Uno de esos sitios

Es difícil para un sitio como éste conservar su magia a pesar de su popularidad. Muchas palabras, escritas, orales y de todo tipo, han sido emitidas para referenciarlo. En la medida que se acerca el momento de conocerlo, las expectativas son altas. Los sitios, como el hombre, no siempre lidian de manera espontánea bajo tales circunstancias.

El mérito es, al final, del sitio. De los que lo levantaron con sus manos. De los que pusieron cada una de esas piedras. De los artistas. De quienes lo diseñaron. De quienes lo han conservado. La lista no incluye, claro, a los que semi-exclavizaron para construirlo. Tampoco a quienes han utilizado la violencia en pos de movimientos territoriales. Mucho menos a quienes han lucrado con él.

Desde afuera impone presencia. Su estratégica ubicación en la ladera de una colina al costado del Guadalquivir, la abundante vegetación del costado que da a la ribera, el color del tiempo transcurrido de la piedra, sus grandes torres y sus cúpulas; todo lo hace lucir impenetrable.

Dentro casi no hay carteles explicativos, por lo que sin guía o audioguía se puede pasear con tranquilidad, sin que nadie diga que es lo que debes pensar cuando estás en él. A veces, esta clase de sitios expresan mejor su sutileza en silencio.

Claro que es imposible no sentir que un especialista en simbología religiosa, un historiador del arte o un experto en cultura mora o andaluza podría disfrutarlo de manera diferencial. La justicia social de nuestra bella forma de organizarnos hace que si no sos residente de Granada y no tenés catorce euros en el bolsillo, no te es permitido apreciar un sitio que te pertenece como ser humano.

Para el palacio más curioso hay un horario de visita. Y mejor que llegues a tiempo. Los primeros quince minutos de paseo por el interior son suficientes como para hacer olvidar todo aquello. Cada cielorraso es una invitación a detenerse. Cada recoveco reclama ser paseado. Cada puerta merece ser cruzada. Y las paredes, los azulejos, las columnas, las ventanas, los jardines, las fuentes. Arabia se vuelve real y tangible en cada pequeño de talle.

Y luego otro palacio, el católico, algo más impresionante de fachada que de interior, y más allá una gran torre medieval, que desde su parte más alta regala una postal más de la peculiar ciudad que inspiró a grandes artistas, narradores y pensadores.

Es bueno terminar el paseo cerca de la torre. Los jardines de por allí son atractivos para ver caer el sol. Además, los de seguridad, algo haraganes, empiezan a cerrar las primeras puertas ya pasadas las seis de la tarde. A paso lento, recién se cruza la salida cerca de las siete de la tarde, con lo que se gana una hora extra dentro.

El rodeo por afuera, efluente del paseo de los tristes, espera con su arboleda, sus cuestas y sus casas intermitentes. El sitio va quedando atrás, mientras el frío viento invernal ofrece un agridulce “¡qué puta suerte haber estado allí!”.

NC

Granada, España

2 de febrero de 2014

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