en jaleos

Desde la ventanita de la habitación de la pensión se escucharon gritos colectivos de protesta. El ruido de la lluvia impedía percibir las palabras con claridad y precisión. Pero, desde un tercer piso en esta ciudad de techos bajos, y el viento quizá soplando para este lado, el sonido se fue volviendo más nítido. “Fuera fascistas de nuestras calles”.

Salimos a prisa. Incardona solo tomó la mochila audiovisual; yo algo para anotar y los cigarrillos.

Desde abajo no se escuchaba el bullicio. Tal vez era más lejos de lo que parecía. Nos movimos entre la multitud de paraguas, a través de las estrechas callecitas y en dirección a la avenida. Allí mismo estaban, en la vereda de las casas de comidas rápidas, en la esquina que se enfrenta en diagonal con la Plaza Duque de la Victoria.

La ubicación de los manifestantes era curiosa. En la esquina en sí misma, en un rango de cuatro o cinco metros cuadrados, se agrupaban unos treinta jóvenes, que cantaban en dirección a la esquina de la plaza. Luego, cerca del cordón de la vereda, una larga fila de gente, mayormente adultos, permanecían parados con la vista hacia la calle. Si bien tenían más el aspecto de estar esperando para cruzar, que de estar participando de la manifestación, allí se quedaban, quietos y sin hablar.

Nos quedamos de la vereda de enfrente, en silencio, analizando el ambiente. No pasaron ni dos minutos que dos miembros de la guardia civil se nos aparecieron de frente.

– Buenas tardes.

– Buenas tardes.

– ¿Están aquí apoyando a los manifestantes?

– ¿Eh?

– Que si están aquí apoyando a los manifestantes.

– Somos turistas. Escuchamos los ruidos desde el hostal y salimos a ver qué pasaba.

– ¿No están apoyando a los manifestantes?

– …

– …

– Somos argentinos. Ni siquiera sabemos que está pasando.

– ¿Seguro?

Los tipos nos miraban con semblante de detective que todo lo sabe. Me causó un poco de gracia. Nuestro aspecto debía lucirles parecido al de los jóvenes que estaban allí, bajo la lluvia, expresando unas cuantas palabras. Decidí ignorarlos un instante y observar el área de la discordia. Mientras, el que tomó la palabra, y no la soltó hasta el fin de la interacción, insistía con el asunto. Lo interrumpí.

– ¿Y qué es lo que está pasando?

– Los de la ultraizquierda y los de la ultraderecha.

Seguí sus clownescas señas. Solo se veía al grupo de enfrente, los de “ultraizquierda”, palabra que parecía desmedida a lo que la imagen percibida. Lo más peligroso que podían tener esos chicos eran sus paraguas. Los más mayores tenían expresiones más graves, pero de rabia, no de complot. Me moví apenas para tratar de ver en dirección al sitio que señaló cuando dijo “ultraderecha”, pero los oficiales no ofrecían mayor espacio. No parecía una buena idea tratar de ampliar el rango de movimiento que ellos determinaban.

El silencio y nuestra tranquilidad incomodaban al oficial, quien ni siquiera tenía una voz intimidante. No tenía más de treinta años; es más, es posible que fuera más joven que nosotros.

– Bueno, vayan.

– Buenas tardes.

Nos dimos vuelta en dirección contraria y empezamos lentamente a caminar, pero nos interrumpió a los pocos segundos.

– Aguarden. ¿A ver la mochila?

Lo miramos por sobre el hombro y giramos sin conmovernos. Exageré un poco la expresión inalterada; debe haber lucido como una media sonrisa sarcástica. Creo que no interpretó mi gesto. O tal vez sí, porque revisó la mochila bastante a fondo. El presuntuoso oficial estaba con ganas de ser un héroe y llevarle un par de jóvenes a su jefe. Como un inocente infante, buscaba caprichosamente una palmadita en el hombro.

Le hizo algunas preguntas de respuesta obvia a Incardona. Yo seguí con mi vista puesta en la manifestación; de reojo veía como el otro mostraba un gesto grave y serio, en un intento por disimular su natural expresión aniñada. Los severos guardianes de la ley.

– ¿Dónde se están hospedando?

– Acá a la vuelta, en el Nuevo Pino.

Solo le pidió documentos a Incardona. Anotó el número en un papel cualquiera, clásico triquiñuela para atemorizar. Un poco irritado y sin más posibilidad de hacer tiempo a la espera de un fallido, dijo otra vez con su falsa voz amenazante algo así como “no quiero después verlos entre ellos y tener que llevarlos”. Lo miré a los ojos y le dediqué una silenciosa y amplia sonrisa. Estas líneas ya habían empezado a procesarse.

– No se preocupe.

Sin más alternativas, en este caso empezaron a irse ellos. Al oficial se le acentuó el gesto de fastidio, pero de inmediato su inconsciente lo llevó a abrazar la empatía.

– No se metan en jaleos, ¿vale?

 

NC

Sevilla, España

8 de febrero de 2014

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